









Mario Halley Mora 

Los habitantes del abismo


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ndice
Los habitantes del abismo
Exordio
Los habitantes del abismo
Dilogo del tiempo
El preso
El juicio de Dios
La quiebra del silencio
El rally
Las llaves de la sombra

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Exordio
En el virtual espacio (si existiere) entre el realismo mgico 
(Arturo Uslar Pietri) y lo real maravilloso (Abel Posse), se instalan estas narraciones de Mario Halley Mora. Esto responde ms que a una adscripcin a modas o escuelas contemporneas, a la filiacin de un impulso intelectual que intenta salvar (con todos los riesgos), la frontera potencial que delimita la imaginacin de la fantasa.
Es cierto que es muy sutil, convencional y hasta arbitrario diferenciarlas, y que ello obedece fundamentalmente a las respuestas que se den a pticas filosficas o teoras estticas afines, pero si la fantasa es el ltimo tramo de la imaginacin y si se la puede connaturalizar con el sueo antes que con los resultados de las representaciones sensoriales y la memoria reproductiva, ella es el mbito genuino de este libro. Wolfgang Kayser, llamara a esto actitud narrativa, por cuanto la misma deviene de la relacin del narrador con el pblico y con la materia (objetividad). Y porque ello establece el vnculo esencial con el estilo de la obra.
Pero se caera en un error si se pensara que pivotear la fantasa, en una narracin, confina a sta, ineluctablemente, a los dominios claramente circunscriptos de la literatura fantstica, en sus diversas modalidades.
Lo que el narrador paraguayo pretende es la comprehensin emptica de realidades fantsticas y no la mera aprehensin de fantsticas irrealidades. [II]
Deca Aldo Pellegrini que: La realidad y el hombre son dos procesos que transcurren paralelos y parecen destinados a no encontrarse jams.
J. B. Vico, podra explicar esta aguda observacin, como consecuencia de la imprecisin de lo real, que para el pensador napolitano es justamente todo lo contrario de lo claro y lo distinto. Buscar un punto de coincidencia, parece ser la empresa, unas veces, prometeica, otras veces epimeteica de este libro.
Los hitos que enmarcan el recorrido de estas ficciones pueden ser ntidamente enumerados as: lo real mgico, lo mgico real, lo real maravilloso.
Mas el objetivo de Halley Mora no es referencial (la naturaleza, el medio, el hbitat) sino central: el hombre real, que no es precisamente el hombre normal, ya que como seal C. G. Jung, corrientemente, este est concebido como hombre propiamente ideal.
Adems Halley Mora percibe con lucidez que el destino no procede humanamente. Por lo contrario, despliega una conducta irracional e incongruente. Y cuando el destino humano desborda sus propios cauces, su energa inmanente se estanca y se vuelve destructiva.
Esta es la clase de seres que visualiza el narrador paraguayo, que no se conforma con la imagen superficial que estos proyectan, porque la seguridad aparente referida al comer y el dormir, esconde una dimensin acallada, pero no por ello menos feroz, de ambiciones frustradas, apetencias insaciadas y rebeldas contenidas.
Poner en la lupa sus causas, formas y efectos, inventariar sus modos, sus tipos, sus gneros, son los cometidos del narrador.
Los habitantes del abismo, es una obra que enfoca ms que todo lo de siempre, todo lo de nunca de la realidad paraguaya, es decir, que da cabida a lo que se supone y por eso no se dice, a lo que se imagina y por eso se descuenta. Slo que el descontarde Halley Mora, no es la asuncin displicente y pasiva de un asentimiento tcito, sino un intento serio de [III] acendrar la realidad que emerge de la resta de la realidad vivida menos la realidad no vivida, que el autor certeramente, la intuye no menos viviente por ello.
Descontar, tambin, supone una decomposicin del lenguaje, una inversin del flujo narrativo, un imperativo comienzo por lo ltimo, un tratamiento sincrnico de la materia, que explique por su estructura los procesos de cambio histrico-temporales que la precedieron y no a la inversa.
El abismo es precisamente en esta narracin el sitio donde no existe el tiempo histrico, donde sigue imperando la cronologa de los ritmos de la naturaleza, pero donde, por otra parte, el espacio se transforma y con l, inexorablemente la substancia de la realidad, con la irremediable tensin que ello apareja para la conciencia de los que viven los trminos de la contradiccin (los habitantes). La lucha absurda por querer transformar el espacio y sus elementos y querer, sin embargo y contrariamente, detener el tiempo, es la clave angustiante de este cuento, que marca el ritmo de los dems. Pero esta clave no est abordada metafsicamente, sino a travs de sus expresiones y smbolos sociales, culturales y polticos. El contrasentido de instituciones obsoletas, las ritualizaciones contraculturales, las prcticas y costumbres subcivilizadas aparecen denunciadas en el discurso narrativo, no ideolgica sino moralmente, no programtica sino histrinicamente, no racional sino estticamente. No est, por ello, la obra construida sobre la lgica sino sobre los sueos. Su textura, consecuentemente, en su mayor parte, es paradojal, tiene la calidad irracional del anticuento.
En la cuentstica de este narrador, es esta obra, su aportacin ms significativa, ms honda, ms original. Pero lejos de cerrar un ciclo narrativo, ofrece, ms bien, la impresin de abrir otro, como si toda su obra fuera una red expandida de vasos comunicantes, que no se ocluyen nunca, sino que multiplica sus contactos, funda nuevos parentescos, e incorpora nuevos valores. Hecho, por lo dems, harto explicable en un autor de la talla de [IV] Halley Mora, que ha encarado su vasta obra como un proceso a la realidad paraguaya, con las falencias propias a esta clase de trmite, pero, tambin, con hallazgos de piezas excepcionales, que no le son ajenas, y que resultan indispensables e insustituibles en la compulsa histrico-cultural de un pueblo.
Padre de su propia obra, tanto como hijo de la misma, Mario Halley Mora, es uno de los escritores ms representativos del Paraguay contemporneo.
Roque Vallejos 



Los habitantes del abismo
Hubo cierta conmocin cuando con el camin que apareca peridicamente -la ltima vez, seis meses antes- lleg la nota con la firma del Presidente del Directorio autorizando el traslado a Asuncin de don Nicanor Prez.
En realidad, no era un traslado lo que se haba resuelto, sino sucedi que all en la Casa Matriz alguien haba recordado que don Nicanor ya tena como 81 aos, y cerca de sesenta como empleado de la firma. Bien poda ser que le esperara una jubilacin de sueldo completo, y una fiestecita de despedida, y el obsequio de un reloj de oro, una mquina de lujo de medir el tiempo, que a los 81 aos sirve para nada.
Para ms, y para irritacin de todos, don Nicanor se negaba a marcharse. Nadie poda rechazar una resolucin sacrosanta de la Casa Matriz. De la Casa Matriz, nada menos. Y no sera aquel viejo arrugado y caprichoso y senil quien pudiera interferir la armoniosa maquinaria, aceitada con obediencia y espritu empresarial.
-Es que no tengo dnde ir... -se quejaba.
-Tus parientes...
-Me habrn olvidado, o ya no estn. Hace ms de cincuenta aos que estoy aqu. Soy de aqu. Soy de aqu. Soy esto. -Y abarcaba con la mirada las polvorientas oficinas, los depsitos de mercaderas, los inacabables mostradores delante de las inclinadas estanteras.
-Con la Firma no se discute -le decan. Y no era una sola voz, sino un coro de voces, donde se distingua la voz ronca de don Anselmo, Gerente de Sucursal. La voz tabacal de don Narciso, Contador General, y la voz del Jefe de Depsitos, y otras voces atornilladas a la Firma.
-Soy Jefe del Depsito A! -se defenda don Nicanor.- Quin cuidar del Depsito A? Quin va a hacer el inventario mensual, en triplicado? Quin, quin, quin?
Entonces todos se azoraban. No haban pensado en ello. Qu sera del Depsito A sin el control responsable de un Jefe que hiciera mensualmente un inventario por triplicado?
Fueron en tropel detrs del Gerente General que corra a su oficina para darle una nueva lectura a la carta de la Casa Matriz. El gerente General la volva a leer y los dems la lean por encima del hombro del Gerente General. Se miraron extraados. La carta no deca palabra alguna sobre quin reemplazara a don Nicanor en el puesto de Jefe del Depsito A. Era consternante. La propia Casa Matriz produciendo una quiebra en un orden de cincuenta aos, de ms de cincuenta aos.
-Seor Gerente General -deca don Narciso, el Contador General, rascndose las peludas cejas como siempre haca cuando algo le preocupaba-. Sugiero que con el debido respeto elevemos a la Casa Matriz una nota rogando aclaracin sobre el punto. Don Anselmo reflexionaba profundamente, y dijo lo que siempre deca cuando no tena nada que decir.
-Racionalicemos.
Era como una seal, una clave para que todos callaran y esperaran los resultados de la racionalizacin que se produca en el cerebro del seor Gerente General. Por fin, don Anselmo continu:
-Existen varios hechos...
Cabezas calvas, cabezas grises, cabezas blancas asentan al unsono. 
Varios hechos.
-El primero, que don Nicanor regrese a Asuncin -un dedo se elevaba significando el primer hecho.
-El segundo -otro dedo-. No tenemos rdenes con respecto a la Jefatura del Depsito A.
-El tercero -otro dedo-. Que debemos enviar una carta solicitando instrucciones.
-El cuarto -cuatro dedos-. No tenemos forma ni de enviar la carta ni de enviar a Asuncin a don Nicanor, porque el camin ya se fue y sabe Dios cundo volver. Seores... alguien tiene una idea de la solucin que podamos dar a este asunto?
Se levant una mano. Era la forma ritual de pedir la palabra.
-Si me permiten... -era don Pablo, el Tenedor de Libros-. Estamos dramatizando mucho -al decirlo se arrugaba con timidez, temeroso de haber sido demasiado audaz.
-Explquese! -la orden del Gerente General era tajante.
-Sucede que... -vacil, aspir aire, se atrevi-. Bien mirado, no es mucho trastorno que el Depsito A quede sin Jefe.
Le miraron escandalizados.
-Como hace cuarenta aos est vaco -susurr el Tenedor de Libros.
Un coro de protestas llen la polvorienta oficina del Gerente General. Este levant la mano, requiriendo silencio.
-Para conocimiento del seor Tenedor de Libros -la voz de don Anselmo era helada- lo importante no es que el depsito contenga algo, sino que sea Depsito. Est all no? Es parte de la Sucursal no? Forma parte de la Firma no? Es nuestro trabajo no?
Todos asintieron con energa, y un rumor de aprobacin se alz en el despacho, con mayor acento en don Jos, Jefe del Depsito B, don Rubn, del Depsito C y don Anbal, del Depsito D, que tambin estaban vacos.
-Es que slo pensaba que... -dbilmente, don Pablo, el Tenedor de Libros, trataba de defenderse.
-Est poniendo en duda las atribuciones de la Casa Matriz? -le cort don Anselmo.
-No, no, no -repeta aterrorizado don Pablo.
-Entonces no se hable ms del asunto del Depsito A!
-Pero queda el problema de qu hacer con don Nicanor -dijo don Jos.
Otra vez rein el silencio confuso, dudoso. Una mano se levant.
-Tiene la palabra, don Anbal -concedi el Gerente General, dirigindose al Jefe del Depsito D.
-Me pregunto si en los estatutos no hay algo referente a esta cuestin.
-No tenemos estatutos! -le replic don Jos.
-Pero los tiene la Casa Matriz -intervino irritado don Pablo- Y puede aplicarse a una Sucursal! -Mir a su contendor con aire vidrioso, y de reojo a don Anselmo, a ver si ese haba anotado un punto.
-Racionalicemos -deca don Anselmo. Y el silencio se aposent. Don Anselmo prosigui: -Es un hecho que la Casa Matriz tiene sus estatutos. 
Pero... Alguien est enterado si los estatutos de la Casa Matriz dicen que una Sucursal tiene atribuciones para aplicar esos estatutos?
Todos bajaron la vista, avergonzados de no conocer los estatutos de la Firma. Don Anselmo tampoco los conoca, pero estaba en Juez y all se quedaba, aunque le resultaba molesto que todos estuvieran esperando que dijera algo aclaratorio.
Oportunamente para l, el reloj de pared dio las siete campanadas de la tarde.
-Hora de cerrar -dijo don Anselmo, y la antigua maquinaria empez con el ritual de medio siglo, y un poco ms.
Don Pablo se march a vigilar que los dependientes de mostrador hicieran su correspondiente balancete del da, mientras el sereno cerraba cuidadosamente las cuatro puertas que daban al exterior, todas con doble cerradura y adems, la barra de hierro de seguridad. Don Narciso fue a instalarse en la Caja, a vigilar el arqueo y comprobar que los ingresos coincidieran con los balancetes diarios. Ms tarde recibira el parte del da de los depsitos A, B, C, y D, para entregar despus copia de la carpeta de documentos al Tenedor de Libros, y los originales y la suma recaudada al Gerente General, el nico que tena la combinacin de la Caja fuerte. Ese da estaba un poco desconcertado porque no atinaba a resolver si deba recibir o no el parte diario del inestable don Nicanor, Jefe del Depsito A. Decidi recibir el parte y ponerle debajo una observacin a modo de constancia, no sea que fuera acusado despus de negligencia o de imprevisin.
Poco a poco el ceremonial diario se cumpla hasta que la enorme nave del Almacn de Ramos Generales fue quedando vaca y silenciosa. Como corresponda, los dependientes fueron los ltimos en marcharse, y don Anselmo, el Gerente General, despus de comprobar personalmente la seguridad de las puertas bien cerradas, hizo un gesto de asentimiento al sereno, y este apag las luces.
Durante mucho tiempo, el sereno dorma en un catre, dentro del inmenso almacn, con sus estanteras obscuras y sus mostradores rajados. 
Pero unos 25 aos atrs, descubri que era supersticioso, y que el vasto recinto pareca una catedral muerta. Adems, haba crujidos provenientes de las estanteras y del mostrador. Y ese olor de cebollas podridas no resultaba muy agradable al olfato. En la obscuridad, las docenas de escobas puestas en un barril, le parecan brujas de erizada cabellera contemplndolo desde las sombras. Adems, aquellas oxidadas latas de carne conservada y sardinas dejaban escapar vapores que brillaban, como almas en pena salidas de sus atades. Los arruinados fardos de tabaco parecan latir como corazones asustados, y el en un tiempo agradable aroma de la alfalfa, se haba convertido en olor a estircol. Entonces decidi llevar su catre al Depsito D, cuya llave tena en su llavero mltiple, y all durmi desde entonces, sin cuidarse mucho de que todos daban por sentado que segua durmiendo en lo que llamaban la nave, sin conocer nunca la razn de esa denominacin fluvial. 
Esa noche, en el sector Viviendas del Personal nadie poda dormir, desvelados por el problema que haba venido a poner una tuerca suelta en los engranajes de la maquinaria que funcion bien durante cincuenta aos, y ms de cincuenta aos. El ms insomne era el causante de este evidente malestar general, don Nicanor. Previendo que el disgusto le producira dispesias y flatulencias nocturnas, slo cen una taza de infusin de hojas de naranjo con leche, y dos galletas. Evit el ataque de los gases, pero no pudo conseguir conciliar el sueo. De modo que se levant, cruz el gran patio de descarga bordeado por un lado por la mole del almacn, y por los cuatro sombros depsitos A, B, C y D, que formaban juntos los tres lados de un cuadrngulo. El cuarto lado corresponda al sector de Viviendas del Personal, una estrecha fila de casitas dormitorios, entre las cuales sobresala, por ms grande y cmoda, la vivienda del Gerente General.
Don Nicanor cruz el gran patio, tom por el pasadizo de Acceso de Vehculos y sali por el portn al camino, o a la calle, o a como se llamara ese enorme trozo de carretera arenosa que pasaba por delante del Almacn de Ramos Generales. Don Nicanor cruz la calle y se detuvo all donde deba estar la acera opuesta, pero no estaba, porque slo estaba la alambrada de La Propiedad, y ms all de la alambrada, un matorral raqutico y algunos rboles de troncos delgados y flexibles que haban sobrevivido despus de...
-Despus de qu...? -se preguntaba don Nicanor, que haba estado en la Sucursal desde que se fundara. Mir La Propiedad desolada e interminable, bajo aquella luna llena de agosto, un poco fra para sus huesos.
-Despus del fracaso -se contest a s mismo- recordando que... 
cuntos aos haca? Incontables aos. La Propiedad (15.000 hectreas? No lo recordaba muy bien) fue adquirida por una firma, o no, por alguna entidad de vaya a saber qu parte del mundo para instalar all una Comunidad Rural Modelo (se sorprendi de lo bien que recordaba) con familias de refugiados (o aptridas? Poda ser) que en alguna parte de Europa, Hungra o Polonia, o algunos de esos pases que siempre estaban en guerra, haban quedado sin pas. Vendran a instalarse all con sus tractores, sus carros de cuatro ruedas, sus caras rubicundas bajo anchos sombreros y sus mujeres gordas y silenciosas con un pauelo en la cabeza. 
Y sembraran toda la tierra, construiran sus viviendas de madera cepillada, y tendran corrales para sus lecheras y graneros y caballos de tiro y pozos de agua con sus bombas de viento. Se oira de noche el prometedor crujido de los maizales y se vera de da perderse en el horizonte el verde ondular del trigal. Quinientas familias, nada menos. En la Casa Matriz de la Firma, alguien pens que el negocio estaba en instalar la Sucursal en la acera de enfrente de aquel emporio por nacer, y sin perder tiempo levantaron aquella mole del Almacn de Ramos Generales, en rigor, Almacn de Ramos Generales-Frutos del Pas-Acopios y Suministros, con sus Secciones de Almacn, Ferretera, Tejidos y Artculos para el Hogar, sus cuatro depsitos, el Acceso de Vehculos con su bscula y sus Oficinas Generales estratgicamente ubicadas para ver por la ventana sur el patio de descarga, por la ventana norte la calle, y por un mirador interior, con vidrios, la nave comercial. Tambin haban proporcionado el camin Dodge, de 7 toneladas con su correspondiente conductor que haba muerto como treinta aos atrs, y desde entonces el camin empez a podrirse en el patio de descarga, reposando sobre sus llantas, porque las gomas estaban hecha tiras.
La Comunidad Rural Modelo jams naci. La Propiedad que fuera en principio una apretada floresta padeci de las incursiones que la devastaron. La primera, como 25 aos atrs, de los madereros, que traan tropas de hacheros y cortaban los rboles grandes y se llevaban los troncos en aquellos poderosos camiones. Despus llegaron los leeros que acabaron con lo raqutico que haban dejado los madereros, y finalmente  los carboneros que cortaban a machetazos lo que quedaba. Con las lluvias, los raudales arrastraban grandes, espesas sopas de barro, y La Propiedad se volvi desolada y arenosa.
Pero el Almacn de Ramos Generales persisti, o lo olvidaron all en la Casa Matriz, o pensaron que desmantelarlo era ms caro que sostenerlo, y all qued, con su personal envejeciendo y muriendo, su bscula trabada haca decenios, el camin podrido en el patio y las mercaderas cubiertas de moho y de polvo en las estanteras, donde de vez en cuando estallaba misteriosamente una lata de duraznos en almbar, ocasionando que el Tenedor de Libros tomara nota, lo comunicara por escrito al Gerente General, que providenciaba para el Contador General que asentaba en sus libros la prdida.
Don Nicanor mir la mole obscura donde haba llegado a los 22 aos, y se sinti orgulloso. La Casa Matriz no poda quejarse. No era culpa de la Sucursal que la Comunidad Rural Modelo no se fundara y que los refugiados no vinieran. Pero nadie poda decir que la Sucursal no funcionaba como una mquina aceitada, cumpliendo puntillosamente con todos los rituales, aunque los Jefes de Depsito no tuvieran nada que inventariar, la bscula nada que pesar, la Caja una sola moneda de que dar cuenta y los libros Mayor y Diario slo contuvieran fechas y vacas sus columnas. Pero eso s, siempre al da.
La Sucursal se justificaba a s misma, como un dinosaurio en paz con su conciencia de dinosaurio. De menor importancia era que La Propiedad fuera un erial interminable y que la erosin haba secado los arroyos. La Sucursal estaba all, funcionaba, emplazada en aquella altura donde terminaba una cuesta del camino y empezaba el descenso, como una atalaya dominante de un vasto contorno, aunque ese contorno estaba vaco en diez leguas a la redonda.
Por cierto -se deca don Nicanor- a veces se senta el peso de la soledad (o la futilidad?) pero eran slo momentos fugaces de pesimismo, o de depresin. No le haban mandado a contemplar paisajes, sino a trabajar en la Sucursal, y lo haba hecho. Nadie poda reprocharle nada.
Haban pasado as algo ms de cincuenta aos. A veces, la novedad y el alboroto rompan la armoniosa comunidad de disciplina empresarial (cuyo celoso custodio era el Gerente General, al mrito, mrito) cuando apareca el camin de la Casa Matriz, con un chofer gordo y un auxiliar de Contadura imberbe, que traa algunas notas y se llevaba una carpeta con las novedades del semestre. Despus todo volva a la normalidad.
Una sola vez, conforme recordaba don Nicanor, se produjo la intrusin de aquellos japoneses sobre un alto y monstruoso vehculo lleno de engranajes por debajo, y llevaban rifles e incontables cmaras fotogrficas, y se detuvieron delante del Almacn, descendieron del vehculo y entraron en tropel, parloteando palabras de una sola slaba. La esperanza de vender algo galvaniz a todos, y hasta el sereno rompi la consigna de permanecer de guardia en el patio de descarga para asomar curiosamente la nariz en la nave. Pero eso s, todos tuvieron la elegancia de no mostrar el desencanto cuando slo pidieron agua para el radiador del monstruo motorizado. Despus volvi la monotona.
Monotona? -se reproch don Nicanor. Aquello no era justo. No poda entregarse a la chochez de llamar monotona al trabajo de toda su vida. 
La Casa Matriz haba creado la Sucursal. La Sucursal era la responsabilidad de todos, y entre todos la tenan funcionando. Era lo que se esperaba de ellos, y lo que ellos hacan. Las calificaciones estaban de ms, se deca don Nicanor.
Un dolor lacerante le atenaz el pecho. Era la tercera vez que le suceda en una semana. Pero este dolor era distinto, porque contena un elemento final, un desprendimiento desgarrante. Le ordenaban marcharse. 
Adnde? Acaso haba otro lugar donde la vida era posible adems del Almacn de Ramos Generales? Vida? Acaso le ofrecan vida? Le estaban ofreciendo muerte! La voluntad de la Casa Matriz era que muriera. 
Semejante conclusin lo deslumbr. Con paso tardo regres a su dormitorio. 
Tom una cuerda, le hizo un lazo que se pas por la cabeza, trep a una silla y at al extremo de la cuerda a la viga. Dio un puntapi a la silla y muri.
Don Pablo, el Tenedor de Libros, tampoco poda dormir. Saba que haba tenido razn en su discusin con don Jos, pero pasaron por alto la lgica de su razonamiento. Estaba irritado. Viva irritado. No se trataba de irreverencia contra la Firma ni con la Casa Matriz -Dios me guarde- sino de algo ms denso, ms indefinible, que estaba de nuevo all, y le haca murmurar no tiene sentido. Se sorprendi de que aquella voz fuera la suya, y las tres palabras tambin suyas. Pero de que las haba dicho, las haba dicho. No tiene sentido qu? Debo estar perdiendo el juicio. 
Con mis setenta aos... a ver si me vuelvo un anarquista.
Se levant de su lecho desplazando las frazadas tibias que se las puso a manera de manta, sobre los hombros. Se calz los zapatos y sali afuera, con una obscura sospecha de que el sentido poda estar all mismo. Oy que el viento bata una puerta abierta. Era la de la vivienda de don Nicanor. El pobre viejo est durmiendo en una corriente de aire -se dijo- y fue a cerrar la puerta. Entonces vio a don Nicanor, colgado del techo, y con la silla volcada a sus pies. Algo denso e indefinible se removi en su estmago, tal vez en su conciencia. Levant la silla y fue a colocarla modosamente alineada contra la pared, en el extremo ms alejado de la pieza.
Cuando volva a su vivienda, slo tena una idea larval de la razn que le haba movido a desarticular el testimonio del suicidio, la silla. 
Larval -se deca mientras se acostaba en su lecho y se arropaba con la frazada-. Larval, ah estaba, tena adentro una larva. De qu? No lo saba, pero estaba creciendo, le estaba inundando. Se durmi con el temor de tener una pesadilla, como sola suceder en los ltimos tiempos.
Todos, incluido el sereno, menos los cuatro dependientes que deban permanecer en sus puestos en el mostrador, se apiaban en la oficina del Gerente General, y don Anselmo lea la nota que se enviara a la Casa Matriz cuando hubiera forma de enviarla.
-Seor Presidente del Directorio. Casa Matriz. Asuncin. Con inmensa pena, cumplo en comunicar para lo que hubiere lugar, el fallecimiento de nuestro jefe del Depsito A, seor Nicanor Mndez, con lo que estimo respetuosamente y, salvo mejor parecer de la superioridad, que se d por cancelada la atenta Nota que ordenaba su traslado a la Capital. Como providencia de emergencia, que ruego a la Presidencia disimular si se tratara de impertinencia o extralimitacin de funciones, he tomado las medidas del caso para que el seor Jos Quinez, Jefe del Depsito B interine la jefatura del Depsito A hasta nuevas instrucciones de la Casa Matriz. Con la solidaridad y la pena de todos los seores funcionarios de esta Sucursal hemos procedido a dar cristiana sepultura al leal servidor de la Firma, cuyo espritu de trabajo y gran calidad humana nos queda como ejemplo y legado para seguir dando a la Firma, lo mejor de nuestros esfuerzos. Atentamente. Anselmo Gamarra. Gerente General.
La concurrencia aprob con reverentes inclinaciones de cabezas. Pero por primera vez, no haba unanimidad.
-Seor Gerente General -era don Pablo- quiero felicitarlo por el correctsimo contenido de la nota de la Casa Matriz -vacil muy poco- pero all no est toda la informacin.
-Cmo que no! -ladr don Anselmo, que se haba pasado toda la maana con la laboriosa escritura de la nota.
-La Firma debe saber... -insisti don Pablo.
-La Firma debe saber -le interrumpi don Anselmo- que don Nicanor est muerto.
-A los efectos administrativos del caso! -complet don Narciso, el Contador General.
-Qu diferencia hay entre uno que muere de un paro cardaco y otro que se suicida? -exclam don Jos, el del Depsito B, interino del A.
Don Pablo suspir hondo. La larva, estaba all, mordindole las entraas, sacando brillo a olvidadas espadas.
-Que se labre un acta y que conste mi desacuerdo con el texto de la nota -consigui articular al fin, sintindose de paso irremediablemente lanzado a lo desconocido.
Aquello fue como una bomba. En cincuenta aos nunca haba sucedido nada igual. Don Pablo se sinti como el escarabajo cado en un hormiguero.
-La nota no dice nada de la forma en que muri don Nicanor -insisti.
-Fue un suicidio! -le replic don Jos- Ha de ser nuestra sucursal la que arroje una mancilla sobre la Firma propalando a diestra y siniestra que uno de sus empleados se suicid? Y qu importancia tiene un suicida de 81 aos?
El apoyo fue unnime, y general la mirada de rencor colectivo que caa sobre don Pablo. Pero la larva le deca que ya estaba en el punto de no retorno.
-No fue un suicidio. Fue un crimen -argument con arrojo.
La segunda bomba haba cado con mayor intensidad que la primera. Se desataron las furias, la oficina se llen de gritos y aullidos enloquecidos. El Gerente General alzaba las dos manos como ofreciendo rendicin, pero en realidad estaba pidiendo silencio. Por fin el alboroto se atenu, ces, y en las envejecidas caras donde se haban aposentado cincuenta aos de pacfica formalidad, haba rictus de ira, rubores acalorados, palideces asesinas.
-Esto es terrorismo contra el buen nombre de la Firma! -aull sin poder contenerse don Jos, cuya autoridad moral se vea aumentada al tener dos depsitos a su cargo. 
Don Anselmo volvi a pedir silencio. El silencio cay, tenso como nunca se haba visto en la oficina de la Gerencia General.
-Racionalicemos -don Anselmo, y despus de una larga pausa continu-. 
Debemos pensar en primer lugar, en el prestigio y el buen nombre de la Firma. No somos ni policas ni jueces. Somos leales servidores de la Firma. De acuerdo?
Asentimiento colectivo y miradas hostiles a don Pablo.
-Lamentamos mucho -su voz se haba vuelto paternal- la desaparicin de nuestro querido don Nicanor. Y eso es todo lo que la Firma espera de nosotros. Espero que el querido don Pablo sepa comprenderlo por el bien de todos.
Mir a don Pablo con mirada mansa, la sonrisa amistosa y las palmas abiertas, como un pastor bonachn que pide arrepentimiento a un pecador.
-Fue un crimen -se repiti tozudamente don Pablo.
Contemplando los desconciertos, los asombros y las iras que le rodeaban, don Pablo se sinti extraamente eufrico. Nunca haba conocido una sensacin semejante y se pregunt si en eso consista el estar vivo.
Tena la certidumbre de que don Nicanor se haba suicidado. Y recordaba su impulso de alejar la silla. No tena idea de la razn de semejante proceder, pero s tena idea del alborozo interior que senta all adentro, donde la larva estaba triturando hierros con mandbulas potentes.
-Racionalicemos...
La mirada de don Anselmo se clavaba en don Pablo con una extraa intensidad que atemorizaba. Pero la voz era controlada.
-Don Pablo -dijo- en qu se funda para creer semejante horror?
-Don Nicanor estaba colgado de la viga. La nica silla de la habitacin estaba muy lejos, en su correspondiente lugar. Don Nicanor no se colg. Lo colgaron. Todos Uds. son testigos que la silla estaba donde deba estar. Recuerden cuando el sereno dio aviso, acudimos en tropel. Y no haba silla, ni nada a qu subirse.
Gozaba interiormente de intensa felicidad. Adivinaba la presencia de una sensacin de culpa, un embrin de culpa en aquellos que haban visto la evidencia que no queran ver.
-Y qu se supone que debemos hacer? -era la voz de don Anselmo, que se alz en medio del silencio, porque las otras voces se haban acallado, atemorizadas por esta aventura que les estaba llevando tan lejos de la normalidad.
-Redactar una nueva nota a la Firma, formando de todo lo sucedido, y alertndola de que entre nosotros hay un asesino. Si no lo hacen, me lanzo al camino hasta encontrar un polica.
Ese da, las actividades de la Sucursal fueron un desastre cuyo recuerdo avergonz a todos hasta el ltimo da de sus vidas. Dos de los dependientes olvidaron firmar los formularios de las ventas del da, el Cajero no saba a qu atenerse con respecto a rendir cuentas, porque don Narciso, que deba recibirlas, estaba padeciendo de su diarrea nerviosa, y al Gerente General le sobrevino una laguna mental donde se hundi la combinacin de la Caja Fuerte. El sereno olvid poner en las cuatro puertas las barras de seguridad, y don Jos andaba enloquecido buscando entre las pertenencias del difunto don Nicanor la llave del Depsito A. La perfecta maquinaria de cincuenta aos y algo ms se revel ese da enmohecida, bufante, trabada.
Fue un alivio cuando la iniciativa personal de don Anselmo se impuso sobre el desorden, obligndose el Gerente General a violar algunas reglas y perdonar ciertas faltas en aras del restablecimiento del orden, o de algo parecido al orden, amenazado por la demencial actitud de don Pablo. 
Ya era noche cerrada cuando se retiraron a sus viviendas.
Don Pablo permaneca despierto, felizmente despierto, ebrio de esa sensacin nueva que se haba apoderado de l, que trataba de definir, y slo encontraba una palabra algo inspida: jbilo. Un desmesurado jbilo, como sinti cuando nio, cuando se estaba ahogando en aquella laguna, y pateaba hacia arriba, superficie estaba siempre lejos, muy alta, pero lo logr y saco la cabeza, y respir aire. Respir jbilo, como le estaba ocurriendo ahora.
A la maana, lo encontr el sereno. No estaba acostado en su cama. 
Estaba desparramado, descuartizado como por uas y dientes mltiples y enloquecidos, como si se hubieran turnado para matarlo una y otra vez, como lo haba hecho el sereno cuando era soldado, y se turnaba con sus camaradas para violar a aquella mujer, que se cans de gritar, o muri, no recordaba bien.
Posdata: Lamento informar al seor Presidente que a poco de redactar la presente nota, se produjo el fallecimiento de nuestro querido Tenedor de Libros, don Pablo Aguilera, por causas naturales atribuibles a la penosa impresin causada por el fallecimiento de don Nicanor Prez, ya comunicado ms arriba. Igualmente don Pablo Aguilera ha recibido cristiana sepultura. Espero instrucciones con respecto a la vacancia producida en la Tenedura de Libros.
Don Anselmo estamp una media firma a la posdata, dobl cuidadosamente la nota, la ensobr y la guard en el cajn de su escritorio, a la espera del camin que llegara aproximadamente en seis meses, para llevrsela a la Casa Matriz. 



Dilogo del tiempo
La anciana se sent en un banco. Sostena en las manos su mercanca. 
Venda flores, que no eran flores, ni eran flores de plstico, sino un trozo de cuerda de camo deshilachado en la punta y abra as sus ptalos rgidos, teidos de anilina roja, que apenas era rosada. Las haba hecho ella misma, como un ltimo intento de decoro, de recibir limosna dando algo en cambio.
Era muy vieja, pero no una vieja vieja, sino una nia vieja, con esa cara de doce aos que se fue arrugando, pero conservando la calidez de los doce aos, y con una mirada tambin de doce aos.
l tambin era viejo, y que se sentara a su lado en el banco era una casualidad, o simple fatiga. El banco pareca gemir bajo el peso de casi dos siglos, aunque la nia vieja era flaca, y el anciano anciano tambin. 
Estaban all, compartiendo el mismo banco y el mismo cansancio, la nia vieja y el viejo anciano, que lo era, porque resultaba imposible que aquel delta de arrugas fuera una vez una cara lisa, y que en esas hendiduras apagadas brillara un par de ojos.
El hombre tena sobre sus rodillas una cajita de madera, con una tapa, una miniatura de bal. Levantaba la tapa, miraba adentro y la volva a cerrar. La mujer no resisti la curiosidad y ech un vistazo al contenido del baulito. No haba nada. Aquel curioso viejo guardaba nada en su cofrecito. Y comprobaba una y otra vez que estuviera debidamente vaco.
En cierto momento el hombre viejo sorprendi el espionaje de la mujer, cerr con elocuente violencia la cajita y ech una mirada despreciativa a las flores artificiales que tena en su regazo. Ella adivin el desprecio, y escondi las flores bajo su rebozo, pero despus las volvi a sacar y se puso a acariciarlas con un retintn de desafo. 

Fue ella quien habl primero.
-Qu fecha es hoy?
La cabeza del viejo se mene atrs y adelante tratando de atrapar la fecha de hoy, que no le importaba nada, pero deba saberla, porque no saberla era como estar muerto.
-23 de setiembre de 1987 -respondi con voz algo ronca, con slabas resbaladizas en sus encas sin dientes. Ella apart una flor.
-Entonces es nuestro aniversario! -dijo sonriendo, y le ofreci la flor.
l tom la flor y no saba qu hacer con ella.
-Nuestro aniversario? -pregunt.
-Hace cincuenta aos! -suspir ella, como si todos los recuerdos de una vida le rebosaran del alma, y despus prosigui-. Fue exactamente el 23 de setiembre de 1937.
-S, suman cincuenta aos -dijo l.
-Pero qu ocurri exactamente el 23 de setiembre de 1937?
-Olvidadizo! -reproch ella.- Fue el da en que no nos conocimos.
El viejo trataba de aprehender aquello con su acentuado meneo de cabeza.
-Si pudiera explicarme mejor...
-Todo el mundo celebra el aniversario en que se conoci. Por qu no celebramos nosotros los cincuenta aos en que no nos conocimos?
Lo miraba con el aire maternal de quien est enseando a un nio una aritmtica imposible. El viejo no terminaba de poner en su sitio las piezas de aquel inesperado acertijo. Haca innumerables aos que haba renunciado al fatigoso ejercicio de pensar. Su mente slo admita recuerdos, borrosos, con ternuras diluidas por el tiempo, frutos pulposos de los que slo quedaban semillas secas. Por fin capt la idea, rozada por una sospecha de locura. Pero decidi ser corts.
-Seora ma... cmo vamos a celebrar un aniversario de algo que no sucedi? 
-Tonto! -dijo ella con una risita como de hada vieja. Estamos aqu porque no nos conocimos!
-No es precisamente un final feliz.
Ella se enoj y le arrebat la flor. Se arrebuj en su rebozo, sintiendo fro, un fro de cincuenta aos bajo cero, y murmurando sobre la prdida de tiempo de explicar a un hombre senil que dos ms dos son cuatro, y que razonar con ese viejo asqueroso era como caerse de culo en el Polo Norte. Sin embargo, fue ella, otra vez quien habl, empeada en rescatar de la obscuridad a aquel hombre que ni tena idea del valor de un aniversario. Con aire serio, de maestra severa, requiri:
-Qu no tiene en esa maldita cajita?
El anciano apret la cajita contra su pecho, temeroso de que la arrebatara, como la flor.
-Est vaca -explic.
-Por eso pregunto! -su severidad de maestra se acentuaba.
El viejo se sinti humillado, como pillado en falta. Deba memorizar qu contuvo en un tiempo el cofrecito. Slo recordndolo poda explicar qu no contena ahora, pero su memoria se negaba a formular algo, un retrato (de quin?). Un paquete de cartas. No recordaba haberlas recibido. Joyas, dinero? Qu locura. Tal vez sus documentos. S, poda ser eso, de cuando necesitaba probar que l era l y lo que tena era suyo. Pero ese tiempo estaba muy lejos, ms all del olvido.
-Mis documentos -respondi por fin, intimidado.
Cuando se dio cuenta, ella ya le haba arrebatado la caja. Vieja rpida como un pjaro de rapia, pens con ira. Trat de recuperarla, pero ella le apart la mano con un ademn y abri la cajita, y mir adentro, y por aadidura, la volte y la sacudi, comprobando hasta la totalidad la nada que haba adentro. Le devolvi la cajita.
-Ud. no existe -le sentenci.
La ira del anciano an no se haba apagado. 
-Cmo que no existo, seora!
-No existe -se empecin ella.
-Y quin es el torpe que est sentado a su lado? Yo, yo. Toque, toque.
Aferraba las manos de ella y la obligaba a tocarlo. Ella termin palpndolo metdicamente, con nimo de asegurarse bien.
-Existo, no? -insisti l.
-Debo convenir que s -confes modosamente, pero enseguida comenz a alumbrar una risa burlona-. Si es que existe ahora, no s cmo puede negar que ya exista el 23 de setiembre de 1937.
-Por supuesto que exista!
-Y aqul da no nos conocimos!
-De eso estoy seguro.
-Entonces -la voz de ella era triunfal- es nuestro aniversario. Hoy.
Dese que no le dolieran tanto las rodillas, y que las punzadas en las caderas desaparecieran, para marcharse rpidamente. No pudo, estaba cansado. Adems, 1937 fue un buen ao, no recordaba por qu, pero fue un buen ao. El 23 de setiembre...
-El 23 de setiembre de 1937 -dijo ella- yo estaba seguramente detrs del mostrador. Era vendedora de Segura Latorre y Compaa...
-...donde un peso vale dos -rememor l.
-Nooo. Eso se deca de la tienda de Gastn y Compaa... -le aclar ella.
El anciano se sumi en profundas reflexiones.
-Detrs del mostrador? -pregunt.
-Haba empezado en 1935 -explic ella.
-Y si hubiera sido domingo?
-Estara en el Belvedere, con algunas amigas. bamos en el tranva 2.
-Yo trabajaba en la Cervecera.
-Y los domingos? -la voz de ella tena cierto matiz de ansiedad.
-No recuerdo, dorma.
-No iba al Belvedere...? -urga ella. 
-No recuerdo. Tal vez s, tal vez no.
-No iba! -reproch ella.- Con razn no nos conocimos! -hizo una pausa- Pero por qu me enojo? Gracias a que no iba al Belvedere estamos aqu, a cincuenta aos! Es embrollada la vida, eh?
T eres la embrollada, vieja loca, pens l. Y decidi no escuchar ms disparates. Pero era imposible no or el parloteo de ella. -Esperar cincuenta aos para estar juntos en esta plaza...
l se sobresalt, la mir.
-Plaza? Qu plaza?
-Pero si estamos en una plaza seor!
l mir alrededor. Arena sucia, pedruzcos, un pasto gris, y un montoncito que pareca caca de perro.
-Yo dira que es un baldo... -opin.
Tambin ella mir en torno.
-O una cancha de ftbol abandonada -prosigui l.
Sinti que ella temblaba, que se aferraba a su brazo, temerosa.
-Y ahora qu le pasa? -pregunt impaciente.
-Las casas -susurr ella con voz temblorosa- estn all, las veo.
-Por cierto que estn all, al otro lado de la calle -asegur l.
-Y la gente?
-Gente?
-No hay gente. No hay nadie -lloriqueaba la nia-vieja y se aferraba a l.
Una angustia compartida uni a los dos en el mismo miedo y en el mismo fro, que no era el fro de los vientos dentados que venan del Sur, sino un fro de profundidades, de all donde se produce la resolucin final del polvo que vuelve al polvo.
La calle sin transentes y las casas sin sonidos pintaban sin colores un paisaje de desolacin, como de puerto abandonado y sin gaviotas, o como un barco varado que se pudre en aguas espesas.
-Dnde estamos? -preguntaba la mujer, tiritando una forma de lenta agona.
-No s. Pero debemos irnos -respondi el anciano. Y se levant. Y se levant la mujer, aferrada l.
-Adnde vamos?
-Adonde sea.
La nia-anciana miraba a lo lejos. Volvi a sentarse. Conforme, entregada, resignada. Sin nimo de luchar.
-No viene, seora?
-No podemos -susurr ella, apretando el liviano rebozo contra su pecho.
-Cmo que no podemos! En algn lugar hay una esquina con sol. O una pieza con una estufa.
-Las alambradas -dijo ella.
-Alambradas? Cmo va a estar alambrada una plaza?
-No es una plaza. Y hay alambradas altas por los cuatro costados. No las ve?
El viejo rebusc en sus bolsillos.
-Dnde estn mis anteojos?
-Los tiene puestos.
-Caramba -miraba a la distancia- alambradas?
-Como en esas pelculas de los campos de concentracin.
-No alcanzo a verlas.
-Estn ah, y hay torres para los centinelas. Pero estn vacas las torres.
La voz de ella ya no contena miedo, sino una forma invencible de fatalidad aceptada, ms all de la realidad y de la rebelda.
-Yo no creo que sea capaz de trepar una alambrada -susurr el viejo y volvi a sentarse junto a ella.
Sinti el fro que la estaba congelando. Que le estaba congelando a l tambin. Se volvi a ella. 
-Tena razn, seora. Estamos compartiendo algo muy importante. No s qu. Pero es importante, antiguo como de medio siglo.
-Nuestro aniversario...-musit ella.
Entonces, l le pas los brazos sobre los hombros. Ella reclin la cabeza en su pecho, y quedaron en silencio, sintiendo crecer el fro.
Y compartindolo. 
El preso
Sospecho que cuando mi amigo Manuel, el Comisario, hizo arrestar a Cleto, por vagancia y sospecha de latrocinios varios, segn asent en el libro de actas, lo que en realidad quera era mano de obra gratis para pasar dos manos de cal a las paredes de la Comisara.
Por supuesto, Cleto era vago de marca mayor, pero eso en l no era delito, sino costumbre. En cuanto a lo de latrocinios varios, Cleto le vena de perillas para cargar con la culpa de algunos casos pendientes, como el denunciado por el cura cuando a un mal cristiano se le ocurri colarse de noche en la Iglesia y usar el confesionario como excusado, que bien podran ser una venganza por alguna penitencia demasiado severa. 
Tambin estaban pendientes de solucin el caso del robo de candelabros de bronce en el cementerio, y el de la puerta de hierro torneado de la Capilla del Barrio San Agustn. Decididamente, el desconocido ladrn tena algn vicio sacrlego que bien poda empezar con la palabra necro..., lo que no encajaba con el carcter manso y entregado de Cleto, uno de esos hombres que lo nico que pide a la vida, es que la vida lo deje en paz. 
Por eso pareci algo exagerado de parte de mi amigo el Comisario que enviara dos hombres armados a arrestar a Cleto, y hacerlo atravesar todo el pueblo con los dos soldaditos apuntando sus fusiles a la espalda del preso. Pero concluyo hoy, aquel gesto de soberbia era un testimonio ms de la metamorfosis operada en la personalidad de Manuel, que desde luego, no era polica de carrera, sino sobrino de don Agustn, el Caudillo, a quien le convena tener por mxima autoridad policial a un pariente y dependiente.
El pueblo no era gran cosa como para merecer un polica de carrera, ni Manuel era tampoco gran cosa en ese pueblo a diez leguas de la ruta asfaltada, y dependa de un ramal, en realidad El Ramal que era una carretera demasiado barrosa cuando llova y demasiado arenosa cuando no llova, y llegar a la ruta asfaltada era toda una aventura. Era uno de esos pueblos viejos rodeado de tierras agotadas y estancias prsperas donde nadie se senta a gusto y pocos tenan el coraje de irse. Yo tampoco me senta a gusto ni senta coraje para irme, y haba llegado all porque el Ministro me llam a su despacho, me dijo que mi padre fue su protector y amigo, y despus, aunque era abogado, el Ministro, no yo, me diagnostic una gran fatiga nerviosa que se adivinaba en mis artculos periodsticos y me recet una temporada de reposo en San Rafael, un pueblo cuya existencia yo ignoraba hasta entonces. Entenda el mensaje y me vine a San Rafael, no recuerdo ya hace cuntos aos. Cuando llegu el Comisario era otro, que me orden presentarme a su despacho cada maana a las ocho, hasta que se cans de recibirme, inform el Caudillo de mi comportamiento ejemplar y levant la orden, sospecho que para seguir dndose el gusto de levantarse a las once, segn era su costumbre hasta que yo llegu.
Como es de comprender, la gente, cuyo denominador comn era no buscarse complicaciones, me evitaba. Salvo Manuel, a quien su calidad de sobrino del Caudillo le daba ciertas impunidades y privilegios, y los us para hacerse mi amigo, o ms bien, mi discpulo, porque a pesar de que haba alcanzado con mucho herosmo el sexto grado de la primaria y era nada brillante, tena una pasin enorme de saber, y de paso, me daba a m el consuelo de ensear a alguien en ese pueblo donde no saber nada era lo mejor, y donde me aburra a muerte.
Haba tratado de hacerme amigo del cura, que pareca tan viejo como la Iglesia cuyo origen se discuta, pues unos decan que la fundaron los dominicos, otros los franciscanos y los de ms all los jesuitas. Pero mi intento de trabar relaciones con el cura no prosper, porque el anciano tena la idea fija de que el Anticristo haba llegado empezando por prohibir la misa en latn. Y era bastante amargado y amargante.
Alguna vez pregunt a Manuel por qu, teniendo medios, no haba ido a la Capital a seguir estudios secundarios. Y slo me respondi con evasivas. Ms tarde, recogiendo trozos dispersos de conversaciones arm la historia completa. Don Agustn, el Caudillo, haba tenido una variedad impresionante de mujeres, pero ningn hijo. Aquello era su corona de espinas, all donde la masculinidad se demuestra con una siembra de hijos legtimos, naturales, reconocidos y bastardos. El robusto Caudillo era tan sensible en ese aspecto, que cuando a un borracho lleno de coraje etlico se le ocurri llamarle espoleta vano, que significa infrtil, perdi la cabeza, literalmente, porque don Agustn se la arranc con lo primero que tuvo a mano, una raja de lea que despus pas a ser reliquia, porque a algn opositor se le ocurri llamar mrtir al borracho deslenguado.
Manuel, pues, hijo como era de la difunta hermana del Caudillo, fue criado como hijo nico y primognito por su to y desde luego, tambin su heredero poltico. En tal carcter, lo que ms deba hacer era aprender a leer y escribir. Toda la sabidura que necesitara en el futuro, la poda abrevar en el viejo tronco, como decan algunos del Caudillo, nunca supe si por adulonera o por irona. Pensaba que Manuel no tena pasta de Caudillo. Haba en l cierta flojedad, cierta timidez. Un apocamiento que revelaba un mundo interior maleable y algo vaco de energas. Por eso me sorprend cuando al morir el Comisario al caer de su motocicleta, designaron a Manuel como reemplazante.
Tantas fatigas haba pasado yo, leyendo para Manuel, y para m, a Platn, Rousseau, Julio Csar y Ortega y Gasset y Unamuno y Jos Ingenieros durante cuatro aos, que si Manuel haba captado el uno por ciento de lo trajinado en mis libros, hara un buen Comisario, si bien no estaba seguro de que los grandes pensadores fueran capaces de dar las agallas que necesita un Comisario. Pero fui el primero en felicitarle y expresarle buenos deseos.
No me sorprendi por eso que su primera visita oficial fuera para m. 
Lo esperaba, pero lo que no esperaba fue el cambio que se oper en mi transparente Manuel. Se haba puesto uniforme y botas, y tena en la mano una fusta intil, porque no tena caballo, sino un maltrecho jeep, regalo del to. Se haba erguido tanto que hasta pareca ms alto, y cuando hablaba, golpeaba la fusta contra sus botas, como el rabo de un tigre irritado.
Casualmente, por la maana haba recibido yo un telegrama de la capital, anuncindome que poda volver, pues las cosas haban cambiado. 
Aprovech la oportunidad para comunicrselo a Manuel, filosofando de paso sobre semejante coincidencia. En un mismo da terminaba nuestra relacin amigo-maestro-discpulo, yo me marchaba del pueblo y l entraba a la grandeza de la autoridad.
Su respuesta me sorprendi.
-No, Doctor, Ud. no se me va.
Que se emperrara en llamarme Doctor (no lo era) ya me tena acostumbrado, pero aquello de no se me va bastante cuartelero no me sent bien A un maestro no se le dice no se me va. Se lo dice a un soldado. Se me pone de centinela aqu. Se me barre bien la cuadra. Ud. 
Doctor no se me va. Mierda.
Aduje que tena una vida que vivir y una carrera que seguir. Que mi mundo era otro mundo distinto a este, o por lo menos algo ms movido.
-Ud. se me tiene que quedar, Doctor.
-Dame una razn, Manuel.
-Necesito un colaborador, y Ud. me viene bien.
No pude menos que rerme. (Ahora, a tantos aos, me ro de haberme redo.) Colaborador! De maestro a colaborador.
-Muy honroso para m, Manuel. Pero sucede que no puedes impedir que me vaya. Ya me levantaron la penitencia.
-No. No le puedo impedir que se vaya.
Y ri. No hablamos ms del asunto, quedando por sentado que yo me marchara dos das despus, con el mnibus de los martes. Sin embargo, cuando se fue manejando su jeep y con la fusta colgando de su mueca, reflexion sobre la actitud de Manuel. Haba sido demasiado tajante en aquello de no se me va, y demasiado complaciente en admitir que no tena atribuciones para retenerme. Confieso que esa noche dorm algo inquieto, porque este nuevo Manuel cuya alma me pareca un libro abierto, ahora con botas y fusta, me resultaba completamente desconocido.
Al da siguiente, lunes, cuando estaba desayunando en mi pensin, o que un ruidoso diesel se detena, el motor pareci masticar hierros y se detuvo. Al parecer tena visita. En efecto, mi visitante era don Agustn, el Caudillo, que entr, robusto, panzn y sanguneo, con ese peculiar olor suyo que sola parecerme a una mezcla de sobaco y alfalfa. Me puse de pie, como corresponda.
-No, no, no. Doctor -me dijo l- termine, termine.
Me volv a sentar, le ofrec asiento, se sent, estir las piernas, se cruz de brazos y me miraba como al conejo preferido que se come una zanahoria. A Dios gracias -pens- maana me alejo de todo esto. Sin embargo, tragu deprisa mi cocido con leche. Me levant. -Estoy a sus rdenes, don Agustn.
-No pues! -me pasaba los brazos por los hombros y me envolva en su fuerte aroma rural- a los amigos no se les da rdenes.
En verdad, lo que dijo fue npue a lo samigo no lend rdene, pero como tengo la esperanza de que este escrito le sirva a alguien, lo pongo ms claro. Not mi desconcierto, y sonri. Los dos sabamos que nuestras relaciones nunca fueron cordiales, porque adivinaba en l una obscura ebullicin de celos, en la medida en que quien estaba formando a su sobrino era yo con mis libros y no l con sus experiencias prcticas. 
Saba adems que tampoco le sentaba bien que su sobrino hablara de un tal Platn, y de un Rus, que parecan tener ideas inconvenientes. De ah mi desconcierto ante la inesperada cordialidad de ese lunes de maana. Pero no me dio tiempo de analizar mucho la cuestin, porque me haba aferrado del brazo y me llevaba afuera diciendo que bamos a dar un paseo.
Apretujado en la cabina del enorme transporte de ganado, sentado entre el chofer con su desleda camiseta de ftbol y el Caudillo, y respirando esos vapores de gasoil y bosta que inundaban la cabina, sent cierto temor, y esa pregunta que se hicieron tantos hombres en el mundo para encontrar al fin una respuesta terrible: Qu me van a hacer estos dos? empez a corroerme por dentro.
Felizmente, el viaje dur poco. Apenas media hora por un duro y desigual camino de tierra roja. El camin se detuvo y descendimos. Don Agustn, con aire protector, me tomaba de los hombros y me condujo al borde del camino, all donde empezaba una valla de alambre de pas.
-Mire -me dijo, sealando el campo verde, muy verde, que se extenda tras los alambres- son ochocientas hectreas. Buen pasto. Tiene un arroyo. 
Se puede tener un animal por hectrea, pero slo hay 200. Su cara se ensombreci de pena porque slo haba doscientas vacas, o toros, o novillos, o lo que fueran.
-Muy bonito, don Agustn -le dije por cumplimiento- Pero qu tiene que ver conmigo?
-Es de Usted, Doctor, con las doscientas cabezas. El campito tiene ttulo aparte y no hay problema en...
-Me est sobornando, don Agustn?
Me mir extraado. La palabra soborno no tena sentido para l. Favor con favor se paga...
Considerando que ya estaba todo arreglado se volvi al camin. Subi a la cabina. Yo no. 
Qued tieso. Volvi a descender. Sonrea, contento de s. Papi regalando al hijo un viaje a Pars. Tanto es as que dijo.
-Vamos, mi hijo (ya no me llamaba Doctor), si es una zoncera...
Aspir hondo, no recuerdo si juntando aire o coraje.
-Djeme entender, don Agustn-consegu hablar por fin- supongo que la idea es que suspenda mi regreso a Asuncin.
-Ms o menos (masomeno).
-Y a cambio soy dueo de 800 has. y 200 vacas.
-As es mi palabra, che ra'y (ya no era Doctor, ni mi hijo, era che ra'y).
-Pero por qu?
Arranc un alto y delgado tallo de pasto, y se puso a masticarlo.
-Manuelito le aprecia demasiado -me contest, y call, como si esa fuera toda la respuesta que yo esperaba.
Pero no lo era, y call esperando que continuara, y lo miraba que se pona colorado, como si tuviera que decir algo y le diera vergenza decirlo. Por fin habl:
-Necesita un colaborador con cabeza. Quiero que llegue lejos:
-Pero alguna vez va a ser caudillo.
-Ms lejos. Quiero que sea dirigente.
En ese momento sent por aquel basto personaje, que no se haba hecho as a s mismo, sino lo haban hecho as, una mezcla de lstima y respeto.
Los mereca, en la medida del poderoso esfuerzo de imaginacin que haca, para atisbar el mundo por esa hendidura abierta por la intuicin, y ver avanzar en el horizonte vientos desconocidos, aires que no estaban hechos para sus pulmones. Quera que su heredero fuera dirigente. Y que respirara.
All entraba yo. El Caudillo reconoca la derrota de su magisterio y la validez del mo. Pero me estaba comprando.
De todas maneras -coleg entonces- el asunto no me concerna. To y sobrino deban enfrentar sus problemas y yo los mos, que no eran menudos, dado que se hacan sntesis en que yo deba vivir de mi trabajo, no muy bien remunerado si vamos al caso, pero dentro de lo que yo amaba, conoca, o en el peor de los casos, soportaba sin muchos sufrimientos.
-Le agradezco mucho su generosidad, don Agustn, pero...
-No, no, no -me ataj- no me conteste ahora. Piense un poquito.
-Pero si maana me voy.
-En un da se puede pensar mucho, Doctor.
Otra vez Doctor. La confesin de su derrota pareca haber restablecido mi rango. O fue una sutileza increble en tan tosco personaje.
Volvimos al pueblo, me diriga a la pensin y me puse a embalar mis libros en unos cajones desechados de jabn.
Manuel vino a despedirse y a desearme buena suerte, y le cont lo que ya saba, lo de la oferta de su to.
-Es un buen campito, y el ganado bien surtido. Y hay cincuenta vacas preadas. El ao que viene puede haber unos cuarenta y cinco terneros -coment simplemente.
Me re.
-Lo nico que s de los vacunos es que tienen cuatro patas y cuernos...
-No le dijo mi to? El campito va con un administrador. Y adems nuestro veterinario tambin va a cuidar.
Otra vez me dese buena suerte y se march, sin darme la mano, ni despedirme con un abrazo.
El martes a las ocho de la maana ya estaba esperando con mis brtulos en el cruce. Se supona que el destartalado mnibus que vena de San Agustn, llegara aproximadamente a las 9. Esper en vano hasta las cinco de la tarde. Acept aquella irregularidad como normal, porque el aoso vehculo sola tener muchas fallas mecnicas, y eran frecuentes sus ausencias. Slo mucho tiempo despus me enter que Manuel en persona, con tres soldaditos, haba hecho un retn caminero dos kilmetros antes del pueblo, ordenando que el vehculo tomara un desvo cruzando a campo traviesa la Estancia Las Tres Herraduras, y alcanzando por all la ruta asfaltada.
Me resign a pasar una semana de espera, bastante aburrida, y no sin cierto desaliento, porque recin entonces, un algo reprimido empez a salir a flote: el sentimiento de que aquel pueblo me asfixiaba que haba logrado sostener prudentemente enterrado, pero que asomaba vigoroso con la frustracin de mi regreso.
Esa Iglesia caduca, esas rezadoras de rosarios que como fantasmas embarazadas cruzaban la plaza rumbo al templo al crepsculo, las casas que se caan de vieja, las gallinas picoteando el pasto de las calles y los desesperados chillidos de los chanchos que se degollaban, y tambin la gente que nunca se tom la molestia de comunicarse conmigo, como si hacerlo fuera comunicarse con el mal, me haban sumido en un aplastamiento de cuatro aos. Y quera irme, erguirme, volver a vivir mi vida, y mi trabajo, y mis angustias, y mis expectativas algo confusas, pero expectativas al fin.
Fue entonces, en aquel interludio de ocho das de espera, que Manuel hizo arrestar a Cleto, por vago y por supuesto cagador de confesionario y ladrn sacrlego.
El mircoles y el jueves, desde los corredores de mi pensin, vea a Cleto trabajar con extraordinaria diligencia, poniendo capa tras capa de cal a las paredes exteriores e interiores de la Comisara. Quiere terminar pronto para recuperar su libertad -pens entonces- sin embargo, el trabajo termin y no soltaban a Cleto, a quien el viernes y el sbado observaba lavando interminablemente el jeep de Manuel. 
El domingo, aburridsimo, fui a visitar a Manuel a la comisara, pero no estaba. Charl con el sub-alcalde, que usaba su gorra de reglamento, pero en la comisara vesta un pijama y calzaba zuecos de madera. Le hice referencia a Cleto:
-Por qu no lo sueltan?
-Ya le soltamos.
Me pareci que no era as, porque vea a Cleto apilando rajas de lea debajo de una inmensa olla de hierro en el patio. Pintor, lavacoches, ahora era cocinero. El sub-alcalde ri.
-No se quiere ir -aclar.
De algn olvidado rincn de mi memoria surgi una frase, no saba si oda y leda: El hombre ama la libertad. Mir a Cleto. Qu idea tienes de la libertad, hermano Cleto. Quizs ninguna. Pero tu vagancia irredimible es una forma de libertad. Quizs la ms total. Por qu renuncias a ella?
Cruc el patio y me aproxim a Cleto, que estaba arrodillado y soplaba los leos que empezaban a humear. Cuando sinti mi presencia, se levant de un salto y se puso en tiesa posicin de firme. Me sent molesto, no porque Cleto se pusiera firme, sino porque de repente floreci en m un idiota sentimiento de halago.
-Dejate de... -cmo se deca? Record mis das de servicio militar y ladr:- Descanse!
Cleto se afloj como si dentro de l se hubiera soltado un resorte.
-Ya no ests preso?
-No mi doctor!
-Y por qu no te vas?
Me mir como si la idea de irse fuera una locura.
-Y... tengo comida y me dejan dormir en el calabozo.
Capt la idea de su inmediatez casi animal. Comida, techo, seguridad. 
Sin mucho esfuerzo haba trocado la vagancia por la servidumbre. Me pregunt si le dola. Me contest que no. Bienaventurados los pobres de espritu.
El mnibus tampoco apareci el martes, y tampoco esa vez ca en la cuenta de que Manuel me estaba haciendo trampa. Pero como me pareca insoportable la espera de ocho das ms, recurr a algunos vecinos de las afueras que tenan vehculos, ofreciendo pagar el viaje hasta la ruta. Por extraordinaria coincidencia, todos estaban muy ocupados o tenan sus chatarras en tan mal estado que no se atrevan a aventurarse por El Ramal, y para ms, todo el lunes haba llovido torrencialmente.
Entonces sucedi la desgracia. Mataron a Don Agustn. Le dieron una muerte sin grandeza. Mientras dorma, le redujeron la cabeza a pulpa, a martillazos. Sent pena por l. No hubiera querido morir as. Quizs soaba morir en una trinchera, o cayendo de un caballo, con dos tiros de fusil en el pecho.
De un culpable no se tena ni idea, pero de un sospechoso s: el hermano de aquel beodo que fuera decapitado por don Agustn con un golpe de raja. No tuve nimo de discutir semejante teora, ni a explicar aquello de justicia potica. Por lo dems, el hombre aquel hizo a su vez su propio anlisis del asunto. La forma en que muri don Agustn supona una venganza. Y l tena harto motivo para vengarse. Que fuera culpable o no, pertenece a los secretos de Dios, lo cierto es que no perdi el tiempo en desaparecer. Pero no fue muy lejos. La patrulla, al mando de Manuel lo localiz en los grandes esteros del Sur, y lo acribillaron. El cuerpo se hundi en el espeso lodo. Y all debe seguir.
Esper que se organizara todo, y pusieran el atad en la capilla ardiente, para ir a darle los psames a Manuel. Acept mi apretn de manos. Dijo gracias, Doctor, y que l respetara la voluntad del muerto. 
Cre que se refera a las cuestiones generales suscitadas por su condicin de nuevo caudillo.
-Es lo que l hubiera esperado, Manuel.
-Tambin en lo del campito. 
Aquello me pareci inconveniente en semejante ocasin. Permanec en el velatorio un tiempo decoroso, y volv a mi pensin. No pude dormir, de modo que estaba despierto cuando sent movimientos en la madrugada, y entr Manuel despus, acompaado de un apuesto muchacho que yo conoca de vista, Jorgelino, hijo de un prspero hacendado de la zona, cuyos hermanos vivan una vida regalada en Asuncin, pero l prefera la vida de campo.
-Perdone que le despierte, Doctor -deca Manuel.
-No estaba dormido. Qu pasa?
-Jorgelino tiene que hablar en nombre de las fuerzas vivas en el entierro de mi to. Quiero que le escriba un buen discurso, Doctor.
Lo de quiero me irrit un poco, pero lo dej pasar. Muchas emociones estaba pasando mi discpulo velando a un to despus de matar a un hombre.
-Con mucho gusto. Se lo debo a tu to -respond.
Encend la lmpara y desenfund mi pequeita Hermes porttil. Se fueron diciendo que volveran al amanecer. Y entonces me puse a escribir el discurso fnebre, sin exigirme mucho, aunque sintiendo cierta vergenza por la enorme cantidad de lugares comunes que estaba apilando en el papel. 
Pero en ese ambiente y con aquella concurrencia sonaran a versculos de una Biblia poltica.
Jorgelino envi al amanecer un pen a caballo a buscar el discurso, y que despus de guardar con aire reverente el papel en el bolsillo de su campera se alej al galope.
No fui al entierro, pero me contaron que Jorgelino haba tenido un gran xito con su oracin fnebre, y que en la parte de las banderas enlutadas que se inclinan..., la gente haba llorado. Me sent feliz de haberle hecho un favor a aquel muchacho que en el fondo admiraba, pero al contento sucedi la confusin, cuando a la tarde (el entierro fue en la maana) reapareci el pen a caballo que se ape, se despojo respetuosamente del sombrero, y me entreg, de parte del patrn- un pesado paquete y un sobre. El paquete contena un flamante y monstruoso revlver Smith Wesson Barracuda calibre 38 largo, que sera considerado una joya para quien tuviera inclinaciones por las armas, que no era precisamente mi caso, cuyo odio ms grande era al viejo fusil que durante dos aos deba cargar y tener limpio en mis das de conscripto. El sobre contena un cheque por una cantidad asombrosa. No esperaba que mis dotes de escritor se cotizaran tan alto ni que mi fama de sabio me significara en el futuro un tonto y reverencial sentimiento de respeto. 
Pens en devolver semejantes regalos. Pero supuse tambin que aquello sera considerado una ofensa, o peor, que mi obsequiante pensara que consideraba insuficiente el pago por mi brillante trabajo oratorio.
Me qued el revlver y el cheque.
Y el martes apareci el mnibus. Nadie vino a despedirme, lo que me doli mucho, porque sinceramente, esperaba que Manuel lo hiciera.
En Asuncin no me fue muy bien. Mam haba vendido mi sufrido Simca para poder enviarme dinero a San Rafael y no consegu trabajo en ningn diario, en parte porque no haba vacancia. Y en parte porque tena fama de meter en compromisos a los diarios.
Incidentalmente, el cheque de Jorgelino me permiti sobrevivir dos meses, con abundante dispendio entre los reencontrados amigotes del Bar San Roque, y cuando el dinero termin, un amigo, rico, filsofo y apoltico me dijo que la poltica es el arte de esperar, y me ayud a esperar ofrecindome un empleo (a comisin) de vendedor de seguros. 
Result un fracaso. El seguro ms rentable, en cuanto a comisiones, es el seguro de vida. Y confieso que jams encontr la forma de convencer a nadie de que era ventajoso apostar contra la muerte.
Entonces encontr a Jorgelino por casualidad. Tena un trabajo provisorio como gua y secretario de un yanqui que haba venido interesado en instalar una industria (no recuerdo si era de papana) y se marchaba desinteresado. Mi ltimo compromiso fue conducirlo al aeropuerto, y all encontr a Jorgelino, de vacaciones, me dijo, que se embarcaba para Punta del Este con una esplendorosa morena. Me abraz con cordialidad, me pregunt cmo andaba, le dije que as as y haciendo ademn de sacar la billetera me dijo que si poda hacer algo por m. No s ahora, si no le ped un prstamo por vergenza de m mismo o por vergenza de la morena, carne lujosa de departamentos con aire acondicionado y espejos en los techos, que me miraba con lnguida conmiseracin.
An en la lona, uno tiene su orgullo, y no acept la ayuda de Jorgelino, llamaron a los pasajeros de su avin, me desinteres de mi yanqui desilusionado y desped a Jorgelino. Cuando pasaba la puerta destinada a pasajeros, me dijo con un brillo especial en los ojos, demonio de tentacin, el hombre.
-Manuel siempre habla recordndote. Y el campito est todava all. 
Ahora l es el caudillo. Te necesita.
Y se fue.
Esa noche no fui al San Roque, sino a un barcito de la plazoleta del puerto que ola a prostitucin y a orina, donde ped una cerveza y rechac varias ofertas. Curiosamente, fue una mujer que se ofertaba, la que desencaden primero una serie de reflexiones, y despus una serie de decisiones. La pobre diabla, rechoncha, o mejor, cuadrada dentro de su apretado pantaln vaquero y una remera que estallaba con el peso de dos pechos como sandas, se sent a mi mesa, descaradamente, y fue directamente al grano.
-No quers coger, mi amor?
La mir. Sapo hembra. Repulsiva, con sus dientes postizos amarillos que parecan el teclado de un piano abandonado. Haba un mundo de distancia entre aquella morena hecha a mano que Jorgelino se llevaba a Punta del Este, y este pobre producto de la cloaca.
Lo malo era que slo estaba a mi alcance aquella sifiltica realizada o en potencia.
El campito.
Ochocientas hectreas.
Doscientas vacas preadas que ya seran mam, algunas.
Mi oficio de escribidor en situacin de paro forzoso, rechazado por el pecado de pensar con exceso, como me dijo aquel Director que nunca tuvo una idea, pero un instinto formidable para ganar plata.
Esa noche, en mi cama, aor San Rafael, y me dorm.
A la maana siguiente, quem las 145 cuartillas de la novela que estaba escribiendo, arm mis valijas, y fui a dar un beso a mam. El viento cruzaba la sala y se llevaba las cenizas de mi novela.
-Te vas, hijo?
-S, mam.
Ella conoca de mis angustias econmicas. De hecho, nunca supe de dnde sacaba resecos billetes que me pona en los bolsillos.
-Te vas para mejorar?
Qu poda responder a aquello? Por una misteriosa asociacin de ideas, record a Cleto. Ahora lo comprenda mejor, aunque la comprensin me produca un nudo en el estmago.
Mi pobrecita mam, siempre tuvo una fe ciega en mi talento de escritor. Soaba que haba concebido un candidato a Premio Nobel.
-Pero no dejes de escribir!
Un sollozo se dispar en mi estmago y se me hizo nudo en la garganta. Pobre mam. Cmo explicarte que escribir es como la vagancia de Cleto?
-No dejar de escribir mam -le deba esa ilusin.
Al medioda, tom el mnibus a San Rafael. 



El juicio de Dios
Haba fracasado -por segundo ao consecutivo- en los exmenes de ingreso en la Facultad de Ingeniera, y se me abra la triste perspectiva de un ao ms de espera, entre cursillos de ingreso ms o menos eficaces y la tornera de mi padre, que no me reprochaba el fracaso, pero deca que mientras tanto hay que hacer algo til, y me instalaba al pie del torno ms pequeo, en el aburrido trabajo de fabricar bujes y pulir bielas.
La situacin no se presentaba muy placentera.
-Trabajas por el techo y la comida -deca pap, si bien debo reconocer que los sbados me entregaba algn dinero para diversiones, cuya suma aumentaba con las furtivas aportaciones de mam que sencillamente, se limitaba a depositar en los bolsillos de mi campera, algunos billetes extras, que provenan de sus ahorros de misterioso origen, porque en verdad, ella no trabajaba en nada, es decir, era ama de casa, y lo lgico era colegir que tales ahorros se deban a su sabidura de administrar el dinero que le proporcionaba mi padre para los gastos del da.
Fue entonces cuando se present aquel hombre de rostro cadavrico a ofrecerme un trabajo extra. Era dueo de un viejo mnibus, Volvo Diesel, que quera fuera llevado, rodando, claro, a Puerto Empalme, como a 240 kilmetros de Asuncin, sobre el ro, all en el litoral Norte. Me ofreci una suma bastante tentadora, y tambin la bienvenida aventura de conducir aquel armatoste, y de paso romper la rutina del taller y del torno.
Ms tarde, las cosas no parecieron tan atractivas, cuando fui a echar un vistazo al vehculo. De gomas, estaba bien, pero todo lo dems era poco menos que una ruina. Los tapizados de los asientos rotos y los cristales rajados cuando no ausentes. Adems, ola a cosa vieja, como olera el cadver de un camin.
-Mecnicamente est bien -me dijo el hombre cadavrico- se le hizo un cambio de aceite, limpieza de filtros y un ajuste de caja de velocidades.
Prob el mastodonte dando una vuelta a la manzana. Los frenos eran bastante holgazanes, y la direccin tena tendencia a desviarse a la izquierda, pero me dije con optimismo que con la ayuda de Dios podra llegar a destino. Sin embargo, la confianza casi se diluy cuando el hombre cadavrico me dijo:
-El problema es que no lo podrs llevar por la ruta asfaltada...
La razn era simple. El vehculo haba estado como diez aos parado. 
No se haban renovado los papeles municipales ni fiscales, y ni siquiera tena placas de identificacin. Adems, estaba en tan ruinosas condiciones que en el primer puesto de la Polica Caminera me sacaran de circulacin, de tal suerte que si quera llevarlo a Puerto Empalme, deba tomar la carretera diagonal, poco menos que una sugerencia de camino donde se daban todas las condiciones para hacer fracasar la empresa, arenales largusimos, arroyos sin puentes, tramos barrosos interminables, y huellas en las picadas del monte que despreciara un conductor de carretas.
Mi afn de aventura y mi deseo de liberarme del torno paterno, triunfaron. Acept el compromiso. Debera llegar a Puerto Empalme, embarcar el vehculo en una chata. Y ah terminaba mi trabajo. Me enter ms tarde que la chata lo conducira ro abajo hasta Puerto Alemn, donde el mnibus sera usado para el transporte de los agricultores de un vasto contorno de Puerto Alemn, sobre el ro, donde existan almacenes, una farmacia, ferretera, tienda y hasta una casa de artculos electrnicos. 
En verdad, el mnibus haba sido adquirido por la Cmara de Comercio de Puerto Alemn, si as puede llamarse a una sociedad pequeita y amorfa de comerciantes interesados en vender, especialmente en pocas de acopio.
No expres mis dudas sobre la eficacia del servicio que podra prestar el mnibus recorriendo caminos vecinales, porque eso no me concerna en absoluto. Mi trabajo -y mi aventura- era llevar aquella ruina rodante a Puerto Empalme.
Examin sin mucho celo el equipo de viaje. Rueda de auxilios, un gato hidrulico que perda aceite, herramientas y un gran cajn de madera conteniendo repuestos, unos pocos nuevos y otros evidentemente usados y al fin de su existencia til. Mi madre agreg por su cuenta un botiqun de primeros auxilios, y como dos docenas de botellas de agua mineral. Esto, porque desde que haba visto en la televisin una documental de Cousteau, haba madurado un entraable horror al agua contaminada.
Me puse en marcha a las tres de la maana, hora de poca vigilancia policial, no fuera que la aventura terminara en su comienzo, por el celo de algn inspector de trnsito, y sala ya de los lmites de la ciudad y encaraba el primer tramo de ripio en las afueras, cuando estaba saliendo el sol. Slo ms tarde, comprob que el aparato de radio del tablero no funcionaba. No alivi mi irritacin que dijera carajo tres veces y diera puetazos al mudo receptor de radio. Olvidaba agregar que los 240 kilmetros sobre ruta asfaltada, se convertan en 310 por la diagonal.
El viejo Volvo se portaba bastante bien, y el motor responda con potencia, si bien soltaba una humareda espesa y negra, y la caja de cambios haca ruidos extraos, dndome ocasin de distraerme un poco haciendo el catlogo mental de los mismos. En primera, senta un latir de diente roto y dolorido. En segunda un gemido cual moribundo pidiendo confesin. En tercera el camin iba a tirones, dudando entre ir adelante o detenerse. En cuarta se afinaba, con un zumbido casi jubiloso de tomar velocidad. La quinta nunca la us, porque haba que ponerla al alcanzar los sesenta kilmetros por hora, y estaba seguro que aunque condujera por el asfalto, sera una hazaa alcanzar los cincuenta.
Calcul que ya me haba alejado como 180 kilmetros de Asuncin, y cuando estaba ponderando la nobleza del vehculo que haba arremetido contra arenales profundos, galopado sobre roca dura y agresiva, hundido hasta los ejes en el barro sin darse por vencido jams, salvo las veces que yo me detena a orinar o a agazaparme tras un yuyal, cuando me di cuenta que el humo del escape ya no era negro, sino azulado, y el motor ya no se mostraba tan vigoroso como al principio. Sin embargo, logr cruzar un arroyo bastante ancho, pero de piso arenoso y plano, y all el mnibus se declar derrotado. Tosi, mascull obscenidades de hierro y se detuvo con un gorgoteo, como dicen que hacen los degollados.
Haba pasado por parajes distintos, bellos algunos, pero tocados todos por la desolacin de los campos y los bosques cuando ningn camino ofrece perspectivas a la aventura de sembrar y cosechar. Ranchos aislados y minsculos; algunos chicos cazando palomas con sus honditas de goma elstica, carreteros de mirada baja y expresin hostil cuando tenan que ceder la huella al contrincante rugiente. Paisajes hermosos pero tristes, en los que se adivinaba el cauce de los arroyos por el mayor acento del verde de la vegetacin. Y gente ausente, salvo aquellos desdibujados hombres sentados en largos bancos a la sombra de una enramada frente al rancho que ostentaba su bandera blanca, que no era seal de paz ni de armisticio, sino de que haba expendio de bebidas. As, en plural, aunque las bebidas se reducan a poderosa caa clandestina.
Examin el motor impetrando que mis conocimientos mecnicos adquiridos en la tornera alcanzaran para hacer un diagnstico, y reparar el dao. Lo primero no fue difcil: la junta estaba quemada. Reponerla era ms difcil, comenzando por hacer una apuesta contra el destino, revisar el cajn de repuestos, y encontrar all una junta nueva. La encontr. Todo lo dems sera un tedioso trabajo de aflojar decenas de tuercas, extraer la tapa y reponer la junta quemada. Calcul que me llevara tres das.
Empece a sentirme optimista cuando comprob que en los alrededores haba gente. Cuatro ranchos de adobe que parecan apretujarse unos contra otros, como para defenderse de la vaca soledad del vasto, verde y silente contorno. Alrededor, dos o tres vacas lecheras de ubres arrugadas, gallinas que picoteaban libres, y pequeas parcelas sembradas al modo que los economistas llaman agricultura de subsistencia, y ms bien resultaba de supervivencia.
El primero que se aproxim a ofrecer ayuda fue don Nicasio, hombre avejentado que no pareca hecho de carne, sino de fibras tirantes, sin un solo diente en la boca, que poca falta le hacan, porque nunca sonrea. Le agradec su buena disposicin, y l se limit a asentir y marcharse. Ms tarde, cuando empezaba a obscurecer, se present una joven mujer de lindos cabellos rubios que si hubieran conocido de champes resplandeceran, pero de hecho estaban resecos y enmaraados. Tena todos los dientes hasta donde poda verse, un beb en brazos y los pechos erguidos, llenos de leche, observ con cierto escozor libidinoso. Dijo llamarse Nila, Nila-, supe despus. Dijo ser hija de don Nicasio, y que su padre deca que si pasaba la noche en el mnibus los mosquitos me comeran vivo, que uno de los ranchos estaba deshabitado y poda acomodarme all. Acept la oferta y fui a instalarme en la tapera.
Obscureca y no tena idea de cmo hacer para dormir, cuando se present a Casiana, otra vecina, portando una gruesa manta, una vela de sebo y a sus dos hijos. Carmen, rolliza y mofletuda, y Liborio, que deba ser de otro padre, porque era tan alto y esbelto como redonda y torpe era su hermana. Agradec su amabilidad a a Casiana, que sonri y murmur un Jess pero si es zoncera y se march despus de tender la manta en el piso de tierra apisonada y de encender la vela. Los dos jvenes se quedaron, curiosos, reflexion entonces; interesados, lo s ahora. 
Liborio no era un gran conversador, pero demostraba mucho inters en conocer la naturaleza de la avera del motor, el tiempo que me llevara componerla y si necesitaba ayuda, todo un rosario de preguntas que respond cortsmente, que s, que era verdad que mi destino era Puerto Empalme. Su hermana, apenas pasada la adolescencia, escuchaba absorta, como si de mis respuestas dependieran sus vidas. Tiempo despus, supe que en cierto modo, era as.
Se fueron, me acost sin apagar la vela y usando mi campera como almohada, sintiendo en carne propia que en cuanto al acoso de los mosquitos, el mnibus sin cristales no tena gran diferencia con aquella tapera sin puertas ni cristales ni nada parecido en las ventanas.
El cansancio me adormeca cuando la silueta de Nila- se dibuj en la puerta, a la luz de la vela. Traa un plato de comida, algo as como un guiso donde flotaban algunos fideos, porotos blancos y unos trocitos de carne. La cuchara apenas tena la mitad del mango. Slo entonces me di cuenta del hambre que tena. Com con apetito, y dej que Nila- me mirara comer, recostada en el marco de la puerta.
Terminado el yantar, dud si aquella comida trada por la silenciosa muchacha, la deba pagar o agradecer. Buscaba la billetera en los bolsillos de mi campera, cuando ella, recogiendo el plato, me deca:
-No.
Se marchaba y sala por la puerta cuando se volvi y pregunt:
-Cierto que se va hasta Puerto Empalme?
Era la segunda vez que me interrogaban sobre mi destino.
-Cierto -le dije.
Me pareci que quera decir algo, pero que lo pens mejor y se fue sin agregar nada.
Apenas amaneca, cuando apareci de nuevo Nila-, con un jarro de espeso mate cocido apenas endulzado, y dos trozos de chip de gomoso almidn. Los dej sobre la mesa y se march. Tom aquel desayuno y me dirig a encarar mi trabajo de mecnico. El sol prometa ser inmisericorde, y no me result extrao que Nila- apareciera de nuevo trayendo para mi uso un sombrero pir ancho y algo usado ya. Supuse que haba adoptado el papel de hada madrina.
Cruzamos el patio del rancho vecino, y all estaba lo que fue alguna vez un hombre, un hombre sin edad, o con la edad del dolor humano, tendido en un catre, despierto, con los ojos abiertos, pero tan inmvil que ni mova las pestaas cuando las moscas se posaban sobre sus ojos lagaosos. 
Evidentemente sufra de parlisis, pero de un tipo que inmoviliza tambin el alma. A qu profundidad de la resignacin haba llegado para entregarse hasta a las moscas?
-Es don Quit -me inform Nila- con su lenguaje corto y seco-. Vena borracho. Se cay de la carreta y la carreta le rompi su espinazo.
Ese mismo da me enter que aquella seora que desplumaba una gallina era a Jacinta, esposa del invlido, y que tenan dos hijos, Acela y Amancio, que estaban en el baado cortando adobe.
Cuando llegu al mnibus me llev una sorpresa. Don Nicasio me estaba esperando, sentado en el suelo. Sobre un trozo de alfombra que haba encontrado en el interior del vehculo, el nervudo viejo haba dispuesto mis herramientas con un orden impecable. Una enfermera no lo hubiera hecho mejor con los instrumentos de un mdico cirujano.
-Gracias -le dije.
-Es para que se vaya enseguida -me respondi con acritud.
Apretaba los labios sin dientes, como si lo importante para l fuera que arreglara el motor y saliera a la disparada. Manas de viejo, me dije, y empec la tarea.
No es nada fcil aflojar tuercas que llevan veinte aos sosteniendo hierro contra hierro, y el trabajo se complicaba por las inadecuadas herramientas que dispona. Pero me estaba dando maa. Y adems tena ayuda. El ms diligente, hbil y forzudo era, Liborio, que se meti en mi trabajo como si se hubiera jurado ser til o morir. Confieso que dos de cada tres tuercas que se aflojaban no cedieron a mis fuerzas, sino a las de Liborio, que tena unas manos enormes y unos brazos flacos pero duros como acero. Su gorda hermanita tampoco se dejaba estar, cebando incansablemente el terer con que combatamos el calor y que se supona prevena contra la insolacin y la deshidratacin. En todo caso, calmaba la sed.
Trabajamos toda la maana y no avanzamos mucho. La maldicin de los motores es que para desmontar una pieza hay que desmontar tres que dificultan la tarea. Pero Liborio ayudaba, y hasta se haba conseguido una vara tubular de hierro, que haba sido un trozo de arado, que serva de palanca a nuestras casi intiles llaves inglesas. Don Nicasio no cesaba de mirar con el aire impaciente de a ver si cundo terminan, y Nila-, sentada bajo un naranjo agrio, sacaba el pecho blanco y rotundo y amamantaba a su beb.
Al medioda comprob que la gallina sacrificada por la esposa del paraltico era en mi homenaje, o para darme fuerzas, segn se mire. Mi almuerzo, que tom en la mesa de la buena seora puesta a la sombra de un mango, y cuidando de dar la espalda al pobre enfermo, consisti en un nutritivo puchero de gallina, con dos trozos de mandioca suaves como manteca. No coman conmigo. Me miraban comer, una situacin que siempre resulta algo molesta, pero razonaba entonces que no era momento ni lugar para remilgos de ninguna naturaleza.
a Jacinta me miraba inquisitivo desde el otro extremo de la mesita. 
Esperaba or de un momento a otro la consabida pregunta sobre mi destino en Puerto Empalme. Pero ya lo saba, porque la pregunta que segua era: 
-Va a tardar demasiado para arreglar su camin? 
-Dos o tres das -dije con optimismo. Injustificado, porque de hecho tard 12 das.
Al retomar mi trabajo por la tarde, tuve dos nuevos ayudantes, hijos de a Jacinta, Acela, que de mala manera arrebat a Carmen su tarea de servir el terer. Tena cmo imponerse, pues era alta, robusta, con enrgicos pmulos indios y porte casi varonil y espigado. Si no fuera por los pechos y cierta gracia al caminar, en Asuncin podra pasar por un travesti. Toda una ruda trabajadora de los speros baados, amasadora del barro rebelde y cortadora de adobes. Me dio lstima la gordezuela Carmen, desplazada de su apasionada tarea poco menos que por la fuerza bruta. Y no sent extraeza cuando Nila-, al ver el papel que asuma con insolencia Acela, le diera al beb que lloraba unas palmadas en las nalgas en vez de darle el pecho, y se marchara con aires de enojo.
Comenc entonces a intuir que en aquel paraje abandonado de Dios, estaban aflorando inesperadas tensiones. Aquellos viejos queran que me fuera lo ms pronto posible. Los jvenes se desvivan por ayudar. Los motivos se abrieron paso lentamente en mis razonamientos. El resorte que solt las tensiones era yo, o mi vehculo. Pero la razn ltima estaba en Puerto Empalme, a cientos de kilmetros de all, donde terminaba esa carretera que me estaba matando, y se abra la ancha perspectiva de la va fluvial, sin lmites al norte y al sur. Aguas arriba, la oportunidad, y aguas abajo, ms all de donde el ro se precipita al Paran y el Paran desemboca en el Ro de la Plata, la aventura.
Yo era la tentacin para los jvenes y la maldicin para los viejos que quedaran librados a su suerte. Sin los jvenes, la tierra morira de hasto, y los viejos de necesidad.
Quin diablos, con perdn de Dios, me haba arrastrado a esa situacin?
El breve casero estaba all desde el principio del tiempo. Forzando el concepto, era una comunidad, un trozo de humanidad que estaba destinado a vivir o sobrevivir, siguiendo el indoblegable curso del destino. 
Debemos intervenir para alterar el curso de las cosas? Cmo es que el bien para unos es el mal para otros? Cmo es que la libertad se funda en la desesperacin de los abandonados?
Todo lo que presuma se confirm esa noche, despus de consumir la cena que con talante rencoroso me trajera Nila-. Me aprestaba a acostarme, cuando entraron sin mayor ceremonia Liborio y Amancio. Como que yo estaba sentado sobre mi frazada en el piso, se sentaron en cuclillas, frente a m, con sus miradas escondidas en la sombra de las alas de sus sombreros.
-Queremos ir a Puerto Empalme -dijo Liborio.
-Podemos pagar -agreg Amancio.
Metan las manos en los bolsillos, sacaban rollos de astrosos billetes, y lo ponan en el piso, frente a m.
El fajo de billetes de Liborio era mucho mayor que el de Amancio. 
Adivin ms que vi la mirada asesina de Amancio, y no me sent inclinado a apostar por la integridad de Liborio. Decid aplastar lo que podra ser una larva de violencia.
-Guarden su dinero -les dije- si los llevo no ser por dinero.
Vacilantes, embolsaron su dinero.
-Pero nos vas a llevar? -inquiri Liborio.
-No s -respond sinceramente.
-Por qu no ha de hacernos ese favor? -insista Amancio.
Favor? A quin? Contra quin? Con qu derecho?
-Quiero dormir -dije, me acost, les di la espalda y apagu la vela. 
O el rumor de sus ropas cuando se iban, elsticos como gatos.
Pero no dorm, porque cuando empezaba a hacerlo, sent compaa sobre la frazada. Era Acela, cuyas manos me hurgaban la entrepierna. Mi vida sexual, hasta entonces, haba sido algo promiscua para un joven de 21 aos. Pero a travs de ella haba aprendido que todo consista en poseer a una mujer. Esa noche aprend algo nuevo y atemorizante: que uno puede ser posedo por una mujer, que despus de dejarme exhausto hasta el desfallecimiento, peg un salto, se arrodill, desnuda en la frazada, y me susurr:
-Me vas a llevar a Puerto Empalme?
De modo que era eso -murmur- y volv la espalda. Pero la aventura de esa noche no termin ah. Al instante siguiente de marcharse aquella insaciable amazona, estall afuera el alboroto. Me asom curioso. Dos hembras luchaban como gatas y se escupan insultos increbles. Acela y Nila-.
Me acos la necesidad urgente de terminar con el maldito motor.
Parte de la maana siguiente la dediqu a curar, con el botiqun de primeros auxilios de mi madre, un terrible araazo que divida en dos las mejillas de Nila-. Slo pude desinfectar y vendar sabiendo con cierta frustracin que aquella cara requera unas suturas, o empezara a volverse vieja en torno a una cicatriz. Mientras funga de paramdico, Nila- me clavaba los ojos en la cara.
-Me vas a llevar a Puerto Empalme?
-No s. Y por favor, no se te ocurra hacerme compaa esta noche.
-Soy mejor y ms limpia que Acela. Y tengo leche.
Me produjo una revulsin profunda. Sexo con leche, de lo sublime a lo bestial. Sexo con lactancia tarda y viciosa. Se adue de m el asco. Por m mismo porque la idea me haba excitado. Pero la rechac, consciente de que toda esa oferta malsana responda a un poderoso anhelo de libertad. 
Dios perverso, qu problemas nos planteas.
-Gurdate tu leche para tu beb! -le respond de mal modo.
El beb.
-Quin es el padre?
Se encogi de hombros como diciendo que podra ser cualquiera.
Termin la inexperta curacin, unt la herida con una pomada de antibitico, puse gasas desmaadas y cinta adhesiva encima. Record que un pedicuro que me extrajo una ua encarnada me recomend que no mojara la herida, e hice la misma recomendacin a la muchacha. Despus fui a trabajar con el motor, con el ferroso don Nicasio sentado a la sombra, Liborio y Amancio esperando impacientes, y Acela, la de nombre de cierva esbelta y sexualidad de tigresa, con el terer listo, ante la mirada llorosa de Carmen, observando a prudente distancia.
Trabajamos duro hasta el medioda y sintiendo hambre me encamin al rancho de a Jacinta, dando por sentado que lo de la sopa de gallina se repetira. Pero no era as.
-No hay comida -me dijo de mala manera.
-Le voy a pagar, a Jacinta.
-Si le hago comida, capaz que le pongo veneno.
Me miraba con odio. Ya estaba enterada. Yo le iba a arrebatar a sus hijos. Al menos eso pensaba ella.
Salv la situacin Amancio, que escamote de su madre un poco de miel de caa y un trozo de queso maloliente, y me los trajo.
Durante las noches siguientes, las visitas de Acela se repitieron. A veces no senta ganas, otras senta asco, y adems experimentaba el bloqueo que se produce cuando se tiene conciencia de ser observado desde las sombras. Observado por Nila-. Quera rechazar a aquella hembra caudalosa, pero no lo haca, me entregaba a ella, quizs por el temor de llegar alguna vez a Puerto Empalme con la mitad de la cara en ruinas.
a Casiana, la madre de Liborio y de Carmen, tambin me negaba comida, lo que ya no fue problema, porque Acela se haba adueado de m, y entre sus obligaciones incluy la de alimentarme hasta el hartazgo con huevos fritos en grasa de cerdo, y grandes cantidades de mandioca. 
Era su ejercicio de un seoro sobre m, pero era un seoro del tipo que no se acepta, sino del que se huye.
Sucedieron hechos que parecan querer conducir a desbordes de la violencia, como cuando don Nicasio moli a palos a Nila-, que protega a su beb contra su vientre, se inclinaba y ofreca la espalda sumisa a los garrotazos del padre. O como cuando pude ver a la obesa Carmen, arrodillada sobre sal en el piso de su rancho, y a Liborio arrebatando con fuerza de las manos de su madre una fusta que ella blanda contra el hijo, y perda la fusta y caa al suelo, desparramando sus viejas trenzas desechas.
a Jacinta exudaba rencor, sabiendo que su hija dorma conmigo, y que Amancio lo haca en el mnibus, con un gesto terminante de comunicacin rota con la madre.
El clima se haba vuelto espeso y el aire me pareca irrespirable. 
Pecador y fornicador por aadidura, rogu a Dios que me ayudara a terminar con el estpido motor. Y se sucedieron das de tenso trabajo, hasta llegar al da aquel en que don Nicasio no estaba haciendo su guardia permanente a la sombra del rbol. Pregunt por l y me dijeron que haba salido a cazar con su rifle. Un miedo fro trep por mi espinazo cuando me enter de que el sombro viejo tena un rifle, y el temor creci cuando a lo lejos sonaron disparos y fue como un zumbido que pas sobre mi cabeza. Ca sentado instintivamente.
-Es una avispa -me dijo Liborio. Amancio asenta. Era una avispa. 
Pero los tres sabamos que era una bala. Un mal tiro o un buen tiro de advertencia. Trabajamos desde entonces, hasta de noche.
Finalmente, asent la tapa sobre la nueva junta y empezamos a apretar tuercas con afiebrado frenes. Dos das despus el trabajo estaba terminado. Era ya de noche, y recin entonces se me ocurri averiguar si la batera haba conservado su carga. Conect los polos con un alambre, y saltaron unas chispas debilitadas. Slo Dios sabra si en la batera haba fuerza para girar el motor de arranque. No hice la prueba esa noche, ni fui a la tapera. Qued a dormir en el mnibus, rogando que no apareciera Acela.
Sentado en uno de los asientos rotosos, cavilaba. El problema de los jvenes que queran marcharse y de los viejos que no aceptaban la condena a la soledad, ya me haba sobrepasado.
Arrancara el motor con la dbil batera?
Llevara a mis desagradables pasajeros?
Entonces, las cosas se iluminaron, y cerrando los ojos y uniendo las manos cargu sobre las espaldas de Dios toda la responsabilidad.
S el motor arrancaba con la batera saldra disparado a la mayor velocidad posible. Si no arrancaba, necesitara de todo el que tuviera voluntad y fuerzas para empujar el mnibus. Todos, mujeres, Carmencita, y aquellos grises habitantes de los baados con los poros llenos de arcilla. 
Arrancara as el motor, y que subieran todos los que queran marcharse de aquella lenta asfixia. Me liberaran para liberarse.
Amaneca.
Me sent al volante, introduje la llave de contacto y la gir. En el tablero se encendieron lucecitas verdes, rojas y amarillas.
Aspir todo el aire que necesitaba mis pulmones, y tir del botn de arranque... 



La quiebra del silencio
Empezaba a caer la noche sobre el pueblo. De la iglesia sala el rumor del mujero rezando el rosario. El centinela de la Comisara dormitaba apoyado en su fusil y con la cara infantil casi escondida dentro de su casco de plstico. Las vacas dormitaban en la plaza, echadas sobre sus enormes panzas, y rumiando su vieja pereza.
En el taller y herrera de don Facundo, una linterna daba luz y otra luz ms intensa, azul, se desprenda del soplete que soldaba hierros bajo un camin elevado sobre tacos de madera. En la Seccional, dos hombres jugaban a las damas, y el mayor movimiento estaba en el Bar Billar El Arribeo, cuyo orgullo era la mesa de billar recientemente adquirida, a esa hora bastante nutrida de jugadores y mirones. El silencio crepuscular hubiera sido completo si no fuera por el golpe de los maderos sobre las bolas del billar, y la lejana msica de los altavoces del Club 15 de Junio, anunciando el baile y eleccin de reina del prximo sbado.
Entonces lleg el visitante.
Manejaba un automvil azul lustroso, pero cubierto de polvo. Lo vieron detenerse en la posada, entrar, volver a salir a recoger unos bultos de la baulera del coche y regresar adentro. Poco despus reapareci, se sent al volante e introdujo en el patio el vehculo que estacion debajo de un rbol.
Mucho ms tarde, el oficial de patrulla lleg a la pensin y pregunt a don Segundo si haba registrado los documentos del viajero. Azorado, el posadero confes que se le haba olvidado. Prometi que maana a primera hora cumplira con su deber administrativo.
-Es gringo? -pregunt el oficial.
-Parece -dud el posadero-. Habla bien el castellano. 
No agreg que aquel hombre, de pelo demasiado largo para su gusto, y con barba que bien mirada era bastante sospechosa, todo de extrao color cobre, hablaba bien el castellano, pero con voz lenta, pausada, pensada, como si pensara en otro idioma y hablara el nuestro.
-Trajo equipaje?
-Una valija y un bulto -contest el posadero.
-Bulto? Dijiste bulto, don Segundo?
-S. Un bulto -lo pens mejor- o una funda. O un estuche grande. -Y extenda los brazos y abra las palmas para indicar el tamao del bulto, o la funda, o el estuche.
El oficial sali al patio, atravesando el comedor a esa hora desierto de clientes. Observ el automvil debajo del rbol. Sonri. En ese rbol dorman las gallinas, y el auto se estaba cubriendo de salpicones de mierda. Regres a la posada. Mirando pensativo al posadero.
-As que un bulto... -habl como para s.
-Bastante alargado -inform el posadero, que vea asomar una sospecha en los ojos del oficial e intua que mejor era colaborar.
-Dnde est?
-En la pieza de arriba, con balcn.
El oficial subi las escaleras, tras hacer seas a los dos soldados de la patrulla que lo esperaran abajo. No le dara motivo al posadero, ni a nadie, para pensar que era un flojo. Golpe la puerta, y esta se abri enseguida. La gran flauta -pens el oficial- parece Tarzn. El hombre con su cabello largo y su barba que pareca haber retenido la luz de la luna, estaba desnudo, salvo un calzoncillo anatmico. Alto y musculoso. Sonri con mansedumbre.
-Seor?
-Quiero pasar.
El hombre se hizo a un lado, pasivo, sonriente, tenso como quien quiere paz con el mundo y consigo mismo. El comisario penetr en la habitacin, donde haba una lmpara encendida.
-Sus documentos?
El visitante asinti. Hurg en un bolsn de mano que deca Eastern 
y sac una libreta verdosa y se la pas al oficial. El oficial la examin a la luz de la lmpara. Carajo, en ingls. Empez a hojear y vio sellos de distintos tonos de azul, de verde, y hasta de rojo que decan Tel Aviv, Hong Kong, Pars, Amsterdam, Tokio.
-Soy canadiense, seor -le ayud el extrao.
-Ya vi eso -respondi el oficial, que realmente no haba visto ms que aquellos sellos-. Canad. Mucho fro por all -opin, irritado de ser considerado un ignorante, y l conoca Canad, porque haba visto una pelcula con trineos tirados por perros y con la gente que se hunda en la nieve hasta las rodillas.
Le devolvi el documento.
-Maana se me anota abajo.
Dio un vistazo circular a la pequea pieza. All estaba, negro, alargado, lustroso, el bulto, o funda...
Se tens. Sin disimulo, solt el broche de la pistolera.
-Sintese en la cama!
-Cmo dice, seor? -no cesaba de sonrer.
-Que se siente en la cama!
-S seor -obediente, el atleta se sent en la cama.
Cuidando de no dar la espalda a aquel hombre que mentalmente ya haba bautizado Tarzn, el oficial se acerc a la mesa donde reposaba el bulto, o funda... o lo que fuera. Tena un largusimo cierre de cremallera, de uno a otro extremo. Comprob que la empuadura de su revlver estaba a mano, y de un tirn, corri el cierre de la cremallera. Adentro era de un suave terciopelo rojo, y sobre el rojo, brillaba deslumbrante un instrumento musical.
-Es una trompeta -se oy la voz modulada con cuidado que vena de la cama.
-Conozco lo que es una trompeta -respondi irritado el oficial-. Es msico? 
-Digamos que s -el hombre sonrea.
El oficial extrajo el instrumento. Olvid un poco su empaque de autoridad. Aquel metal dorado era clido, amistoso, perfecto y bello, pulido y suave, de carne de mujer aparecida en sueos, con cuatro botones de plata para una tnica de sonidos.
-Es lindo...-murmur, y regres la trompeta al estuche, y decidi marcharse.
Ya en la puerta se volvi. -Hasta cundo se queda?
-No s.
Poco satisfecho con esta respuesta, descendi la escalera. Don Segundo lo miraba con miedo y curiosidad.
-Era una trompeta -le inform el oficial.
-Es norteamericano? -pregunt el posadero.
-De por ah cerca.
Y se march a continuar su ronda nocturna, seguido por los dos soldados, enojado por el ruido que haca uno de ellos cuando masticaba la galleta que llevaba en los bolsillos, que le impeda pensar en aquella cosa de carne de oro, dormida sobre terciopelo rojo, como debe dormir la Diosa de la Msica -dud- si la Msica tiene Diosa.
-S seor, un bife grande con cuatro huevos fritos! No seor tocino no hay.
-No. Jugo de naranja no pero le puedo hacer jugo de pomelo, de all del patio...
S, seor. Su auto est lleno de caca de gallina, seor.
El hombre sonrea despreocupado. Y coma. Y bueno, que se agarre un clico cerrado, si quiere, y que su auto se llene de porquera esta noche. 
Y el posadero volva a lo suyo.
El hombre termin su desayuno y sali a caminar por el pueblo. En el Bar Billar alguien dijo que el gringo ese parece que tiene pila, le mira a uno y sonre. Una vendedora en el mercado, de vieja a vieja, le murmuraba a otra que O yoguaitpa Nuestro Seor Jesucristo pe. Y el rumor creci en el mercado, y se aposent en las cocinas, par las mquinas de coser, circul entre las viejas que bajaban la voz en susurros reverenciales. El hombre se parece mucho a Nuestro Seor Jesucristo.
El golpeteo sobre los morteros de madera ces y la molienda de maz tuvo una pausa. En alguna olla de hierro el chicharrn se iba quemando, y la jalea de guayaba se pasaba de punto en los hervidores de cobre. Y un santo qued sin su vela y un difunto sin su aniversario. El horno de barro sobre estacas perda su calor acumulado. Corredores quedaron sin barrer, y las aguas del cntaro sin renovarse, y los huevos no fueron recogidos de los yuyales. Doa Luz, orgullosa de su blancura fue a visitar a su comadre y se olvid de su sombrilla eterna. Don Servando se fue furioso al Establecimiento despus del imperdonable mate fro que le sirvi a Cayetana, con aire ausente y distrado.
Oyoguaitpa Jesucristo pe...
Rean las jovencitas irreverentes y decan que Nuestro Seor no maneja autos y que el hombre era churro como en el cine, deseando ms que nunca ser elegidas reinas del 15 de junio.
El oficial, sentado en su Comisara y con su deber de saberlo todo, no cesaba de pensar en el hombre aquel. Y en su trompeta. Con su instinto afinado de autoridad, pareca asomarse a una conclusin inquietante. Con la llegada de este hombre, algo estaba cambiando. O algo se estaba quebrando. Lo malo era que no saba qu. Decidi no decirle nada al Comisario, porque al final de cuentas, no tena nada que decirle. Pero la inquietud volva. Haba ms gente por las calles. Ms ruido y ms ventanas abiertas en las casas. Y se hablaba ms, como si el hombre hubiera hecho un agujero en viejos diques de silencio. Mir por la ventana, y hasta el cura haba perdido su costumbre de estar ausente, porque se le vea pasear por la plaza, meditando, con las manos cruzadas sobre sus flacas nalgas. 
Paseando, sin prisa, dndose tiempo a pensar ms hondo. 
Lo inesperado sucedi al caer la noche. El hombre sali de la posada con la trompeta en la mano. Cruz la calle y penetr en la plaza, donde antes haba pasto, que las vacas se haban comido, y un parque infantil 
con tobogn y hamacas que colgaban destrozados, pero sobreviva un banco despintado, sobre el pedregullo suelto de lo que debi ser la Avenida de la Iglesia.
El hombre se sent en el banco, se llev la trompeta a los labios, y emiti un sonido spero. Un chiquillo, valeroso, descalzo, y con mundos de inocencia en los grandes ojos abiertos se haba acercado al msico. l le sonri, se levant, hizo una reverencia y murmur:
-Bienvenido al concierto.
Volvi a sentarse, y deca al chiquillo:
-El Rquiem, de Mozart.
Y despus, agreg:
-Es msica para los muertos.
Fue demasiado para el nio, que huy a llevar la noticia. El extrao tocaba para los muertos.
Entonces la msica empez, y el pueblo y las cosas y las personas quedaron detenidas en el tiempo. Un taco de billar qued a medio camino. 
En la Iglesia el rumor lleg apenas susurrado al Ruega por nosotros, pecadores... y se diluy. El cura perdi el hilo de las cuentas del rosario.
Todo qued pendiente del pursimo sonido del metal, el cielo y la tierra se volvieron msica, y la msica era un enorme lamento que era la suma de todos los lamentos por todos los muertos. Gentes se aproximaban, convergan en silenciosa, espectral procesin hacia aquella fuente de sonidos doloridos e impetuosos, y un crculo humano, respetuoso y silente, rodeaba al extrao, que tena las mejillas rojas y los tendones del cuello tensos, y los ojos cerrados para mirar mundos ms all del mundo y or silencios ms all del silencio de las estrellas del cielo.
Dentro de la iglesia, al rumor de los rezos reemplaz aquella vibracin que rajaba el alma con puales de cristal, para que las almas perdieran sus viejas cscaras y se asomaran al borde de un abismo de luz de donde surga una tentacin de maravillas, y del conocimiento de la verdad ltima de lo sobrenatural. Ni el mismo cura escap a la seduccin, contena la respiracin e inspiraba de a poco, como si quisiera respirar la msica que flotaba en el aire y se adueaba de todo.
Manto espeso de dulce tragedia, resignacin iluminada, peso funerario y triunfal al mismo tiempo, genio que no vence a la muerte pero la viste de majestad, el Rquiem de Mozart se abati sobre aquella inocencia cruel y raigal del pueblecito perdido, y la mujer y el hombre, la anciana y la viuda, sintieron que sus muertos estaban all, en medio de las sombras, respirndoles en la nuca un aire clido de tristeza y salvacin.
Termin la msica. Y un silencio ms ensordecedor que todas las ovaciones de todos los teatros, premi al msico, que sonri, hizo una reverencia y se alej con su paso largo con rumbo a la posada.
La multitud no se dispers, rodeando el banco vaco. Una anciana se santigu. El Presidente de Seccional quiso decir I por, pero se le atragant la palabra. Y el oficial se alejaba deprisa hacia la comisara, bajando la visera de la gorra sobre los ojos, no sea que vieran que le corran lgrimas, y ms curioso que nunca de saber qu diablos estaba pasando en el pueblo.
El da siguiente, en la posada, el extrao coma en una mesita que pidi se colocara en el rincn ms alejado. En otra mesa almorzaban el Presidente de la Seccional, el Juez de Paz y el Comisario, y en otra ms alejada, un robusto chofer de camin ganadero con dos ayudantes, bulliciosos al principio, pero algo inquietos despus al observar que el Comisario, el Juez y el Presidente hablaban en susurros, consideraron prudente hablar tambin ellos en susurros. En una cuarta mesa, el oficial que tena delante slo una botella de cerveza, se preguntaba por qu aquellos tres hombres llenos de poder hablaban con voces tan quedas. Y se hubiera redo si no fuera inconveniente cuando lleg a la conclusin de que la presencia del gringo los sobrecoga, como a l.
Poco despus lleg el cura, se dirigi directamente a la mesa del extrao que estaba devorando su postre, una pia entera, y enjugndose la boca y la barba hmeda con la servilleta se puso respetuosamente de pie.
-Por favor, sintese -pidi el cura.
-Usted primero, Padre.
El sacerdote se sent frente al hombre, uni las manos sobre el mantel.
-Lo de anoche fue hermoso.
-Gracias, Padre.
-Piensa seguir tocando?
-No le entiendo, Padre. Perdn?
El cura sonri azorado.
-Perdneme a m. Preguntar a un msico si seguir tocando! Es tonto. 
La pregunta es si piensa seguir tocando en el mismo sitio y a la misma hora.
-S, hora.
El extrao ilumin su perpetua sonrisa.
-Perdone que me ra, Padre. Un mdico, all lejos me dijo que me olvide de la hora o me volver loco. Por eso estoy aqu, el lugar ms aproximado al lugar donde no existe el tiempo -ri-. El mdico me deca que tengo el cerebro intoxicado de tiempo, y de prisas, y de relojes, y camarines y grandes telones de terciopelo.
El oficial, que no perda palabra, se platicaba a s mismo que el diagnstico y la cura haban llegado tarde. El pueblo, su pueblo, un lugar donde no existe el tiempo. Locura.
-Entonces le dir de otra manera, seor -deca el cura- comprendo que Ud. toca, como...
-No encontraba la idea.
-Como un acto de liberacin, Padre. Toco cuando siento ansias de tocar. Entonces, no me pregunte dnde y a qu hora.
-Entiendo, entiendo -deca el cura, que slo entenda a medias- Pero me aceptara un ruego?
-S, Padre. Qu?
-Si siente ganas de tocar a la hora en que mis feligreses rezan, por favor, aguante un poquito, hasta que terminen.
-Lo har, Padre -contest con humildad el msico.
El sacerdote se levant, le estrech la mano.
-Gracias. Es Ud. un buen hombre. Y un gran artista. -Solt la mano del msico, hizo un ademn para marcharse, pareci vacilar, se volvi de nuevo al hombre y pregunt-. Es Ud. catlico?
-Creo en Dios, Padre.
-Qu Dios?
-No puedo describirlo, Padre. A veces veo su rostro reflejado en mi trompeta.
No es nada chistoso, se deca malhumorado el cura. Se haba burlado de l? La cara de Dios en la trompeta! Regres a la Iglesia.
Loco. Definitivamente loco, coincidi con l, sin saberlo, el oficial.
La tarde del mismo da, las rezadoras parecan distradas, con el odo atento a los sonidos de afuera, y al cura no le sent nada bien semejante conducta. Entretanto, en la plaza, el crculo se iba macizando en torno al banco vaco, pero el msico no apareci ese anochecer, ni en el del siguiente, ni en el del siguiente.
Un sentimiento de vaco entristeci el corazn del pueblo, y al quinto da, ya no haba gente esperando frente al banco de la plaza.
A los siete das, la rutina haba vuelto, y ms o menos los pocos que pudieron entender las explicaciones del oficial, tambin tuvieron una idea de la conducta del msico.
-Es un gran artista, pero tiene stress -explica a el oficial, y callaba, esperando que esa palabra brbara, stress, penetrara en las mentes de sus oyentes. l conoca su significado, pues se lo haba dicho el mismsimo cura-. Es una enfermedad de la cabeza -continuaba- de repente se piensa y de repente no. De repente se hace y de repente po se quiere hacer. El cerebro funciona medio caprichoso. Al hombre le da un ataque cuando ve un reloj -esto ltimo lo haba inventado por su cuenta, y despus finalizaba con una sentencia inapelable-. Desde luego, todos los artistas son medio locos.
En los das siguientes, todo el mundo hablaba de stress. La enfermera de Puesto de Salud aseguraba que era consecuencia de tomar demasiado pastillas. En plena sesin de la Seccional, el Consejero Honorario, de ochenta aos, y que haba perdido un ojo en 1947, deca que es como una lepra del pensamiento. Su esposa, a Emerenciana, oa las explicaciones y deca que el stress era como cuando el pombero toca a los perros, que amanecen enloquecidos, y aseguraba que al gringo seguro que le toc el Demonio.
Llam tambin la atencin que desde la visita del sacerdote, el hombre se haba encerrado en la pieza, donde el posadero le llevaba la comida. Y las almas supersticiosas pensaban que su demonio haba quedado con miedo.
Todo empez a renovarse cuando cerca de la medianoche, irrumpi el oficial en el Bar Billar, anunciando que el extrao estaba sentado en el banco de la plaza. Unos acudieron en tropel, otros fueron a despertar a sus mujeres. El cura se enoj cuando el sacristn le arranc de su placentero sueo, pero se levant y sin sotana, sali a la plaza. Cuando lleg, la concurrencia ya era numerosa, esperando, en silencio, mientras el msico, con la mirada perdida, pasaba una franela sobre el lustroso metal de la trompeta. Y todos lo notaron. La barba y el cabello mucho ms crecidos, las mejillas antes lozanas, de un desvado gris-rosado y los ojos hundidos, como si tuviera fiebre.
Pareci recobrar algo de su apostura entre inocente e irnica cuando se puso de pie, hizo una reverencia y murmur:
-Bienvenidos al concierto -sonrea.
No es su sonrisa de siempre -observ el oficial-. No sonre, muerde la sonrisa.
-Louisiana -deca el msico-, tierra de algodones y de esclavos negros que soaban con su perdida Patria africana. Queran lanzar a la cara de Dios su tristeza infinita. Y encendan fogatas en la noche y cantaban con lamentos de leones ciegos.
Hombres y mujeres asentan respetuosos. El sacerdote sinti un escalofro. Lamento de leones ciegos. La totalidad de la tristeza.
-Pero Dios, o sus dioses de troncos labrados no alcanzaban a escucharlos -continuaba el msico-. Y entonces un negro encontr una trompeta, bella como esta, sopl, y all estaba el sonido para los odos del cielo, o de todos los cielos que inventa el hombre para no perder la esperanza.
El oficial se pregunt si no era llanto lo que brillaba en los ojos del extrao.
-Damas y caballeros... -no tom asiento. Toc de pie, soplando con una energa inconcebible y girando, retorciendo el cuerpo esbelto, apuntando el instrumento al norte, al sur, al poniente y al occidente, al paraso y al infierno, con esa poderosa protesta de almas mltiples y encadenadas, precipitando rebelin, ira, alegra que llama a una esperanza lejana. Y entonces cada hombre, cada mujer, anciana, viuda, nia, soldado y civil, sintieron suyos esa msica, que hablaba un idioma que por fin haba encontrado una traduccin en cada soledad, en cada asfixia, en cada presentimiento de otro espacio donde el aire que se respira no es pecado sino lmpido y puro.
El hombre termin de tocar. Mir demudado cada rostro de la concurrencia, se sent en el banco, y se ech a llorar como un nio, y la gente asista al llanto con la misma reverencia con que haba escuchado la msica. 
-Pobre hombre, merece consuelo -se dijo el oficial.
Pero el cura se haba adelantado, pues ya estaba sentado al lado del msico, le pasaba un brazo protector sobre los hombros y le murmuraba que Dios tiene un consuelo para cada dolor y que debemos orar juntos y...
Pero el msico no pareci or, se levant y se dirigi a la pensin, con la trompeta brillando a la luz de la luna.
Desde entonces, el msico no par de tocar.
Siempre a medianoche, sin perder nunca su cortesa algo cnica, para el gusto del oficial, y con esa cara que se muere cada da, segn escriba el sacerdote en su cuaderno de notas, que alguna vez seran sus memorias.
Con un trozo de Carmen, de Bizet, incendi las almas varoniles y el oficial se vio as mismo a caballo y con armadura en un desfile triunfal, llevando en pos una ristra de cautivos encadenados.
Los pulmones se ensanchaban hasta una dimensin celeste y triunfal con Aida, de Verdi. Otra noche, los hombres entrevieron entre brumas azules como vapores de una nube cada, la silueta y el rostro de una mujer, suma de todas las mujeres y sntesis de todos los sueos, que se llamaba Leonora, cuya belleza inalcanzable haba pintado con msica un tal Beethoven, sordo, segn el msico, que haba dicho tambin que hay que ser sordo a todos los sonidos para alcanzar el lmite del verdadero sonido (apuntes del sacerdote) que nadie entendi, pero todos presintieron que era una verdad absoluta.
-Me quebranta el hombre -deca el posadero-. Hace das que no come.
El oficial se preocup. Haba empezado a respetar?, querer?, venerar?, al hombre extrao que desparramaba genio en el pueblo. Consult con la enfermera del Puesto, que no supo darle una explicacin satisfactoria. Y entonces coincidieron en opinar que todos los artistas son medio locos. O medio divinos, se dijo para s el oficial, recordando alguna lectura olvidada.
A medianoche, a la hora exacta de medianoche, cosa rara en un enfermo de la cabeza que odiaba los relojes, colega el oficial, ya se encaminaba el msico al banco de la plaza. Aquella puntualidad inquiet al soldado, como que la medianoche es la hora de los rituales misteriosos. Bah, cosas de pelculas de miedo.
Su pblico estaba esperando, un poco inquieto porque en el cielo pesaban nubes de tormenta, y relmpagos destellaban en el horizonte. El msico prob su instrumento disparando algunas notas. Despus, tras la acostumbrada inclinacin ante el pblico, anunci.
-La Marcha Fnebre de Beethoven.
Lo de fnebre no sent bien a nadie. La noche era muy obscura, el cielo muy iracundo. La muerte pareca demasiado cerca. Pero el msico no se dio por enterado. Empez a tocar. Y a caminar. Tocaba caminando al mismo ritmo que su msica, cruz frente a la Iglesia, encar la calle, dobl en una esquina, despus en otra. Era obvio ya que el concierto era para el pueblo, cuyas casas ms importantes rodeaban la Iglesia. Tocaba aquella msica estremecida, triste y marcial, como para la muerte de los hroes. Y su auditorio, compacto, silente, marchaba tras l, siguiendo el mismo paso, aterrado por esa apertura de las puertas de un ms all temido. El cura no se sum al auditorio caminante. Es una procesin malsana bajo las iras del cielo -se deca-. Es una procesin de la muerte. 
Y se sobrecoga cuando estallaba el trueno como un enojo de Dios, pero oh fuerzas diablicas, la msica era ms que el trueno. Un trueno interior germinando en el silencio de los sepulcros. La lluvia cay torrencial y la procesin se dispers, pero el msico sigui tocando, y de la trompeta sala un gran gorgoteo de agona. El cura se hizo la seal de la cruz y corri a refugiarse en la Iglesia, y all estuvo hasta que la msica ces, ahogada por el torrente que caa de las alturas. 
Lo encontraron muerto en la maana mojada de lluvia e iluminada por un sol lavado. Fue simple, prosaico, siniestro. Haba puesto en marcha el motor de su automvil, conect una manguera al escape, cerr las ventanillas y aspir muerte hasta morir.
El oficial encontr dinero -dlares- en el equipaje, y se lo entreg al Juez de Paz. Hubiera querido quedarse con la trompeta, pero se la llev el Presidente de Seccional. Se le hizo un entierro decente, con gente, mucha gente, muy silenciosa, que an tena en los odos aquella marcha fnebre bajo el tronar del cielo. El automvil qued a cargo del Juez de Paz como arma homicida. Lo guard por un tiempo decoroso, y como nadie se present a reclamar, empez a usarlo como propio.
Entonces el pueblo empez a vivir un tiempo de ausencia. Nadie se sentaba en el banco porque all estaba ese vaco que nunca, nadie, poda llenar. La rutina volvi, pero el recuerdo persisti como un anhelo callado y compartido.
Un fro anochecer de agosto, fue el sobresalto. Henda el silencio el sonido de la trompeta, grosero, torpe, pero era la trompeta. El pueblo enmudeci. El Presidente de Seccional sonri.
-Es mi hijo, que est procurando aprender a tocar la trompeta -explic.
Y entonces se inaugur una larga espera. Tal vez con el tiempo, el muchacho llegara a tocar como el extrao. Era cuestin de esperar. Y entretanto, vivir.



El rally
El motor ruga, con la encadenada energa de ciento cuarenta caballos aprisionados en sus entraas trepidantes. El volante en mis manos se sacuda en el lmite de la sumisin y de la rebelda, y en esa armoniosa y bruta al mismo tiempo estructura de metal, de engranajes exactos y de energa obediente a mis pedales y mis palancas de cambio, gozaba de esa sensacin de seoro de sentirme alborozado Rey de la Creacin, y Rey tambin de lo creado por el hombre, especialmente, esa mquina, esa bestia competitiva y vigorosa con sus grandes faros como ojos fuera de las rbitas en el supremo esfuerzo de obedecer a mi voluntad y mi coraje.
En el cristal del parabrisas haba la opacidad que era la impronta del camino hostil, mezcla del barro pegadizo y del polvo sutil que se levantaba de la tierra como una neblina espesa de tierra convertida en gas por los pisotones de las cubiertas reforzadas, con alma de acero como deca el anuncio.
El paisaje del Chaco pasaba veloz y uniforme, como una pelcula corta que se pasa en crculos. Maleza espinosa, palmas chatas y aguerridas, duras y con aspecto de sobrevivientes. Ramaje retorcido, torturado, follaje gris-verdoso como si nunca la clorofila pudiera completar su ascensin hasta el verde glorioso. Una Naturaleza a medio hacer, o a medio morir, donde las cosas ms que vivir, parecan sobrevivir bajo un sol inmisericorde y con races desesperadas hurgando en la sequedad arcillosa del suelo.
Un horizonte azul y plano, slo me mostraba a ratos la mancha de la polvareda voltil que producan los otros coches que venan detrs o que iban adelante, pero todo eso era teln de fondo. Los protagonistas ramos yo y mi bestia. Mi corazn era un velocmetro, mi mente un cuentakilmetros, y el conteo de las revoluciones en el panel era la sntesis de mi audacia, alegre de aproximarse a los nmeros rojos de peligro, de alcanzar la frontera de la rotura, de la quemazn de vlvulas, del cilindro que se rasga o del pistn que sale disparado como una bala de can.
No me importaba que estuviera rezagado o en los primeros puestos. 
Viva solamente el milagro de tener en la suave presin de mis pies aquella fuerza domesticada y dcil, poder de devorar esteros, de hacer saltar en astillas la dureza seca del arbusto, de reptar por el barro con furiosas embestidas y una bamboleante borrachera de energa, que me haca sentir como Dios capaz de convertir el polvo en bruma que sala disparada haca el cielo como un petulante desafo a los otros, los dioses reales que me estaran mirando estupefactos.
De pronto, en medio de la espesura espinosa, aquella recta de piso seco, como de talco impuro, donde haban quedado estampadas las huellas de los que iban delante. Aquello excit mis sentidos. Qu desafo aquella recta como trazada para aproximarse a la victoria o caer en el abismo. No lo pens mucho. Estaba all para competir, para ser Dios entre Dioses, y no para vacilar. Apret con euforia como de drogado el pedal del acelerador, las agujas saltaron enloquecidas, el rugido del motor son a ira y a lamento, las ruedas motrices se aferraron al polvo movedizo, y la bestia se lanz en demencial impulso hacia adelante, mordiendo, tiempo y distancia, cantando mi divinidad descubierta, vibrando con una alegra viril que sublimaba el significado de mis testculos.
Ciento veinte, ciento treinta, ciento cuarenta, ciento cincuenta, la aguja del velocmetro trepaba triunfal y la del cuenta-revoluciones descenda hacia el rojo de las siete mil. Una aguja embriagndome, otra pidiendo tregua. Pero la recta deslumbrante a la luz del sol no era un camino, era una tentacin csmica, un deseo ms que sexual de poseer lo inalcanzable, de violar lo imposible. Ciento sesenta, ciento setenta. Y abruptamente, el pequeo matiz desafinado en aquella bella sinfona de poder y de gloria, un gemido de hierro, una tos metlica como de caballos asfixiados, un gran suspiro de una tropilla vencida convertido en humo, espeso que vomitaba el motor, y el pedal que ya no responda, la velocidad declinante, el nmero rojo como dicindome te lo dije. La bestia vencida rengue, se arrastr, gimi, hizo unos ltimos esfuerzos de saltar adelante con desvado mpetu, y se detuvo al final. Para m, haba terminado la carrera. Adis divinidad diluida en esa grotesca soledad de vencido.
Descend del coche. La Naturaleza salvaje me miraba en silencio, indiferente a ese ensayo de un loco que se crey Dios, y tan poco Dios ya, que pensaba slo en conseguir ayuda. No haba visto vivienda alguna en los kilmetros recorridos. Quizs ms adelante encontrara compaa humana, y camin por aquel trazo recto que derrot a mi bestia.
El camino hizo un recodo, y all haba una pulcra cerca de madera, y un portn, y all lejos, en medio de esa soledad que era como una devastacin de la vida y de lo viviente, la casa. Una casa fuera de lugar, como de estampa de navidades nrdicas, con su techo agudo para escurrir la nieve, su chimenea que nunca lanzara humo, su jardincillo vigoroso y florido, intruso en ese campo de desolacin y muerte en vida. Y sobre todo, la pintura, blanca en los marcos de las ventanas, roja en el tejado, verde violento en los pilares de las galeras, florida en las cortinas de las ventanas. En el fantasmal silencio, se me abri paso el pensamiento de que aquella casa estaba fuera del tiempo y del lugar. Un absurdo violento en la monotona consagrada del paisaje siempre igual y siempre hostil, algo disparatado como un sueo. Recuerdo que me repet tres veces una frase tonta. Imposible de creer. Sin embargo estaba all, y tan absorto estaba yo, que no la vi a ella.
Digo ella, porque nunca conoc su nombre. Era ella, sntesis de todas las ellas que el hombre suea, busca, explora y convoca con esa desesperacin idlica que todos llevamos a lo largo de los aos. Pantaln  vaquero ceido, una camisa suelta, y unas botas extraamente masculinas, de cao corto. Sobre la cabeza, un sombrero de anchas alas, una de ellas graciosamente recogida, como los soldados australianos. Y rubia, trigalmente rubia, nrdica como su casa, la cara perfecta y los ojos verdes acentuadamente oblicuos, como si llevara en la sangre heredada de ancestros europeos la mancilla de un violador mongol que asolara all lejos y hace tiempo su pueblecito cantarn y alpino. La mir, me mir, pero esos ojos tan perfectos no tenan vida. Posaba su vista en m, pero slo pareca ver lejanas ms all de m, ms all del Chaco, ms all del mundo. Se apoyaba en el cerco de madera con una actitud que no deca nada, como si la aparicin de un corredor a pie, con su ridculo casco en la mano y su caliente traje antiflama fuera para ella cosa de rutina. Cuando quise hablarle, simplemente se volvi y fue hacia la casa. Flot hacia la casa. Truco burln de la reverberacin del sol o de mi imaginacin. Ella se deslizaba por el sendero, y desapareci dentro de la casa. Yo tena sed, mi cabeza arda con aquellos innumerables grados al sol que estallaban sobre el contorno derrotado. Ella? Visin? Delirio? No. 
Definitivamente no. Las hadas y las nyades no visten pantaln vaquero ni usan sombreros australianos. Adems, estos no son los verdes prados de Irlanda ni las obscuras selvas de Baviera. Es el Chaco, donde todo es real, empezando por el sufrimiento de la Naturaleza y la resignacin del hombre.
Escuch el ruido de un motor, y vi aparecer detrs de la casa un tractor conducido por un hombre inmenso y rubio, lleg al camino, salud, le relat mis desgracias y se ofreci a ayudar. Lo hizo remolcando mi bestia maltrecha durante 16 kilmetros, hasta una solitaria estacin de servicio. Me sent a su lado, con la mente, con mis fibras llenas de ella.
-Su hija...?
-Hija?
Dijo as: hija?, como si la idea de tener una hija fuera inslita, una quiebra en el orden cronomtrico de su vida.
-Su esposa?
-Muerta. Esta tierra mata.
Y se call. Hosco, no se senta obligado a dar informacin. Estaba dando ayuda, y en ese territorio de elementales angustias, eso bastaba. 
Para l, no para m, prisionero de un hecho que no saba era realidad, sueo o pesadilla.
-Pero esa chica...
-Ud. vio una chica?
Pregunt con el tono de quien dice que uno no puede ver una chica, o no debe ver una chica, o que la chica no existe. Insist con desesperacin.
-La vi!
Elev la vista al cielo, y murmur:
-Este sol tiene fuego del infierno. Lo saba?
Y ya no habl ms. Deposit mi chatarra, y se alej. Ms tarde lleg el furgn con el equipo de auxilio y el mecnico que mir el motor primero, y despus a m, con reproche. Me dijo que haba que traer un motor nuevo de Asuncin, y que me despidiera de la competencia. Convinimos en lo de traer el motor nuevo. Los del equipo de auxilio subieron a la camioneta. Yo no.
-Vamos?
-Me quedo.
Por qu dije me quedo? Hay decisiones que el hombre no toma, las toma su destino. Esas dos palabras: me quedo eran desde hace mucho tiempo, desde que un gen ciego empezaba a elaborar un hombre y su finalidad, el trazo, la encrucijada, la alternativa que me empujaba a un descubrimiento necesario, impostergable. Ella.
Deba esperar por lo menos cinco das el retorno del equipo de auxilio, y el silencioso encargado de aquella estacin de servicio consinti en darme cama, un catre, y comida.
Al da siguiente, pasaron como trombas los rezagados, y cuando el ltimo coche se perda y se converta en un surtidor de polvo, encontr en mi profundidad un sentimiento nuevo, el de la soledad. No tena idea de ella hasta aquel momento mgico en que la conoc en su insondable dimensin, como de abismo que est vivo pero parece morir minuto a minuto. Miraba a la bestia vencida y me preguntaba si al morir ella no haba muerto algo de m mismo, algo elaborado y artificioso como el coche mismo, esa mquina que me haba seducido y se muri de hartazgo despus de devorarme por dentro, dejndome hueco. Hueco no. Mejor vaco, pero un vaco lleno de promesas. Un vaco para llenarme de ella.
No recuerdo en qu momento lo decid, pero de pronto era de noche y yo estaba en camino, rumbo a aquella casa que no deba estar all, pisando con pies desnudos las elaboradas huellas de cubiertas estampadas en el polvo. Quien no conoce la noche en el Chaco, no conoce La Noche, no la pausa de la luz, sino la pausa de la realidad que reposa atenta, con sueo liviano de tigre, guardando la latencia de sus iras y de sus ferocidades en una musculatura tensa y vibrante an en el reposo. Avanzaba por el camino y me adentraba en la noche irrepetible que no era la noche de los pramos cenagosos ni de los desiertos castigados por el viento helado. Por la noche del Chaco, como de ancha soledad dormida a la vista indiferente de miradas de mundos muertos en el cielo. Soledad dormida? Me desdigo, porque era soledad en vela, en el lmite del sueo y la conciencia, con un latido de vida reducido a una pulsacin mnima, cruelmente deliberada, vida poderosa araando con uas vegetales y burlonas las fronteras de la muerte, de la muerte de las cosas y quizs de mi propia muerte.
Diez y seis kilmetros no es una medida de espacio sino una medida ms trascendente cuando la cita es con el misterio, y arrebujados en el misterio, el amor con un rostro desconocido, un deseo que pasa por el sexo y desde el sexo se proyecta a las estrellas; o simplemente quizs una compaa para una soledad que me pareca irredimible, salvo con ella.
Mucho antes de llegar a aquella curva, la noche primordial empez a desnaturalizarse cuando un sonido extrao, intruso, se introdujo en mis odos. Msica. Flautas, violines, bronces y una percusin apasionada y enloquecida. Reconoc aquello. El Bolero, de Ravel, all, en el corazn del Chaco, en el ombligo olvidado del mundo. Me aproximaba vislumbrando aquella cerca pintada de blanco, y la msica creca, retumbante, poderosa, sin tener sitio en la soledad fantasmal, pero abrindose paso con un mpetu majestuoso, alimentndose de s misma, como queriendo reemplazar aquella creacin de un Dios ya fatigado, por la creacin del hombre en un momento de fulgurante delirio.
Apoyado en la cerca me entregu al absurdo. Una sola ventana iluminada en la casa, y saliendo de ella, la msica torrencialmente sensual, atrapndome, sorbindome, elaborando en mi imaginacin la figura semidesnuda de ella, los muslos flexibles, el vientre cimbreante convocando simiente, de cabellera suelta y rubia, danzando sobre aquel cuadrado de luz, que no era luz, que era mrmol, que no era mrmol, que era losa, s, una losa. Funeraria, tapa de un sepulcro sin leyendas dolientes, porque debajo estaba yo, con mi muerte sin memoria.
La msica ces y volvi la realidad a imponerse al delirio. Y nufrago es esa realidad, yo, presintiendo que atravesar la cerca era cruzar una frontera hacia lo irremediable, deseando, dudando, con presentido alborozo del encuentro y con reverente temor a aquel entorno sin razn, injerto alpino en el Chaco, donde verdad, mentira e ilusin se confundan en una espesa crepitacin de lo arcano.
La luz de la ventana se apag y cay el teln sobre mis fantasas. 
Invitacin, incitacin, quedaron sin motivos. El faro se apagaba, la casa desapareca en la noche, y detrs de la cerca bien poda no estar aquella casa, sino ms noche, vaca, vigilante, infinita. Volv a mi somero refugio de la estacin de servicio.
Confieso que a la noche siguiente, y a la siguiente, y a la siguiente, volv a hacer aquella caminata de alucinado. Y todas las noches, se repeta lo mismo. El Bolero interminable, espeso, pulposo, que se me meta adentro para ponerle el latido de sus parches a mi soledad. 
Porque no poda verla, ni me atreva a atravesar la cerca, temeroso de entrar en alguna dimensin desconocida donde la ilusin se revelaba solamente, eso, ilusin, y no exista camino de retorno. En mis caminatas de regreso, tena la cabeza llena del pegajoso Bolero, y en los dientes y en los puos un insulto que me repeta una y otra vez, cobarde, cobarde. 
Co, un paso, bar, otro paso, de, el tercero. Llegu a preguntarme cuntas slabas hirientes se contienen en 16 kilmetros.
Haba llegado a interrogar al hosco encargado de la estacin de servicio. S, conoca a don Gilen. Gringo loco, mennonita blasfemo apstata de la hermandad cerrada. Whilhem. Cmo se llamara ella? 
Greta, Ingrid, Karen, Gudrdum, un sonido gutural para una msica viva, para un prado verde en un valle de montaa con ovejas y pastores nios.
-Ah hay una mujer.
-Hay? -me interrogaba l.
-La vi!
-Entonces hay.
-Pero no la viste?
-Por qu tengo que verla?
-Es una mujer. No te interesa una mujer?
-Tengo una.
Lo saba. Una india obesa que en ese mismo momento, sentada en cuclillas, observaba el paso de una apretada nube de avispas volanderas. 
Su universo era aquella estacin de servicio, su entorno, su trabajo, su india, su supervivencia. Ingrid, Karen, Greta no formaban parte de su inmediatez. Pobre hijastro de la soledad.
Fue el quinto da de mi espera que decid ir de da a-la-casa-que-no-deba-estar-donde estaba. Mal da, ventoso y polvoriento, con una neblina seca que se mete en los poros. Llegu cerca del medioda. 
Entreviendo desde lejos la frontera blanca trazando rectas en la bruma movediza. La cerca, la casa desdibujada, como una postal empujada hacia el olvido. Slo se oa el viento sacudiendo el follaje chato y espinoso, y en el fondo de ese rumor un golpeteo apagado. Maldito Bolero, esta vez no, esta vez no, por el amor de Dios. Dios me oy. No era msica, eran cascos de caballo, un galope que se aproximaba no saba de qu direccin, pero de pronto estuvo all, real, material, corporizado, un caballo blanco de crines blancas y cola blanca, bravo, atravesando la bruma como el caballo de un ngel vengador. Un ngel, ella, esbelta amazona de cabellera rubia y suelta, oro inmancillado por el polvo. Pasaron veloces a mi lado, atravesando la cerca no s cmo, si saltndola o desmaterializndola, pero ya se perdan all lejos, detrs de la casa, galopando hacia algn territorio intocado, que era y no era. Llam con desesperacin a mi cordura. No delires, la viste, tienes en las narices el olor agrio y vital del sudor del caballo, en tu mente una imagen recogida por la retina, y en las vsceras ese latir especial que desarticula tu corazn en presencia, real, real, de ella.
El golpeteo de cascos se apag. Y con l me apagu yo, temeroso de haber sobrepasado las fronteras de la locura. Quise echarme al piso, hacerme un nudo, defenderme de la burla de lo imposible y arrugarme en la ltima fortaleza de la posicin fetal. Y lo hice.
-Qu le pasa?
Abr los ojos. Y all estaba Whilhem, con un rifle en una mano y un venado muerto sobre los hombros, venturosamente real, macizo, humano, y de este mundo, surgido de la vorgine de polvo, pero con voz, con presencia, y con un venado muerto que an goteaba sangre.
-Se siente mal?
Sent vergenza y me alc del polvo.
-No. Gracias. Slo un pequeo desmayo. 
-Es el viento norte que nos hace agua por dentro, agua, no sangre.
Maldita explicacin que yo no peda. La que yo no necesitaba.
-Ingrid...
-Ingrid?
-Cmo se llame!
-Quin?
-Pas montada en un caballo blanco!
Mir alrededor.
-Este viento trae locura.
-Me est diciendo que estoy loco?
-Le estoy diciendo que este viento es malo.
-No me eluda, por Dios. Dgame s o no. Existe ella?
Me observ pasivo, sonriendo. Vi que tena grandes dientes amarillos.
-Existe Ud.? -me dijo, y se alejo con su carga sangrante.
No recuerdo haber hecho el camino de vuelta, pero de pronto tuve a la vista la estacin de servicio, y la camioneta, y el mecnico con dos ayudantes que descargaban cuidadosamente un motor nuevo.
No tardaron mucho en montarlo sobre el chassis, apretar tuercas y unir cables. Al da siguiente el motor arranc. Probamos el auto. Andaba. 
La bestia haba renacido.
-Nos vemos en Asuncin. No te pases de revoluciones que el motor es nuevo. Adis.
Se fueron. Me volv al encargado.
-Cunto le debo?
-Ud. debe saberlo, patrn.
Le di dos billetes de mil, que se los meti en los bolsillos sin mirarlos. Pens que hubiera hecho lo mismo si le pasaba una bolsa de monedas de oro. All l con su universo de dormir, comer y copular con su india obesa.
Arranqu. El motor ruga, pero todo lo dems ya no estaba. Haca milenios que en ese mismo asiento me senta Dios. Quizs andando. 
Puse en primera, dej que el embrague se disparara cuando pisaba con furia el acelerador. La bestia salt hacia adelante y encar el camino. El camino del Rally, no el del regreso, y el viejo alborozo volvi, porque estaba enfilando hacia una espesura espinosa, donde se abra aquella recta como para aproximarse a la victoria o caer en el abismo. Una recta como de talco impuro... y apret con euforia como de drogado el pedal del acelerador... vibrando con una alegra que sublimaba el significado de mis testculos... ciento veinte, ciento treinta. El velocmetro enloquecido. 
Una tentacin csmica, ciento sesenta, ciento setenta, el matiz desafinado en la bella sinfona, caballos vencidos, incinerados en las entraas del motor. Humo espeso, la bestia derrotada. El cielo mostrando la polvareda de los que iban adelante o venan detrs. Descend del coche, camin buscando ayuda, y en un recodo, vi una pulcra cerca de madera, y una casa que no deba estar all, pero estaba, y sentada en la cerca una muchacha rubia que... 



Las llaves de la sombra
Esther Landaburu
El atardecer caa sobre la inmensa casona para agregar slo silencio al silencio. Porque an cuando el sol de Diciembre caa oblicuo sobre ella, pareca generar por s misma sombras que la envolvan en un tenue manto de melancola y de ausencias. En el descuidado y arbolado jardn, la ltima lagartija se haba deslizado veloz bajo los pedazos de yeso que alguna vez haban sido una Diana Cazadora corriendo hacia una fuente, que ya estaba seca y mohosa y haca mucho tiempo, no susurraba su cancin de agua. En la noche que llegaba, otras esculturas de yeso permanecan trabajosamente sobre sus pedestales invadidos por el matorral, el viento susurraba en los copudos rboles, y los grillos empezaban a chirriar un nocturno concierto, mentiroso anuncio de una lluvia que nunca llegara.
La casa estaba rodeada por una alta verja de hierro que se extenda a lo largo de toda la cuadra. Dos portones, uno en cada extremo, entrada y salida de una senda para vehculos, ya comida por el matorral, mostraban sus gruesas cadenas aseguradas por herrumbrados candados cuyas llaves se haban perdido all en el principio del tiempo. Slo el portn frontal, ms pequeo, mostraba un candado que por lo menos tena el brillo de lo cotidianamente usado, y de ese portn, parta un caminito que llevaba a las escalinatas de mrmol color difunto de la entrada.
Al cerrar la noche, una luz brill, plida, en una sola de las innumerables ventanas ciegas de la planta alta. Poco despus, esa luz se apag hasta que se encendi otra, en la planta baja.
Esther haba cumplido su rito de todos los crepsculos. Cuando se fue la luz del da y ya no pudo leer, encendi la lmpara, se mir al espejo componindose los cabellos grises, sonri para s preguntndose para quin se aderezaba el peinado. Apag la luz, y descendi por la ancha escalera en sombras hasta el gran saln, con todos los muebles, antiguos, pesados, forrados de desvada cretona, y fue a sentarse, como todos los das, como todos los aos, frente al piano.
La casona no se llen de msica. El Sueo de Amor de Liszt escapaba por los resquicios de la gruesa puerta frontal como un jadeo de vida fatigada, o como un eco encadenado que de pronto suelta sus amarras y escapa para diluirse tenuemente en las sombras.
Los dedos de Esther acariciaban el teclado, y la msica surga del piano, y ms que amores, pareca convocar fantasmas, reptando por las escaleras y fluyendo por pasillos en sombras, sin respuesta en las puertas cerradas, sin poner luz a los ojos de los retratos, sin despertar ni el eco de un suspiro en los dormitorios polvorientos.
Para la misma Esther, el Sueo de Amor no era fuente del sueo y el regocijo de quien domina los secretos del teclado. Era una sucesin de notas y nada ms. Eran los sueos de un hombre que ni siquiera se los llev a la tumba, sino los dej all en la frontera de la juventud, en esa tumba viva que abre la vejez, cuando los sueos dejaron de ser.
-Aqu me tienen, queridos fantasmas, tocando el piano. Tocando para nadie. Ni para m misma. Por qu lo hago? Porque mi auditorio de fantasmas se ha sentado en los rincones. Se han sacudido sus polvos y sus telaraas, y han venido a mentirse vida. Esta vida que surge del piano, que no es vida, porque los fantasmas no tienen corazones que se hinchen de gozo, y de espera y de ansias cuando Liszt evoca el jardn iluminado por la luna, y una mujer con capelina de raso y rostro de ptalo que espera y tiende el odo para escuchar el rumor de los pasos del amado, por la avenida. Liszt suena en vano, porque suena a ilusin, y la ilusin es privilegio de los jvenes, pero apenas el peso de un sudario para los muertos.
En los dedos de Esther, corriendo sobre el teclado, no hay la rigidez de la rebelda, sino la blandura de la aceptacin.
-Mam, pap, escuchen. Es Liszt, pero no aquel otro que tocaba Ricardo, con su cara de 17 aos arrebolada de placer, mientras vos, mam, juntabas las manos sobre tu vientre, como bendiciendo a tus entraas que acun a ese hijo maravilloso, y vos, pap, con una mano atrs y otra adelante, como Napolen, incapaz de retener el brillo de orgullo que se te derramaba de los ojos, y la casa era soleada, con su jardn y su fuente y sus estatuas pulidas, y el Ford estacionado frente a la escalinata, como oliendo los jazmines y las rosas que convocaban a las abejas de alas doradas. S, pap, mam. Ricardo tocaba otro Liszt. No este...
La meloda se detuvo abruptamente. Las manos ajadas, surcadas de venas azules, descansaban sobre la falda. El piano enmudeci, la slida casa sin emitir un crujido. Los recuerdos volvan, arrolladores, y se abran camino hasta los labios de Esther que ms que cantaba, susurraba...
-Robusto el cuerpo, la frente siempre erguida, alegres vamos, en pos de tu pendn...
Y la letra se perda en el olvido y la msica de La Madeln, rebautizada Patria Querida, sonaba marcial en el piano.
-Recuerdan? Pasaban desfilando, cantando, nios casi, con botas altas, y la sonrisa desafiante a la invitacin de la muerte venida del Chaco. Mam, llorabas, pap no, pero tena la nariz roja del que muerde el llanto para que no escape por los ojos. Y Ricardo iba con ellos, alegre de cambiar el marfil del teclado por las limaduras de hierro de las ametralladoras... El lema del valor, que siempre ha de seguir, la raza paraguaya es vencer o morir. Y muri. Y con l, muri su Liszt, y cuando quise revivirlo para ahuyentar el luto que no se iba nunca de la casa, slo logr soltar los perros de la pena que nos aullaban por toda la casa y por toda el alma.
Call la cancin guerrera en el piano, y fue otra vez Liszt. 
Esther mir a las sombras. Adivinando la presencia del to Jacinto. El Sueo de Amor call, las manos recorrieron el teclado como buscando la punta de un recuerdo, y de pronto, tom forma el bolero, pegadizo, meloso...
-To Jacinto, soltern empedernido. Te teas el pelo y los bigotes, y no eran negros, sino con el color del cobre. Te aferrabas a la juventud como un nufrago se aferra al madero. Recuerdas? Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos sin preguntar por qu. Bailabas con la gracia de tus largas piernas de zancudo, y usabas aquellos zapatos bicolores, marrn y blanco, como Fred Astaire. Y eras Fred Astaire, y en cada jovencita que asas con impudicia de vejete, difcil de ocultar, por la cintura, soabas en ella a Ginger Rogers. Cmo vivas tus pobres sueos, querido to Jacinto! Y all te hubieras quedado, nio viejo de bigotes de cobre. Te hubieras quedado en eso de vivir del dinero del pap y de tus sueos de bailarn avejentado. Pero quisiste darte el lujo de tener ideales. Tal vez porque eras viejo y no queras morir bailando boleros de miel. Y 1947 te ofreci una bandera. Y vos, querido to regalador de bombones y profesor de la buena vida, te pusiste aquel feo uniforme y aquel birrete con una cresta colorida, como un gallo de pelea, y te fuiste a morir en una batalla sin nombre en un estero sin nombre, por una bandera que te menta un destino heroico, y te atrajo a ese grotesco final de soldado para un petimetre (1) de saln...
Las manos abandonaron el teclado y volvieron a descansar en las faldas de Esther. Y Esther era toda recuerdos. Y los recuerdos eran una sucesin de adioses. El cncer se llev al padre, y la tristeza a la madre. Rosala, radiante en su noche de bodas con aquel diplomtico guatemalteco. Rosala que parta tras su andariego de lujo. Rosala, en el puerto, que la abrazaba llorando y deca que nos escribiremos siempre, hermanita. Y primero fueron las cartas, despus postales, y por fin, nada. 

-Pap, mam, no s ni siquiera si Rosala vive.
No encontr respuestas en las sombras. Slo el sonido del viento cruzando en el follaje de los rboles, pareca modular un nombre: Sofa. 
La menor, un vivo y fragante estuche de alegras. Lozana y vital, pareca destinada a brillar en los jardines, y arremeter con su risa en ristre disipando a la tristeza como a bandadas de palomas negras. Pero un da se apag aquel fuego. El color de sus mejillas perdi su lustre de manzana, y anunci:
-Me llama Dios.
Se fue a un convento, y ahora es superiora de otro convento, en un gris, fro y ventoso valle del sur de Chile.
-Y quedamos solos -le deca Esther al piano. Duea de todo, de la casa enorme, del inacabable dinero en el Banco, de los fantasmas, y de su vejez.
Ms tarde, apag la lmpara y se march a la cocina, donde se prepar un emparedado de queso, y bebi un vaso de leche. Llen el gran vaso de agua para sus dientes postizos, y caminando en la obscuridad, de memoria, subi las escaleras rumbo al piso alto, donde tena su habitacin. Entr, encendi la luz, deposit el vaso de agua sobre la mesita de noche, y volvi a descender al saln. Comprob el cierre de la puerta de entrada, y por costumbre, el de aquellas ventanas de cortinas arruinadas que nunca se abran, pensando para s que soy una maniaca, comprobando si estas ventanas soldadas por la herrumbre estn bien cerradas. Volvi a subir por la ancha escalera, alivian su paso por el pasillo, y fue a llamar con los nudillos la puerta del dormitorio de sus padres.
-Buenas noches, pap y mam.
Sigui su camino rumbo al dormitorio, entr, y poco despus se meta bajo las cobijas recordando que el refrigerador estaba casi vaco y que maana ira al supermercado.
-Tendr algo que contarte, pap.
Y se durmi. 
-Pap... hoy fui al Banco. Retir algo de dinero. Hice las compras en el supermercado...
-Cmo est la ciudad?
-Hostil.
-Antes era amable. Por qu hostil?
-Porque el mundo es hostil.
-Explcame eso, hija.
-No puedo. El violinista tampoco me lo pudo explicar.
-No s de qu violinista hablas...
-Me pidi dinero cuando sala del supermercado. No tena trabajo...
-Y su violn?
-Lo vendi. Ya no le serva. Ya no poda tocarlo.
-Por qu?
-Le pisotearon las manos y le rompieron los dedos.
-Quines?
-El mundo hostil. Me dio lstima, pero ms lstima me da el mundo que le rompe los dedos a los que hacen msica.
-Vamos! Un caso aislado...
-Ningn ser humano es un caso aislado.
-Cmo era el hombre?
-Un derrotado.
-Hija, tambin en mis tiempos deban existir derrotados, para que existieran los victoriosos...
-Es que, pap, siento que ahora ya no existen victoriosos. Slo sobrevivientes. Y no me digas que para que existan sobrevivientes deben existir muertos, ya lo s.
-Y vos, hija?
-Yo, qu?
-Sobrevives o mueres?
-Simplemente vivo.
-Para qu?
-Eso mismo me pregunt cuando le di un billete al violinista. Quise saber qu relacin existe entre l, que no tiene nada, y yo, que todo lo que tengo lo reduzco a nada. Sabes, pap, comet una inconveniencia, invit a cenar al violinista.
-A tu edad ya no es inconveniencia.
-Claro... me olvidaba que vos ests muerto y que yo estoy vieja. Me da ganas de tocar para l el piano.
-Quizs te agradezca ms la msica que el billete.
-Qu va...! me agradecer ms la cena que la msica. Ya te dije, es un derrotado.
-Si slo aspira comer, es una derrota total. No s qu puede ensearte.
-Tal vez el sabor de la derrota.
-Curiosidad malsana, hija.
-No, siento que es el principio de una bsqueda.
-De qu...?
-No s. Pero bsqueda es una palabra linda. Significa movilidad. 
Como lubricar los huesos de mi alma... y hacer algo.
-Qu?
-Algo, simplemente algo. Por m misma tal vez?
-Todo lo que hacemos, hacemos por nosotros mismos. Egosmo visceral. 
Despus empezamos a buscar nuestras justificaciones.
-Qu descreimiento hay all donde ests, pap...!
-Lo trajimos hecho de all donde ests... hija.



Mateo Ramrez
Mi viejo sola decirme que tome nota de todo. Y se me qued el vicio. 
Tengo un montn de apuntes, cuadernos, libretas, sobres usados, y hasta algunas servilletas de papel. Y lo ms irnico es que los guardo en el estuche del violn. Del violn que ya no est, de modo que el estuche parece un atad de donde han robado al muerto. Muerto. El violn muere cuando no existe quin lo toque. El violn vive slo cuando suena, llora, re, pinta, hurga almas y vagabundea por los circuitos de la conciencia. 
Mi violn no era un Stradivarius, ni yo un virtuoso, pero formbamos una unidad. El hombre y el violn, no el hombre y la msica, porque la msica es el resultado. Aquel orangutn que me pisote la mano, mat mi mano, y mat al violn, y mat la msica. Y me mat a m, de la manera ms cruel, porque me mat y me dej vivir. Por qu no me mat y me mat de una vez? 
Pobres apuntes estos! Lo que tienen que recoger! Dnde estaba? En nada. 
Tomar apuntes es como divagar. Slo que es ms divertido. Adems, la mano demuestra que todava sirve. Ya no pulso el arco. Pulso el lpiz, y en vez de salir msica, salen palabras. Toco palabras. nico en el mundo, aqu est Mateo Ramrez, concertista, solista de palabras. Al final, no es poca cosa, pero no suficiente para sacarme de encima esta no-vida que me arropa y me humilla, que me llev a empujones por esa posta suicida de primero no creer en nada, despus en la gente, despus en m mismo, elaborando una frmula cuyo resultado final es cero. Lo malo es que el cero no tiene conciencia, y yo s. Y soy un cero con conciencia. Para lo que me sirve. 
Si la conciencia sirve slo para decirnos que estamos en el pozo, mejor no tenerla. Mejor ser un cero-cero.
Ayer me despert con hambre y con resaca. Una combinacin horrible, sobre todo cuando en la mesa no estaba el pan que dej anoche (se lo llev la rata esa, la peluda, la ms atrevida) y en la botella de Parapit no haba una gota. Ni pan para el hambre ni ms resaca para la resaca. Vaya da ayer. Me levant de la cama, y al levantarme se movi el aire a mi alrededor y subi a mis narices un olor a orina vieja. Mi olor. Una vez ol lo mismo en el hospital, cerca de la cama de un anciano enfermo. Yo huelo as. Pero no soy anciano. Tengo la edad para oler a agua florida y locin Madera de Oriente, u otra porquera semejante. Pero huelo a anciano, estoy viejo por dentro y el viejo que est en m me sale por los poros y se pega a mis (2) calzoncillos. Qu asco. Qu resaca. Qu hambre. 
El sol haba alcanzado las patas de la mesa y pareca decirle levntate y anda a la cucaracha que aplast la noche anterior. Cuando el sol alcanza la pata de la mesa, son las diez de la maana. Bueno, para m las diez de la madrugada. Hora de salir a buscar algo, para comer o para chupar, la suerte dir. Y sal despus de frotarme la cara con la toalla mojada, sin resultado alguno, porque los pelos de mi barba se pusieron de punta y cuando los malditos se erizan, erizados quedan. Cruc la ciudad, y me encamin a la Plaza Uruguaya. En eso, soy como el caballo que sueltan lejos y vuelve solo a la querencia. Mi querencia es la Plaza Uruguaya. Me suelten donde me suelten, voy a la Plaza Uruguaya, de noche para divertirme insultando a las putas y comprobar hasta dnde llega su paciencia. Algunas estallan enseguida y buscan una piedra. Otras ren como diciendo que todo lo que yo inventaba en trminos de insulto, ya le haban dicho antes, y que les resbalaba. Esas son las ms antipticas, porque no tienen salvacin. Por lo que a m me importa.
Se instalan en las sombras, las mujerucas esas. Y viene un coche, se estaciona como agazapado. Y trato de adivinar si el hombre va a dirigirse al kiosko en busca de un Shakespeare, o se va a dirigir a las sombras en busca de una Maril. Eso es lo que me atrae de la Plaza Uruguaya. En metros de acera apenas, la sntesis de nuestras opciones. O la luz imperecedera del conocimiento o la cada a ese valle de perdicin que se abre entre los muslos macizos de una prostituta barriguda. Bueno, opcin para otros. Yo no s si ya estoy por encima, por debajo o demasiado lejos de esas cosas. Me resbalan, como dijo aquel refinado artista. A veces doy en la verdad cuando digo que ese va a buscar un libro. Otras me equivoco, y sigo en el ejercicio hasta que me aburro, y me voy y le pego un susto al homosexual que tambin se instala en las sombras al acecho de lo suyo en esa plaza mgica, acercndome por detrs y disparndole al odo la onomatopeya de un pedo soberbio, un pedo de Garganta, y l se mata de furia y yo me mato de risa (otra sntesis de nuestras opciones) y me voy caminando por ese universo cuadrado que tambin tiene su sntesis en esa calle donde es legal subir de contramano. Bueno, sntesis de la plaza o sntesis de toda la maldita ciudad? Qu s yo. Pero cuando fui ayer, no era de noche, sino la media maana. Con hambre y con sed. Y me detuve en la esquina a interrogar a la Diosa Fortuna. Dnde estara ms propicia la bondad humana? Entre el gento vago-proletario del centro de la plaza, con sus lustrabotas impertinentes, sus vendedoras de chip, sus campesinos desconcertados y sus buhoneros que vendan relojes japoneses fabricados en Brasil y armados por los coreanos en sus lgubres stanos de Vista Alegre, o en alguna compasiva ama de casa que sala con sus compras del supermercado? Me decid por la bondad burguesa y cruc la calle dirigindome al supermercado, sintiendo sobre m la mirada hostil del veterano cuidador de coches para quien la Guerra con Bolivia haba terminado hace cincuenta y dos aos, pero l la prolongaba, contra m. Es cierto que una vez quise disputarle el trabajo, pero me demostr que no en vano era uno de los que haban corrido a naranjazos a los bolivianos. Me corri a palos a m. De modo que mantuve una prudente distancia, y l haca sonar su silbato organizando el trnsito, sin dejar de vigilarme. 
Observ a una vieja que sala con un bolsn bastante rado. La observ porque ella me observaba a m. Me sorprendi. Tena aspecto de cualquier cosa, menos de generosa, con su astroso bolsn que no hablaba de abundancia. Pero me miraba con insistencia. Pens en una ninfomanaca tarda, pero desech la idea evaluando mi aspecto que deba parecer repugnante hasta a una ninfomanaca tarda, lo que no es mucho decir en favor mo, pero la verdad es la verdad.
-Qu le pas en la mano? -era ella, que se haba acercado y me miraba directo a la cara.
-Tocaba el violn -le dije hacindome el gracioso- pero un crtico escribi que yo tocaba como un chimpanc. Lo malo es que tuvo razn, y entonces emprend a mordiscos con mi mano.
-Slo pretendo ayudar -me dijo con reproche, y se fue.
Qued arrepentido. Aquella buena seora no mereca la sorna. Tena una mirada mansa. Su inters pareca genuino. Adems, ola a orina como yo. O a polvo y a moho. La segu y la alcanc.
-Disculpe, seora -le dije, y ella se detuvo. Prosegu:
-Lo del violn es verdad.
-Y su mano?
Mir aquella mano izquierda agarrotada, y la derecha, con los dedos apuntando donde no deban.
-Mis manos pagaron culpas ajenas. Pero ajenas de verdad, porque hay culpas propias que no son realmente culpas, sino pasiones que nos instalaron en el alma para morir por una bandera o ser mutilado por un ismo que miente un sentido a la vida. Me lo demostr un caballero de mucho peso con hierro en los tacos del zapato. Entonces volv a Asuncin, no s para qu, porque el rencor no tiene fronteras.
-Y ya no puede tocar? -me pregunt ingenuamente.
-Seora, cuando uso el tenedor no s si va a parar a mi boca o a mis narices. As de torpes quedaron mis manos. Se imagina? Manejar un arco es delicado como el beso de una mariposa a un lirio.
-Termin como violinista y naci como poeta. Tenga, joven.
Y me tenda un billete impresionantemente bello de mil guaranes. No lo tom.
-A cambio de qu? -pregunt, desconfiado.
Me mir de pies a cabeza, y lea en sus ojos la pregunta de qu diablos puedo sacar de este despojo. Y tom el billete. Dije gracias y me fui presuroso. Comida y bebida. No, en orden inverso, bebida y comida. Hay que respetar las prioridades. Dios mo, que cnicos nos vuelve la miseria. 

Gir para saludarle cuando se iba. Pero no se haba ido. Me haba venido siguiendo. Me detuve cortsmente. Levant elegantemente la ceja derecha como haca antes, cuando tocaba el violn y vesta bien, y con ese gesto preguntaba s?
-Ocurre que vivo entre fantasmas -me dijo seriamente.
-Todos vivimos entre fantasmas -le segu la corriente, porque si era loca, pareca del tipo manso. Adems, un poco de mi tiempo vala sus mil guaranes.
-Me refiero a fantasmas reales -me explic con paciencia.
-Seora, sea lgica, si son reales, no son fantasmas. La realidad del fantasma es la irrealidad -me pregunt dnde haba ledo tal disparate, pero quedaba bien para la ocasin.
-No me entiende -replic- lo que quiero decirle es que los oigo con el odo, pero slo los veo con la mente, tal como eran cuando estaban vivos, y no eran fantasmas.
-Consult un mdico?
-Mdico? Para qu?
-Vamos... or voces.
-Pero si las voces estn all!
Pens aquello tan vulgar de cada loco con su tema. Adems la dama de desteida vestimenta y con olor a encierro pareca inofensiva.
-De acuerdo, las voces estn all -le dije-. Vinieron del cielo y...
-Pero si nunca se fueron!
Me mir con el aire superior de quien siente lstima por el asno con quien est hablando.
-Por supuesto! La realidad es que soy un pobre iletrado en esta cuestin de fantasmas -confes, mohno.
-No todos podemos saber de todo -me consol con bondadosa comprensin, y prosigui:
-Oiga! -algo se le haba ocurrido de repente-. No quiere venir a cenar en casa? S? Es Ud. muy gentil al aceptar mi invitacin.
Yo no haba aceptado la invitacin, en primer lugar porque no quera complicarme la vida de ninguna manera, y luego porque no me atraa la idea de conversar con unos comensales fantasmas. Pero no pens en el significado social de la cena, sino en el significado protenico de una comida gratis, y lo dej correr.
-Maana a las ocho de la noche? -me consult.
-S. Dnde es?
-No queda lejos. Vamos, se lo mostrar.
Y empez a caminar. Yo detrs de ella. Arrugando en el bolsillo el billete. Tom por Espaa, luego camin por las calles paralelas a las vas del ferrocarril, pasamos junto a los vagones abandonados del Cambio Grande, nos separamos de las vas y cruzamos haciendo equilibrios la avenida Artigas, y por fin, en un callejn diagonal, que lgicamente no deba estar all porque no conduca a ninguna parte, ni tena salida, llegamos a la casa.
-Es aqu -me dijo- maana a las 8.
Abri el portn que chirriaba y camin por la avenida hacia aquello que debi ser ampulosa escalinata de mrmol en otros tiempos.
Mir aquella casona guardada por hierros y silencio. El jardn convertido en matorral, las altas rejas terminadas en punta de lanza, y los rboles apretados, donde slo faltaba una liana y Tarzn viajando por ellas. Y no estuve ya muy seguro si aquello de los fantasmas no sera verdad, despus de todo.
Entr al primer almacn que encontr en mi camino, compr un robusto pedazo de salame, pan, y una botella de caa blanca. Y regres a mi cubil, fiel a la ltima norma sobreviviente: no emborracharme jams en pblico.
Sera el punto final. 



Esther Landaburu
Como una concesin al visitante, Esther quiso encender el farol que iluminaba el portn y la avenida de entrada. Pero comprob con desconsuelo que la bombilla estaba quemada, o que ya no haba bombilla ni farol.
El violinista lleg puntualmente a las ocho. Ella vio su sombra vacilante all en el portn y le grit que entrara. El violinista avanz y encaminndose al encuentro de su anfitriona, notando que tena el mismo vestido desteido de la vspera, pero por lo menos se haba peinado, y el polvo de arroz de su cara disimulaba un poco el olor a vejez. Se alegr de haber trado aquella flor, que se la ofreci galantemente.
-Muy amable -sonri ella, complacida.
-Es ms valiosa, porque fue robada de un jardn con perro guardin -dijo l.
-Cmo, cmo?
-Es sencillo, mi distinguida dama. Comprar una flor es un acto comercial. Robarla es un acto de coraje. Deposito en sus manos la flor, y a sus plantas mi coraje. Y pongamos en claro algo importante, seora, no estoy bebido.
-Y se ha afeitado esa horrible barba de ayer.
-Otro homenaje a su persona.
-Pero no nos quedemos aqu, pase -y se hizo a un lado.
-No va encender la luz?
-La luz est encendida.
El violinista mir aquel nico foco encendido en la araa que penda del techo, redimiendo de la inutilidad a una veintena de camaradas definitivamente muertos, y entr en la gran sala. Vio el piano que se haba salvado del amortajamiento general de los muebles, y la gran mesa tendida con un grueso mantel, y unas veinticinco sillas de alto respaldo alrededor. Pero slo haba cubiertos en la cabecera y el sitio a la izquierda. Menos mal -pens el hombre- con sillas para los fantasmas vaya y pase, pero si les pone cubiertos, me voy.
Estaban de pie, en ese sitio de tantos sillones y divanes prohibidos, sin saber qu decirse, con el desconcierto del primer encuentro. Por fin, ella rompi el hielo.
-Toco algo para Ud.? -dijo, sealando el piano.
-No, por favor, seora. La msica me duele.
-Comprendo. Una copita?
-De qu?
-De ans?
-No, gracias -y ri por dentro. Ans a un tomador de caa!
-No s qu otra cosa ofrecerle -dijo ella, compungida.
-Se acostumbra a ofrecer conversacin -contest l, retirando dos sillas de la mesa, y ofreciendo galantemente una a ella.
Ella se sent, y l hizo lo propio. Ella mirndolo como esperando que iniciara la conversacin.
-La casa es suya? -pregunt el violinista.
-S.
-Y... vive sola?
-S, y no.
-Claro, los fantasmas, -pens l.
-No se siente un poco sola?
-S, y no.
-Claro, entiendo.
-No, no entiendo nada. Usted est pensando en la compaa de los fantasmas. Yo slo me refiero a la compaa.
-De sus recuerdos...
-No, de presencias. A los sepulcros van slo los despojos. El resto queda impregnado a las casas.
El violinista sinti un escalofro. Aquella gentil y sosegada locura tena su perturbadora lgica. Dese no haber venido. Ni por la comida.
-No nos estamos poniendo demasiado lgubres?
-Lo entiendo. Todo esto slo incita a pensar en el pasado.
-Lo dice bien. Tambin nosotros nos sentimos impregnados de pasado, seora.
-Le desagrada?
-Me da fro.
-Estamos en verano.
-El fro que siento me viene de adentro.
-Hbleme de Ud.
-Por qu me invit?
Ella reflexion un momento. Sus ojos se cerraron y se meci como en trance, con las manos unidas en la falda.
-Podra decir que fue una ocurrencia del momento -explic ella.
-Y por qu no lo dice?
-Porque no s si fue una ocurrencia del momento. Sospecho que Ud. es la punta de una madeja.
-Supongamos que empiece a tirar suavecito de la punta de la madeja. 
Qu espera que salga?
-Acontecimientos nuevos, presumo.
-Los acontecimientos nuevos tienen razones, tienen sentido, consecuencias.
-Eso creo.
-Cree... o quiere?
-Qu pretende decirme?
-Si est buscando liberarse de los fantasmas.
Ella ri.
-No! Supongo que trato de darles satisfaccin a mis fantasmas.
-Cmo?
-Dando un sentido a mi vida.
l la mir y pens tristemente que empiezas mal, mi querida seora, invitando a tu casa a un violinista sin violn, y borracho.
-Empieza mal, empezando conmigo.
Ella call. Las sombras apenas iluminadas por la solitaria bombilla de la melanclica araa de cristal, parecan espesarse a su alrededor. El violinista mir en torno, y vio el bulto de los muebles cubiertos, y las escaleras que iban al piso alto y que se perdan en la obscuridad, como si condujeran al abismo, o a otra dimensin donde la nada se paseaba de la mano de la soledad. Qu sentido, sentido a qu podra buscarse en este sepulcro maysculo? Se pregunt. Y la pregunta aflor.
-Qu entiende por dar sentido a su vida?
-Por qu me interroga? -pregunt a su vez ella, con irritacin.
-Porque soy la punta de un ovillo, recuerda? Usted me involucra en su bsqueda. Quiero saber cul es mi papel.
-Su papel es cenar conmigo.
-Ese es un anzuelo. Mord. Conforme.
-No ha pensado que la ciudad perdi la razn?
-No entiendo, pero digamos que s.
-Devora a los ms dbiles, no se dio cuenta?
-No he pensado en ello.
--A los que no puede devorar, destruye. Como a Ud. Ud. es una basura. 
Un despojo.
-Yo tambin.
-Tiene una casa inmensa.
-Y un alma atrofiada, como sus manos.
-De modo que la razn es...
-Que compartimos algo.
-Una identidad?
-Y tal vez un deseo de rebelin.
-Yo lo ahogo en una botella.
-Y yo en la obscuridad y en el silencio. Pero... lo logramos?
-Digamos que no. Qu propone?
-Propongo comer -dijo ella con aire grotescamente travieso, y se levant para marcharse a la cocina.
Si algo es capaz de poner perplejo a un zombi como yo, es que todava estoy vivo -se dijo el violinista-. No es mala noticia, concluy.
Cenaron. Nada parecido a un banquete. Una sopa espesa y tostadas crocantes con manteca. El violinista no se quej. Con respecto a su men de salame y pan, aquella comida caliente era casi un lujo o al menos, eso pens.
Ella estaba acostada, a punto de dormirse, cuando la voz surgi de las sombras.
-Recuerda que tienes 67 aos, hija.
-No es un romance, mam.
-Qu es?
-La punta de un ovillo.
-Eso o. No tiene sentido.
-Lo que no tiene sentido es la soledad. No tiene sentido este enorme cascajo vaco. No tiene sentido el dinero del Banco. Quiero que el violinista venga a vivir aqu.
-Jess!
-Y otros como l!
-Cmo qu?
-Derrotados, marginados, golpeados, vencidos.
-Para darles una nueva oportunidad?
-No, para que sus heridas no sigan doliendo. Pienso que el derrotado que vive all afuera, sufre, porque debe mirar siempre de abajo para arriba. Si aqu est entre iguales no sufrir nada, y mirar de frente, de miseria a miseria.
-Y qu pretendes con eso? Ser la reina de una corte de los milagros?
-Mam, nunca me comprendiste.
-Tampoco ahora, hija.
-Ya no importa. Recuerdo a pap cuando hablaba con orgullo de su linaje. Soy la ltima. Pap merece que su abolengo se extinga en una llamarada, aunque sea en una llamarada de locura.
-Piensas morir rodeada de miseria?
-La miseria es tambin el ltimo escaln del linaje humano. Todos tendremos algo en comn. Nos reuniremos en paz para esperar el final. 
Daremos la espalda a... afuera. Nos reiremos de los que nos lastimaron.
-Y dnde van a guardar el odio que traen? En el desvn? No se puede, hija. El odio est en nuestros poros, en nuestros ojos y en nuestros huesos.
-No les exigir que guarden su odio. Tienen derecho a ejercerlo. Y aqu nadie les tapar la boca cuando lo gritan.
-Hija, creo que ests loca.
-Yo tambin lo creo, mam. Pero pienso tambin que la locura es lo nico capaz de sostenerme cuerda.
-Debiste casarte.
-Tuve tres novios, recuerdas? Al primero lo ahuyent pap, porque era pobre. Al segundo lo ahuyentase vos, porque aunque era rico no tena apellido. Y al tercero lo ahuyent yo, no recuerdo por qu.
-Qu cosas, Dios! Buenas noches, hija.
-Buenas noches, mam.



Mateo Ramrez
Extraa, la dama. Loca? No s. En todo caso nunca supe qu es la locura. Pero si es loca es loca mgica, porque su locura tiene un sentido, y que se atormenten los siclogos tratando de interpretar esto. 
Pero basta que yo me entienda. Adems, cuando ya no usamos ninguno de los valores de la Sociedad, los habitantes del abismo fabricamos nuestros propios valores. La cena no fue epicrea. Pero no estaba mal, y sent tanta placidez de barriga ahta, que por fin consent en que tocara el piano para m. Toca horrible. Un mono bailando sobre el teclado, pero ejecutaba en todos los sentidos, a Schubert y me miraba sonriendo con los ojos y con los labios invitndome a compartir la dulzura de aquel tormento musical. Tal vez en otro tiempo tocaba pasable, pero esos dedos enfermos apenas podan aferrar las perlas celestes de Schubert. Le di una alegra merecida con un aplausito corts, y una sonrisita feliz que significaba algo as como un bravo!, ntimo y enano, para uso de dos. 
Por qu me burlo de quien me aliment? Y qu quera de m? Claro, compaa humana, un tesoro en esa soledad inmensa, aunque provenga de m. 
Por qu me desprecio? Soy un ser humano. Mutilado, pero humano, al final de cuentas. Pero aquel orangutn no se dio por enterado. Cuando un hombre cae preso ya no es un hombre, es una res. Terroristas de mierda, me deca. 
Yo le replicaba que no seor, no soy terrorista, porque el terror me enferma, soy violinista, hago msica, no hago pum. Adems, mi querido seor, soy extranjero, vine a perfeccionarme aqu, no vine a ponerle bombas a nadie, se lo juro. As que violinista? me deca, y agregaba a ver cmo suena esta flauta, y me pateaba en las bolas, y deca cont, cont, desgraciado, cont muerto de hambre, cont pajuerano. Y yo no saba qu contar y agarrndome los testculos ardientes le suplicaba que por favor dgame qu quiere que le cuente y se lo contar todo, y le pondr moitos a la historia. Entonces l me deca que Tania cant, indio de porquera. Yo no saba quin era Tania, pero me asustaba, porque tena nombre de espa, nombre de guerrillera. No conozco a Tania, seor. Me miraba y yo apretaba las piernas y esconda los huevos en los pliegues de mi trasero. Tania durmi contigo anoche, desgraciado! Tu buln era un aguantadero! Tena la bomba en la valija! Me estaba hablando en marciano. 
La que durmi conmigo anoche era Alicia, o al menos as me dijo cuando la vi en la cafetera y me sonri con esa sonrisa de esta noche podemos dormir juntos, ato. Y tena una valija, y bien poda ser Tania. Forniqu, seor, pero de todo lo dems soy inocente. Tania me us. Pero el orangutn me miraba con el aire ofendido de quien siente su inteligencia menoscabada. Y ahora quiero el resto, deca. Quera nombres, una lista de mis compinches, dnde conseguimos el explosivo. Qu explosivo, qu compinches, mi querido seor. Y entonces l me mostraba una foto, de una nia muerta, con una pierna arrancada. Mir lo que le hicieron, desgraciado muerto de hambre, y estaba a punto de llorar sobre el cadver de la nena, y para consolarse me dio otra patada que casi me arranca el pene y ca al suelo, y l me pisaba la mano derecha y giraba el taco para asegurarse de que mi mano mora aplastada como si fuera una gran araa, y yo aullaba, y el canturreaba que voy a dejar a este violinista como para que slo toque el tambor, y solamente el tambor, y su taco de hierro pasaba a mi otra mano, mientras yo peda piedad a las paredes y lloraba a moco tendido la muerte de mis manos. Llor, llor, paragua flojo, deca el orangutn. Y cuando el dolor lleg al extremo y ya no tuve nada que perder porque haba perdido mis manos me levant y le dije todo lo que quera, le di nombres falsos y proveedores falsos, invent un diplomtico argelino que nos provea de explosivos, y le grit en la cara que adoraba el estampido de las bombas, y gozaba cuando la carne volaba y la sangre se aplastaba en las paredes y corra por la acera, y que bien poda matarme, pero l, el orangutn, no se salvara, porque estaba en la lista, juzgado en ausencia por un tribunal de enmascarados y que llegado el momento, sera ejecutado con un taco de dinamita en el culo. Increble, pero vi el temor en sus ojos. Cobarda de verdugo, vieja como el mundo y vieja como el placer insano de provocarle dolor al prjimo. Me entreg a otro orangutn, y fui pasando de orangutn en orangutn, dejando una fisura de costilla aqu, una ua arrancada all, una clavcula rota ms adelante, hasta que me toc uno que me crey, o me tuvo compasin, y me dijo aqu estn tus papeles, vol a tu pas de comemandiocas y dale gracias a Dios que ests vivo. Ah!, y se me va bien calladito. Me march bien calladito. 
Pero lo que no call fue mi odio. Suena a queja de violn difunto, con un araar de cuerdas que me estremece los dientes como si masticara piedras. 
Un odio que al final se va diluyendo, porque me sorprendo a veces pensando algo as como qu se le va a hacer, el mundo es el mundo, nacemos condenados a muerte, y los ms infelices, a la muerte en vida. Me toc a m, porque me acost con Tania, tan clida en la cama, tan femenina en sus caricias, tan tibia y dulce en la cueva gentil de su vientre, y tan monstruo que al da siguiente, puso la bomba que destroz a aquella nia, y redujo mis manos de violinista a las garras que apenas sostienen el lpiz.



Esther Landaburu
Como todos los viernes, haba ido al cementerio a visitar a sus difuntos. Aunque ella consenta muy en el fondo de su conciencia que lo que realmente haca era abrir el panten y descender a esa cripta obscura donde hasta el tiempo est muerto, y limpiar prolijamente aquel estante vaco donde alguna vez vendra su propio atad. Terminada la tarea, se sentaba a meditar rodeada de aquellos cajones de bronce verdoso y desvados lustres y respirando sin congojas aquel aire estancado en la ltima esclusa antes de la eternidad.
Sali del camposanto y la vida hecha de arranques, frenadas, aceleradas y semforos autoritarios le golpe la cara. Decidi, como siempre, volver caminando a su casa. Cruz la calle y pas frente a las severas paredes del Buen Pastor, de donde no sala rumor alguno, como si las cautivas estuvieran tambin condenadas al silencio, y sigui su camino. Pronto abandon la ancha avenida para caminar por serenas y estrechas calles secundarias, donde se alzaban las residencias de gente de viejo abolengo, o de nuevos ricos que iniciaban su camino hacia futuros abolengos. Por qu no? -se dijo-. En alguna parte debe nacer la aristocracia, y no est mal empezarla con mucha plata. Iba a pasar frente a un Instituto de belleza, que saba regenteado por un homosexual de delicadas maneras, cuando vio salir del negocio a una dama, que camin presurosa en la misma direccin que ella. Apretando el paso, Esther se puso al paso de la mujer. 
-Buenas tardes -salud gentilmente.
La otra se detuvo, entre curiosa e intrigada.
-Buenas tardes, seora, qu desea?
-Yo, ya no deseo nada, a Dios gracias. Al menos nada que me pueda arreglar ese maricn de all dentro.
-Le pregunto qu desea de m, seora.
-Nada deseo de Ud., pero puedo darle algo.
-A m? Qu?
-Compasin, solidaridad. De mujer a mujer.
-Por Dios! Quin le dijo que necesito compasin?
-Su aspecto. Sus aos.
La dama ri divertida.
-Mis aos?
-Cuarenta... cuarenta y cinco?
-No veo que le importe!
-Y su angustia.
-Me est tomando del pelo? No tiene aspecto de loca, ni de mendiga. 
Ud. parece una buena y mansa abuela. Por qu me ofende? Angustia!
-Esccheme, lo tengo aprendido. Una mujer joven viene a un Instituto de belleza por coquetera.
-Vaya descubrimiento!
-Una mujer vieja viene por desesperacin.
La mujer call, sus manos se alzaron hacia su rostro maquillado. 
Toquete su pulcro peinado.
-Qu sabe usted? Quin la envi?
-A la primera pregunta: todo. A la segunda, nadie.
-Sabe todo de m?
-S lo que me est mostrando.
-Explquese, seora!
Y Esther le explic todo.
-Seora, Ud. no tiene una cara. Tiene una mscara sin vida. Cuntas veces se hizo tirar los colgajos y planchar las arrugas? Dej su cara en un quirfano y se compr esa careta viva, sin expresin. El precio de qu, mi buena seora? Creo adivinarlo. El precio de la tranquilidad. 
Pienso que Ud. tiene mucha plata, y veo su anillo de casada. Piensa que su oficio es ser bella y su salvacin ser joven.
-Y si fuera as... qu?
-Los maridos saben aritmtica. Y mucho ms para contar los aos.
-Dios! Es usted una gitana? Una bruja?
-Soy una vieja arrugada que conoce la vida.
La mujer contempl pensativa a aquella extraa anciana. Qu haba dicho? Desesperacin? Tena que ofenderse y mandarle al diablo?
Pero... y si tuviera razn? No estoy tratando de retener la juventud acaso? Para qu? Para evitar el fracaso? Pero... el fracaso ya no est instalado en casa? Qu estoy haciendo, el payaso? Un payaso de cara tirante y canas teidas y pestaas aceitadas? Esta bruja los vio. Y l? Los habr visto? Los payasos son para hacer rer. Se estar riendo de m? Cundo me toca es para sentir las vibraciones de mi amor y de mi deseo o para palpar la flacidez de mi carne? De dnde ha salido esta vieja horrible? Qu quiere? Su reaccin la sorprendi a ella misma.
-Seora -dijo- vivo cerca... me acompaa a tomar un caf?
-Me encantara.
-Vamos, por aqu.
Caminaron juntas por las lisas aceras de baldosas y aspirando el perfume acentuado de los jardines al atardecer. Llegaron a la casa, brillante, blanca, florida, presuntuosa, escuchando con soberbia el rumor de una fuente artificial que se deslizaba entre piedras tradas de los cerros y los helechos arrancados de la espesura, con un rumor hbrido, de sonido musical de agua al saltar de piedra en piedra mezclado con el eficiente latir de una bomba centrfuga escondida entre los peascos.
-Nuevos ricos -sentenci Esther, para s misma.
Cuando entraron en la casa, su opinin se confirm. Nueva casa, sin historia. No huele a recuerdos, ni a almidones antiguos ni a terciopelos aosos ni a polvo perfumado por el tiempo, ni a bronces de aliento dulce-amargo ni a mrmoles, ni a la humedad a la que se quedan pegados los flecos del tiempo. Huelen an a pintura, a lustramuebles en spray y a pino de embalar. Eso, eso. Esta casa est recin desembalada. 
Ri para s misma, satisfecha de su clarividencia, que tena algo de maligna, pero en el fondo, tena dulzura.
Contempl el saln. Suntuoso y vulgar -se dijo. Muebles de diseo moderno, pero eso s, todo cedro, todo cristal. Y los cuadros.
-Dios mo, el dueo de casa es un adicto a la potencia, o al poder -reflexion.
La duea de casa la dejaba mirar. Pens que quizs me quiere castigar aplastndome bajo el peso de este lujo, y asustndome con estos cuadros en las paredes. Potencia. Poder.
All estaban. Un velero abrindose camino en un mar furibundo. Y no se saba si haba ms fuerza en el velero que en la tormenta. Y a su lado un diploma de reconocimiento. Ms all, caballos de poderosa musculatura galopando en tropel en las praderas. Pareca orse el trueno de los cascos. Y a su lado, un pergamino de gratitud. En la pared siguiente, encima de la enorme bocaza de la chimenea, un len de airosa melena y afiladas garras cortando la huida veloz de una gacela, clavndole las uas en los flancos. Y a su lado brillantes medallas sobre aterciopelado pao rojo. Sobre la repisa de la chimenea, un can de bronce desafiando al mundo, y un elefante de porcelana con la trompa en alto y una pata a punto de aplastar algo, a la Humanidad, tal vez. Ms all una espada de Samurai, en su lujosa vaina. Ms poder. Y por fin, el sello del credo catlico y apostlico romano del dueo de casa, San Jorge atravesando con su lanza al demonio.
-Su marido es un hombre de xito.
-Cmo lo sabe?
-Sencillamente, lo s.
-Tomamos caf? 
-Puede ser en la cocina -dijo Esther- el caf me sabr ms a caf.
Pasaron a la cocina.
Esa noche, Esther contaba a su padre que haba encontrado otro nufrago.
-Los coleccionas? -la voz de su padre sonaba irnica.
-Algo as -respondi Esther, y trat de dormirse, pero saba que no podra hacerlo. El caf siempre la desvelaba.



Rosanna
Querido diario. Es fantstico y amargo lo de la vieja solterona. Es una persona que sabe mucho y quizs tenga algo de bruja porque me ley, s, me ley como si yo fuera un libro, s, como un libro me abri y me ley y me dijo lo que yo saba pero me negaba a saber que saba. Ahora le veo a Adrin como es verdaderamente, debe ser bruja, digo yo, porque ah estaba la verdad, lo que digo el fracaso y la desilusin, porque nadie me va a negar que me romp el alma con el desgraciado, no era ms que cantor de orquesta y yo una tipa loca que le llev el apunte porque tena esa voz que pareca miel y las chicas se encantaban y yo me pona celosa y deca que esa voz era slo para m, y le deca dej la orquesta mi amor y estudi, mi sueldo de Jefe de la Seccin Costura da para los dos. Y nos casamos noms, y yo trabajaba y l estudiaba, yo trabajaba doble y l estudiaba doble y qu felicidad era vivir sin necesidades y qu fiesta cuando l volva de su examen me abrazaba y besaba y me deca saqu cuatro mi amor y nos bamos a la parrillada a comer un asado y a tomar una botella de vino y as se recibi como abogado y salimos a comprar los trajes, los zapatos y las camisas que debe ponerse un abogado porque yo le deca quin te da un pleito con esa facha y nos reamos y yo le deca pronto voy a dejar la fbrica y me quito el espiral y vamos a tener un hijo y me voy a quedar en casa a cuidarle, pero l me deca que espere y no me apure porque recin comenzaba y yo deca que tena razn y no dejaba mi trabajo y l se iba a buscar su primer pleito, y me besaba al salir y me deca que ruegue para que agarre una Sucesin bien gorda. Pero la cosa no sala as, y anduvimos lo mismo tres aos y no traa dinero casi nada y lo nico que cambi es que yo no mantena al estudiante sino al abogado sin pleito, hasta que la cuestin se puso fea cuando el patrn nos reuni y nos dijo que este contrabando de mierda est matando nuestra linda empresa y con el dolor de su alma tena que reducir personal, y primero le toc a las costureras solteras y despus a las casadas sin hijos y as noms me vi en la calle. Qu situacin fea pasamos, y nos mudamos una casa ms chica, por el alquiler, y l traa el dinero a puitos que no alcanzaba para nada, y yo tena que salir a hacer de todo, encargada de limpieza del tercer piso del Banco Platense, y me daban andut en consignacin para vender a los turistas de los hoteles e hice de todo menos putear a Dios gracias, y todo por este infeliz de mierda. Yo le hice gente, y yo le aliment y le puse en el camino, y cre aquella vez que terminaban las vacas flacas cuando me dijo que el Dr. Celestino le haca llamar y que le soplaron que era por un cargo, y era un cargo efectivamente y esa noche me agarraba de la cintura y me haca bailar y yo le preguntaba qu era su trabajo y l me deca qu trabajo mi amor, el trabajo es lo de menos, alrededor del Dr. Celestino da vueltas la plata y vas a ver cmo tu marido se sube a la calesita. Claro que subi noms porque en menos de dos aos tenamos una casa propia y un auto, y no me haca faltar nada, pero nada de sacarme el espiral. Por la falta que haca porque se olvidaba por meses de satisfacerme y cuando yo le preguntaba qu pasaba me deca que estaba mortalmente cansado, porque el Dr. Celestino era generoso pero exigente y tena que vivir pegado a l, que andaba de aqu para all sin cansarse nunca y con aquellos amigos que andaban a los codazos para andar cerca del Dr. Celestino, y l no poda permitir de ninguna manera que le dejen atrs. Y no se qued nada de atrs, porque se peg al Dr. Celestino como una estampilla, y su vida no era su vida sino la vida de la sombra del Doctor, y su casa no era su casa sino la posada donde dorma si el Dr. Celestino no le llevaba o no le mandaba en alguna misin. Y otra vez nos mudamos de casa, pero alquilada porque ya comenz la construccin de esta casa de porquera, y tambin empez mi destruccin porque el tipo ya tena plata y ya tena poder y la plata y el poder no brillan nada si el muy macho no tiene alquilado un departamento donde tiene alquilada una modelo jovencita de 18 aos ms puta que modelo, y despus otra y otra porque donde hay plata las chiquilinas puercas vienen volando como moscas hacia la miel y l se revolcaba con su dinero y la carne joven, y yo caminando para vieja, pero diciendo pobre, que es como todos los hombres que cabezudean y se desquitan de la miseria, pero despus se cansan y vuelven al hogar, por lo menos al hogar, porque familia no le di porque cuando me quit el espiral y consegu como por compasin que me haga el amor yo ya estaba seca, o ya estaba vieja. Dios mo, yo no quera ver eso, ni cuando el desgraciado le reemplaz al Dr. 
Celestino en el puesto y se convirti en otro Dr. Celestino que se hace lamer por los adulones y le hace temblar a sus contrarios, y se va a Miami o a Cambori con la podridita de turno, y yo dale que dale con mi esperanza y gastando plata en el Instituto de belleza y hacindome planchar esta cara intil en Buenos Aires. Y todo para qu, para que venga esta vieja loca sabia maligna generosa como mi ngel de la Guarda que me dice que estoy vaca, que estoy vencida y que soy la vieja, y la risa de mis amigas y la compasin de los extraos, como de esa vieja. Esa vieja que me dijo que voy a verle otra vez, porque ella tiene una salida para m y escapar de esta miseria de vivir y no vivir en este lujo podrido que no me sirve de nada. 



Mateo Ramrez
Miro a m alrededor y el inventario de mi miserable pieza de pensin me golpea la cara como un insulto. La cama sin elsticos, el colchn que huele a claudicacin, la mesa coja, la nica silla que a la vez me sirve de percha, y haciendo de ropero, mi querida valija de cuero, en el suelo, recuerdo de tiempos mejores. La patrona me sirve comida slo cuando se la pago al contado, es decir, casi nunca. Para cagar, debo bajar por una escalera de caracol de las que ya no se ven, y alcanzar la letrina y felicitarme si no est ocupada, porque somos muchos los pensionistas. A veces me es ms cmodo hacerlo aqu mismo, sobre un papel diario, hacer un paquete y llevarlo despus. Dios mo, qu bajo cae uno cuando cae. Ser porque no hay intermedios ni medias tintas. Se cae o no se cae. Lo diferente est en la miseria, que unas veces es fsica y moral. Otras slo moral. Y otras slo fsica. Y quizs haya ms, y si hay ms, acumulen sobre m todas las miserias del mundo, y todava sobrar espacio. Vaya que estoy masoquista hoy. Pero la razn del inventario de mi pieza no es el masoquismo, sino la invitacin de la vieja loca. Quiere que me mude a su casona. La idea me atrae, porque ella dej bien sentado que no haba compromiso alguno de mi parte. Slo vivir all, compartir su comida. Vivir en cualquiera de las piezas, entrar y salir cuando se me antoje. Nada de podar ligustrinas ni regar el csped ni destupir caeras ni cambiarle cueritos a las canillas. Le pregunt la razn y me dijo que ninguna. Que no se morira de pena si me negaba ni de alegra si consenta. Simplemente te estoy reclutando, me dijo. Y no entend qu quera decir. Quizs ella tampoco se entienda. Lo cierto es que me invit, y aclar que no sera el nico, porque ya tena otro candidato, en realidad, otra candidata. Quizs otra bala perdida como yo, porque la intencin se nota. Esta seora parece empeada en alguna misin. Cierro los ojos y la veo dndole al remo en un bote salvavidas, recogiendo nufragos. Nufragos. La palabra no es ma, es de ella, cuando me pidi que la ayudara. Lo dijo ms finamente pero entend su pedido como algo as que saliera a recoger escoria humana y se la llevara. De modo que de reclutado me estaba haciendo reclutador, y trato de entender y me hago un lo. Filntropa (?) no es, ni tiene el tipo maternal de la gran dama que vive haciendo caridad, porque ni ella es gran dama ni su caridad esponjada de olor a cirio de altares. No. Ni caridad, ni solidaridad. Simplemente que hay sitio de sobra en su casa y ella lo ofrece, pero para merecer vivir en esa gran mansin hay que demostrar que de ninguna manera se merece vivir en una gran mansin o que ni siquiera se merece vivir. Le pedir explicaciones ms adelante. Mientras tanto, mi dilema es si le hablo o no le hablo de mi descubrimiento, es decir, de Vitalino, un candidato ms que ideal para ser reclutado. Cualquiera que diga que lo encontr en la Plaza Uruguaya, da en el clavo. Estaba tan harapiento que a su lado yo pareca un caballero listo para ir al Centenario en una fiesta de Nochebuena. Nunca vi sujeto ms calvo. Ni un pelo, y me dije que Dios es grande al privarle de cabellos, porque, sucio como era, los hubiera tenido grasientos y enmaraados. Tampoco tena dientes. Y all terminaban sus carencias, o mejor dicho, all empezaban, porque el resto no era nada, es decir, era nada con figura humana. Ochenta aos. Un traje negro que ya tena color de tierra, camisa que fue blanca, corbata que fue corbata, y zapato que fue zapato. A pesar de todo, en esa misma vestimenta que ya no era, haba un deseo de integridad, de conservar una estampa, de lucir como una persona respetable. Claro, con lamentable resultado, porque no hay nada ms triste y desalentador que la elegancia reducida a ruina. Estaba sentado en un banco de la plaza y sostena en la mano una cajita de ballenitas. Le pregunt estpidamente si venda ballenitas, mir mi facha, lleg a la conclusin que yo estaba lejos de necesitar ballenitas para el cuello, y no me contest. Me sent a su lado, y nos pusimos a mirar nada. Que ese es uno de mis secretos. Si quiero ver gente voy a otro sitio. Si quiero ver nada voy a la Plaza Uruguaya, quizs porque todo es transitorio, la gente y los jardines que se pisotean. Slo son permanentes esas lamentables copias de estatuas griegas, que si tienen alma, la deben tener saturadas de rencor por el sitio donde han venido a parar.
-Lo suelo ver por aqu -me dijo de pronto.
-Yo no -le contest.
Guard un silencio de dos minutos, y luego seal:
-No es nada raro. La gente ve slo lo que quiere ver.
-Quin quiere ver a un viejo vendedor de ballenitas?
-De acuerdo, no es un espectculo.
-Ud. tampoco. Qu le pas a sus manos?
-Un accidente.
-Mejor hubiera perdido las bolas. Las manos son importantes. Al menos creo yo.
Me obligu a pensar qu habra sido de m, cmo hubiera tocado, convertido en un violinista castrado. Tema de reflexin que dej para despus.
-Aparte de vender ballenitas... qu hace?
-No hay aparte de vender ballenitas. Todo es vender ballenitas.
-Y el resto?
-Qu resto?
-De su tiempo...
-Qu tiempo?
No quera hablar. No, no tena de qu hablar. Si un hombre ya ni da valor al tiempo, es que ha perdido todo. Pero viva. Tena vida. Y la vida no se detiene en el tiempo como un tren averiado en una va muerta. La vida contina, aunque sin objeto, por inercia, rodando por una pendiente que termina en una fosa, pero rodando. El movimiento se demuestra andando. 
La vida tambin, aunque sea andando hacia la tumba.
-Mire, don -le dije en un tono un poco irritado-. Usted vive, no? 
Viene de alguna parte y no me diga para dnde va, que ya lo s.
-Me cago en su filosofa -me replic.
Manera no muy refinada de decirme que le dejara en paz, mirando nada. 
Viviendo nada. Pero para mi sorpresa, abri una pequea compuerta en su hermetismo.
-No tengo sitio en ninguna parte -me dijo.
-A qu se refiere?
-A mi edad. Soy culpable de ser viejo. Y me juzgaron, todos, en el fondo de su corazn, y me condenaron a la soledad.
-Dnde vive?
-Con mi hija y mi yerno y mis nietos.
-Entonces... de qu soledad habla?
-De la peor. La de estar acompaado y no ser tenido en cuenta. La de sentarse en una mesa y ser mirado como una molestia. La de enfermarse y or que cuando traen el remedio de la farmacia murmuran a ver si cundo revienta.
-No le aman?
-Amamos lo que nos molesta, lo que nos irrita? Esta maana estaba sentado aqu mismo, y vino a sentarse a mi lado un soldadito que escuchaba una radio porttil. Hablaba alguien que deca que en 1940 la esperanza de vida era de 51 aos, y que ahora es de 65 aos. Esperanza de vida, se da cuenta? A eso se reduce la esperanza? A acumular aos? Aos para qu? 
Eh? Para qu? Me da una respuesta, seor filsofo?
-No se las tom conmigo, seor. Adems no s qu respuesta quiere.
-Si los aos que acumulamos son vacos... de qu sirven? Esperanza de vida! Qu pelotudez!
-Debo entender que vive rodeado de gente insensible?
-No, que vivo rodeado de gente, simplemente. Ante la vejez, son todos iguales. Quizs ven en nosotros lo que sern ellos dentro de algunos aos. 
Y no nos rechazan a nosotros, rechazan la vejez, la apartan de su camino y de su vista. Y tienen razn. Llegar a viejo, amigo, no es la culminacin de una esperanza. Es el cumplimiento de una maldicin. 
Esperanza de vida!
-Parece que quiere dar la impresin de que es Usted un caso perdido.
-En todo caso, soy un caso -y se ri sin alegra y sin dientes de su juego de palabras.
-Cmo ha llegado a esto?
-No llegu. Fui trado, empujado por los aos.
-Aos de qu?
-Aos, sencillamente aos.
-Pero dentro de los aos se contiene nuestra historia.
-Y Ud. quiere conocer la ma?
-Por qu no?
-No existe.
Me sent algo as como burlado. El viejo me estaba tomando del pelo, o realmente era un caso perdido, tan perdido que haba renunciado a su historia.
-Vamos! -dije-. No me va a hacer creer que no tiene historia.
-Yo no dije eso. Sencillamente ocurre que hay hombres con historias que vale la pena recordar, y hombres cuya historia es mejor olvidarla.
-Su caso?
-Mi caso.
-Por qu?
-Porque mi historia es lisa, ancha, infinita. Un desierto plano. Un desierto para trtaros que siempre vienen de alguna parte y van a ninguna parte. No hay aristas, no hay montaas, manantiales ni palmeras ni playas, nada. Dios desperdici una vida en m. Se la hubiera dado a otro.
-No, no, no -negu tres veces-. Usted me toma del pelo. No existen hombres sin historias. Aunque haya tenido una infancia nauseabunda y una podrida juventud, ha tenido infancia y juventud. Ah est su historia.
-Es que no recuerdo. 
Estaba empezando a sulfurarme.
-Vamos a poner en claro algo. Se est burlando de m?
-Mrese la facha, hombre. Merece que alguien se tome la molestia de burlarse de usted?
-Ahora me ofende.
-No me diga que todava tiene capacidad de ofenderse! Pero le he dicho la verdad -levant solemnemente la mano- de basura a basura.
-Nada de nostalgia entonces? La primera comunin? El chocolate en casa de la ta? Nacimientos y muertes? Cunas y tumbas? Sufrimientos y alegras?
-Nada. Todo alisado por el tiempo, o por la arteriosclerosis que se meti en mi cerebro como cupi'is que comieron mi memoria.
-Ud. finge. Cmo es tan lcido como para hacer tan bien el idiota? 
Ud. habla bien. Me engaa. Un hombre que olvid su historia tambin olvida su experiencia. Y Ud. es pozo de experiencias.
-Piense lo que quiera.
-Pensar que Ud. es un misterio.
-Qu cursi!
-No tanto. A lo mejor Ud. naci simplemente para ser un misterio.
-Tal vez no tanto. En realidad, recuerdo algo. Creo que en mi juventud fui anarquista.
-Y despus?
-No hay despus. No puse bombas, ni escrib poemas iconoclastas, ni acech a nadie en la noche con un pual bajo la capa.
-Y cundo dej de ser anarquista?
-Quin le dijo que dej de serlo?
-Lo sigue siendo?
-Por qu no? Lo que uno fue, lo es siempre. Le voy a contar un secreto. Cuando veo un mitin poltico siento ganas de poner una bomba. 
Pero dnde voy a conseguir una bomba yo? Entonces me mezclo entre la gente y suelto un pedo. A propsito, si una habilidad tengo es lanzar flatulencias a voluntad, como si tuviera una garrafa en la barriga.
Recin entonces me convenc de que desde el principio, el viejo aquel se estaba dando la gran fiesta conmigo. Lo curioso era que haca de la verdad un crudo patetismo y del patetismo un arma para agredir y burlarse. 
Mezclaba realidad y fantasa, dolor y burla, desconsuelo e ira. Y el resultado daba un anciano impenetrable. Pero eso s, de rica vida interior, tal vez una riqueza abonada por gusanos, pero riqueza al fin. 
Por eso lo anot como candidato, y le ped su direccin. De alguna manera, este caballero senil con la velocidad mental de un esgrimista, hara buena pareja con la vieja loca que recoga escoria en su casa, sin saber por qu, ni para qu. De suerte que le ped su nombre para anotarlo.
-Vitalino Surez -me dijo.



Esther Landaburu
Escribi en su libreta: Mateo Ramrez. Rosanna. Suspir. Slo dos nombres. Sonri despus porque pens que ya vuelvo a tener familia. 
Familia de carne y hueso. Mateo no tiene otro camino que venir y tambin Rosanna. Pero son pocos, se deca, y como de costumbre, hablaba sola.
-Son pocos an. Porque yo no los elijo. Tienen que venir, algunos rodando, otros perseguidos por la ciudad que no los acepta, o los acepta y los encasilla, hasta que se rebelan, como Rosanna. Pobre Rosanna. Ya s de qu terminar huyendo, pero no s de quin. Claro, de su marido, el exitoso Adrin Salinas. Qu caso, seor mo, el xito. Eleva al marido y aplasta a una mujer. Suerte que no me cas. No, lstima que no me cas, pero hubiera sido horrible tener un marido de xito. Pienso que una mujer casada puede competir con otra mujer por su marido. Pero no puede competir con el xito, porque el xito lo trasplanta a otro mundo, donde lo convierte en otro hombre, extrao, distante, siempre con prisa. De irse, no de regresar. Pobre Rosanna. Esta noche voy a tener el gusto de conocer a su Adrin. Da una conferencia no recuerdo sobre qu. Pero vale la pena ir, conocerlo, porque al final de cuentas, le voy a arrebatar su mujer.
Sali de su casa cuando empezaba a obscurecer, y sali temprano, porque pensaba ser de las primeras en llegar para ocupar un buen sitio, para ver y escuchar. Mientras caminaba por las calles atestadas del centro, iba murmurando para s misma...
-Seor Adrin Salinas. Qu fcil es decir su nombre mil veces escrito en los diarios y cien veces repetido por las radios. Ud. tiene el honor de contar en su auditorio con la presencia de Esther Landaburu, la ltima de los Landaburu, la ltima flor de un ms refinado linaje que el de Adrin Salinas, a quien imagino, Dios me perdone, como hijo natural de Mara Salinas y padre desconocido.
Se detuvo en una esquina. O sus pensamientos la detuvieron, porque surgi de lo profundo de su conciencia una pregunta que mereca su atencin.
-Todava sos suficientemente mundana como para ser hostil al xito ajeno? Envidia, Esther?
-No -se contest a s misma-. Curiosidad. Pido perdn por haber pensado que Adrin Salinas es un bastardo. Aunque bien podra serlo. Y no soy hostil al xito, sino a los recursos que se usan para llegar al xito. 
Me parece or a pap cuando digo esto. Sola decir que hay que distinguir entre un hombre de carrera y un hombre que corre. El que corre llega primero. Yo era joven y no le entenda. Ahora s, pobre pap, tan sabio para sentenciar y tan diestro para ganar dinero. Curioso, mi pap. Pero aqu estamos. Veamos cmo es este seor Adrin Salinas.
Lleg al moderno edificio en cuyo saln de actos iba a dictar su conferencia Adrin Salinas. Le desalent mucho encontrarse con un gento que se apretujaba en la entrada del saln, pero para su agradable sorpresa, el saln estaba vaco, de modo que tuvo la comodidad de elegir un buen asiento en la primera fila. Un hombre joven, flaco, de ojos saltones y con el pelo erizado como si estuviera soportando un ventarrn se sent a su lado, la mir con sus grandes ojos de desvado color celeste y le pregunt:
-Seora, es Ud. de la claque?
-Qu claque?
-La claque! -repiti furioso el joven que pareca posedo de una energa elctrica que le sala por los poros.
-Por favor, joven, no se enoje, pero no s de qu claque me habla.
-Entonces... Por qu diablos se sienta en primera fila? Est ciega? 
Est gag? -revoleaba las manos de dedos plidos y largos, se mesaba los cabellos, se recuperaba la saliva que mojaba los labios al hablar con nerviosos lengetazos-. No ve la gente apretujada en la entrada? No ve? 
No ve?
-Dgame, joven Est Ud. enfermo?
-Podrido, seora, podrido es la palabra.
-Pdrase todo lo que quiera. Pero no se las tome conmigo.
-Pero Ud. ha venido a sentarse en la primera fila! -aull el joven, que pareca a punto de sufrir un ataque-. Mire, mire! All en la entrada. 
El gento. Nadie ha venido a sentarse, porque hay que estar all afuera, a ver si no se da la suerte de que Adrin le vea al llegar, le pase la mano al llegar, tome nota de que ha estado en su conferencia.
-Ah, y Ud. supone que...
-Supone! Supone! Lo s!
-Ya!, la primera fila es para los amigos...
-La claque! La corte! El entorno! El crculo ulico!
-Le agradecera que no me escupa tanto.
-Es que est en la primera fila! -lo deca como si fuera un pecado mortal, y l un sacerdote fulminando anatemas.
-S, s, ya s. Y Ud. considera prudente que me traslade ms atrs.
-Prudente! -lanz una carcajada que rebot por todo el gran saln, y se peinaba los cabellos con los dedos y los cabellos volvan inexorablemente a su posicin vertical.
Esther se levant de su asiento, camin por el pasillo entre las butacas. Estuvo a punto de sentarse en la tercera fila, pero lo pens mejor y se sent en la quinta. Mir al joven y vio que este a su vez la miraba con aire aprobador. Ella trat de hacerse or.
-Y Ud. es de la claque?
La risa de aquel elctrico joven de ojos saltones explot esparciendo una neblina de saliva. Menos mal que me alej, pens la mujer.
-Si no es la claque... Por qu est ah?
-No me pregunte por qu, sino para qu.
-Est bien, para qu.
-Para que me echen.
-De modo que es masoquista.
-No, no soy masoquista -ahora se pona travieso, riendo entre dientes, y empujando tanto los ojos hacia afuera que Esther tema que saltaran como el corcho de una botella de sidra. -Adivine lo que soy -se haba levantado para ponerse de rodillas sobre la silla y acodndose en el respaldo como en un balcn.
-Soy mala para las adivinanzas, joven.
-Qu abuela estpida! No se me ve que soy un resentido?
Prefiri callar. Aquel pobre muchacho posiblemente estuviera demente. 
Soy un resentido. Nadie dice soy un resentido, y menos, como este pobre diablo frentico por nada. Debe ser un poeta, pens, atenta a aquello de los poetas son en general un poco locos. Haba decidido cortar la conversacin tan poco ortodoxa, pero se dio cuenta de que el joven la tena enfocada con sus afiebrados ojos interrogantes. Qu haba dicho? 
Que soy un resentido. Estaba esperando una respuesta, u otra pregunta.
-Espero que se le pase pronto... 
Salt como si le hubieran herido de una pedrada, descendi de la silla y se aproxim a paso de carga. Traa violencia, y Esther tuvo miedo. 
Pero el joven se detuvo frente a ella, con los brazos en jarras y una expresin ofendida.
-Seora -dijo, con rabia apenas contenida- el resentimiento no es un resfro que pasa pronto! Es un veneno que nos corroe las entraas! Un txico! Y una droga! Eso! El resentimiento es una droga, y yo soy un adicto! Qu le parece?
-Es cosa suya...
El muchacho iba a replicar, cuando observ que la gente empezaba a entrar, como un torrente siguiendo la huella luminosa de Adrin Salinas. 
Velozmente, fue de nuevo a sentarse en la primera fila, en busca de su extraa satisfaccin de ser echado de ella.
Lo echaron.
Y vino a sentarse junto a Esther con una expresin de felicidad en la cara. Es masoquista, se dijo Esther. Est tragando la humillacin con el deleite de un tigre masticando un trozo de carne.
Habl el presentador, haciendo el elogio del conferenciante. Cuando termin, el joven le susurr al odo a Esther.
-Oy? Al lado de nuestro Adrin, Nietzsche es una caca de pajarito.
-Mire que es resentido Ud.
-Gracias -agradeci como un cumplido.
El Dr. Adrin Salinas inici su charla, ante un silencio casi religioso. Dur dos horas, y un cerrado aplauso rubric el final.
Esther se abri paso trabajosamente entre el gento. Cuando lleg a la calle, se encontr de nuevo con el desmelenado muchacho.
-Qu le pareci? -requiri el joven.
-Y qu le pareci a Ud.? -pregunt a su vez Esther.
-Habl mucho -dijo el joven.
-Eso o. 
-Y no dijo nada.
-Pero los aplausos...
-Los aplausos! Los aplausos! -exclam escandalizado el joven, zarandendola de los brazos.
Ella se solt de sus garras.
-Mire que si se pone impertinente...
-Perdn, seora. No puedo con mi genio. Pero Ud. debera ser un poco menos lela. Si yo voy a su casa y bato mis palmas en el portn... la estoy aplaudiendo? No! No tengo una razn para aplaudirle! Estos papanatas tampoco!
-Pero aplaudieron, no?
-Sin razn.
-Cmo?
-Por misin. A-lie-na-cin! Escuche -mir alrededor como si fuera a decir un secreto- estamos tan saturados de vaciedades que ya no buscamos la idea de aplaudir. Buscamos el momento, y a quin. Clarito. No?
-Ud. pretende saber mucho, joven.
-Pretende? Dijo pretende? -su cara se haba puesto roja como si hubiera recibido un bofetn- No pretendo, doa, s mucho! Soy Doctor en Historia y Licenciado en Filosofa.
-Pero le echaron de la primera fila.
-Me echan de todas partes. Es que los efectos pasaron a ser causas y las causas efectos. Y si Ud. no entiende, me importa un pito. Me entiendo yo. Y a propsito, seora... qu le pareci nuestro conferencista?
La miraba como si su vida misma dependiera de la respuesta. Si elogio a Adrin, me mata, pens Esther. Y pens tambin que Adrin no mereca elogio alguno. Y otra vez vino en su ayuda su padre, sentencioso, con las manos en los bolsillos y sacando la panza para ostentar con mayor garbo la cadena de oro del reloj. Qu haba dicho su padre? Ah. S. Hay hombres hechos y hay (3) hombres fabricados.
-Me parece un hombre fabricado -dijo. 
-Seora! Me descubro ante su sapiencia.
-No es ma, es de mi padre.
-Entonces me descubro ante el genial caballero!
-Muri hace tiempo.
-Me descubro ante su memoria!
-Le agradezco. Y ahora, joven dgame por qu es Ud. un resentido.
-Me agrada Ud. abuela. Fjese, hasta me ha calmado. La invito a tomar algo y Ud. paga.
-Siempre anda as...?
-Cmo?
-Tan... frentico?
-Debo estar medio loco, seora. Yo persigo un sueo pero al mismo tiempo me persigue una jaura. Y me angustio doble, porque el sueo est demasiado lejos y la jaura demasiado cerca. Dios se burla de m, seora. 
l organiz el mundo entre cazadores y cazados. Yo soy cazador y cazado al mismo tiempo. Pero tomamos o no tomamos el bendito caf?
Caminaron juntos unas cuadras. Ella observando a su extrao nuevo amigo. l, con las manos en los bolsillos, la corbata torcida, el cabello color tierra erizado, los ojos como contemplando una escena espantosa. 
Entraron a un restaurante. Ella pidi un caf, y l un caf con leche con gran cantidad de medias lunas que devor en segundos. Satisfecho, eruct sin pudor alguno.
-Cunteme. Es Ud. joven. Tiene padres?
-Uno que engendr y otra que me pari.
-No hable as.
-Me cri mi abuela. Ellos se separaron. Figrese. Se ayuntaron, me plantaron en el mundo. Ella dijo que esta vida no es vida y se fue. l dijo... y qu hago yo con este mocoso? El mocoso era yo. Me entreg a su madre, mi abuela, y tambin se march. La obsesin de mi abuela era que yo fuera un hombre de provecho y rezaba para que el nieto no le saliera tan amoral como la madre y tan hijo de puta como el padre. Bueno, por hombre de provecho ella entenda un joven educado, instruido, con un buen puesto y con un buen sueldo. Fue generosa conmigo. Me ayud a estudiar, bendita sea su memoria.
-Por fin se ha vuelto humano!
-Por mi abuela? Mire, si estoy sentado aqu, es porque Ud. es sedante. No es abuela, pero es abuela. Me calma, me seda. Estoy aqu, tranquilo, en paz, cuando debera estar en otro sitio, pateando algo, puteando contra alguien, escupiendo contra algn monumento. Mi abuela... 
es lo nico digno en mi vida. Muri y me desencaden. Ya no tena a quin rendir cuentas. Ya no tena ante quin avergonzarme. Galopo por la vida como un potro al que le han puesto un cigarro encendido en el ano, dando coces y relinchos. No me puedo detener, maldita sea la inteligencia.
-Maldice la inteligencia?
-Es el cigarro encendido en mi ano.
-Vaya!
-Me ha robado la paz, me ha robado el sosiego. Me prohbe la quietud y la reflexin.
-Pero, hijo, la inteligencia es...
-No me diga, no me diga.
-La inteligencia ilumina, seor mo!
-Exacto, doa. Ilumina. Y qu me dice si le digo que mis poderosos faros slo me muestran que estoy hundido hasta el cuello en la mediocridad? Y que si no soy mediocre yo tambin, me ahogo? Pero tengo que vivir en el mundo!, no? Y se pregunta... por qu no me adapto? Y qu es la adaptacin, le pregunto yo? Rendir pleitesa a la mediocridad, inclinarme ante los Adrin Salinas! Pero no puedo! La inteligencia nos suelda el espinazo, seora! Qu me dice?
-Que le compadezco mucho, joven.
-Gracias, abuela.
-Vive solo?
-S, en mi casa y en la calle y en el mundo.
-Necesita compaa. 
-Pienso ir a buscarla al Manicomio. Cuando no se encuentra la razn en ninguna parte, la locura ha de ser buena compaa.
-No. Ud. necesita a su abuela.
-Ya no est.
-Puede encontrar otra.
-Ud.?
-Por qu no?
-Pero... no me encuentra insoportable?
-No encuentro nada que un poco de compaa no pueda curar.
-No trabajo. No tengo dinero.
-No necesita trabajar y yo tengo dinero...
-Qu me est proponiendo?
-Casa, comida, compaa, y si quiere llamarme abuela, llmame. Cmo se llama?
-Vctor Lazarte.
El joven la mir con aire de duda. En el afiebrado mundo que se haba creado en torno, aquella mujer pareca fuera de foco, absurda como un sueo, sin sentido como una divagacin de borracho. Casa, comida, compaa. Y paz?
-Tambin me dar paz?
-Qu es la paz, joven?
-Estar contento de estar aqu y ahora.
-El aqu y ahora, se los puedo dar. La paz tendr Ud. que encontrarla.
-Y cmo es el aqu?
-Una casa vaca y grande, llena de fantasmas.
-Fantasmas? Seres sin carne, huesos, ni apetitos ni competencias, ni postergaciones, ni injusticias, ni hombres fabricados ni claques de primera fila. Por qu no?
-Acepto, seora.
Lo dijo con un tono de finalidad. Pero ni l mismo, saba si por fin haba alcanzado la ilusin, o si la jaura lo haba alcanzado a l. 



Vctor Lazarte
Abuela, soy Vctor, tengo que contarte. Perdona que no me ponga de rodillas, porque soy tanto hueso que me duele. As que me siento, aqu, delante de lo que queda de vos. No te traje flores, ni una vela. No tienen significado, abuela. Slo nosotros dos, y la tumba en este laberinto que ni siquiera huele a la sacralidad de la muerte, sino a la bestialidad de la caca. Tengo que pensar, tengo que averiguar, abuela, en la motivacin profunda de los que defecan en los cementerios. Pero divago, abuela. Y me olvido de pedirte perdn. No tengo empleo, no soy un joven brillante, pretend mostrar que soy inteligente, que tengo talento, y me miraron como si estuviera loco. Perd mi empleo porque llegu diez minutos tarde, abuela. Bueno, los diez minutos no fueron la causa, sino la reaccin del Jefe, que me dio una filpica por llegar diez minutos tarde. Yo le pregunt sencillamente qu significaba diez minutos en la vida de un hombre, y me sali con un sermn sobre la disciplina, la puntualidad, el deber, la contraccin al trabajo. Y yo le dije, conforme, pero no me explic qu significa diez mseros minutos de llegada tarda, y me dijo que no eran los diez minutos, sino mi rebelda, mi poco inters en el trabajo. Me dio rabia, y le pregunt si qu significacin merece l cuando permanece quince minutos en el bao. Se ofendi. Me ech. As es la cosa, abuela. Pretendo que todo sea lgico y me miran como un bicho raro. 
Defiendo mis puntos de vista y me echan. Debo ser un anormal en mundo de normales o un normal en un mundo de anormales, pero no quepo, no encajo, no me acomodo. Pienso, racionalizo, abuela, me pregunto qu voy a hacer de mi vida, o con mi vida, y siempre llego a la conclusin de que tratar de amoldarme a las circunstancias es como tratar de meter un paraguas en una caja de zapatos. Debo estar loco, abuela. Herencia. Algn desarticulado gene materno o algn gene zurdo paterno, y me hicieron al revs, quiero que el mundo sea armonioso para que yo pasee cantando por sus avenidas, y el mundo quiere que yo sea una lagartija que huya por sus stanos. Puede ser la herencia, abuela? No hay respuestas. Metempsicosis, transmigracin de las almas. Hered un alma que vino a encarnarse en m, abuela, pero se equivoc de camino, se equivoc de poca. Debi aterrizar en la Edad de Oro, pero peg un tropezn y aterriz aqu, estpida condenada a ser un alma forastera de su tiempo. Vaya, vaya, abuela, que suerte la ma. Extranjero en el mundo. Aprend el idioma, aprend la palabra, quise comunicarme. Pero no aceptan mi voz! No recibimos voces aisladas joven. Vaya a mezclar su voz con el rumor, los aullidos, los hurras y los vivas y podr entrar. Me sulfur y sal a buscar descontentos para unir mi grito al de ellos, pero me encontr con que los descontentos estn mudos. Parece que la furia no se grita, abuela. Se traga. Mala suerte. No me convocan, pero lo mismo voy, y apenas digo oiga, yo... me miran escandalizados. No comprendo por qu, hasta que alguien me explica que yo es una mala palabra. Y me reprocho: Quin soy yo para ser yo? Debo fundirme lo ms rpidamente posible en la turba, la claque, la organizacin, el grupo, el crculo. Volverme sin nombre, como una abeja en un panal, y contribuir con mi zumbidito propio al gran zumbido. Pero no puedo. Soy demasiado yo, enfermizamente yo, msticamente, apasionadamente yo. Integridad o locura. No s. Pero apareci la vieja seora, no quiere ser mi abuela, pero no le molesta que le diga abuela. No me pone en entredicho, no me juzga, no me compadece, no me ama ni me odia, ni me aprecia ni me desprecia, pero me acepta. Por fin alguien me acepta. 
Dormir bajo su techo y comer de su mesa. Yo no s por qu. Y sospecho que ella tampoco. Un caso raro, abuela. La gente tiene razn para hacer algo. Ella hace las cosas por inercia, o porque no hay otra cosa que hacer. O por alguna razn profunda que no atino a comprender. Pero no me preocupa. Alguien me ha tratado como un ser humano. Una experiencia nueva. 
Vale la pena investigarla. 



Vitalino Surez
-Escchame, hija, aunque fuera por una vez. Por favor, deja de pelar esas papas y escucha a tu padre. Me ests escuchando? No, por favor, no me mires con fastidio. No me duele nada. Quieres dejar de pelar esas malditas papas? Est bien, hijita, no te enojes, sigue dndole a la papa, a la bendita papa, pero escchame. Encontr un nuevo amigo. Da risa, verdad? A mi edad un nuevo amigo. En realidad, no lo encontr, tropec con l, o l tropez conmigo. Tipo raro, es violinista, pero no tiene manos de violinista. Sus manos parecen las garras de una comadreja, pobre. Me ests escuchando, hija? Te dije que tiene el pobre las manos de una comadreja y no me preguntas cmo es eso. No tienes curiosidad o yo te provoco fastidio. Qu pena, hija, antes no nos tratbamos as. Qu se hizo del cario?, hija? No me digas adnde fue, ya lo s. No vamos a lastimarnos con reproches. Deja que tire esas cscaras en el basurero. 
As. Pero debes escucharme, hija, porque quizs sea la ltima vez que hablemos. Por qu me miras as? Qu veo en tus ojos? No alarma, parece alivio. Presumo que ests adivinando que me voy. No al ms all, toco madera. Me voy de esta casa. Ahora s que veo alivio en tus ojos. No te reprocho. No soy lo que se dice un adorno en tu casa, lo s desde hace tiempo, y aunque tu casa es en realidad mi casa, es tu casa. Yo tengo el ttulo, y vos y mis nietos la posesin, y eso vale ms. El ttulo es un papel, hijita, la posesin es una impregnacin de la vida en las paredes y en los rincones. Antes estaba impregnada de m y de tu madre. Aqu nos mudamos cuando nos casamos. Despus ella se fue y las paredes dejaron de oler a su piel y a su jabn de bao. Qued mi olor a soledad, y al sudor de mi esfuerzo, a mi trabajo. Cuando ella se fue, me quedaste vos, hija. Y te casaste con el bueno de Jos. Tuvieron hijos y empezaron a impregnar todo de vida nueva. No encontr ms aquel viejo olor del viejo amor y la antigua compaa, como del almidn de los encajes. Cambiaron los muebles. Me quej yo? eh? Respndeme, hijita, no me quej, aunque buscaba el olor de la madera vieja y aspiraba y aspiraba a plstico y pegamento. Cosas que duelen muy en la intimidad, hija. Ya no haba esencias leves que me suscitaran recuerdos, sino efluvios nuevos, talco Jhonson para el beb. Desodorante en spray. Con tu mam usbamos limn. 
Me ests escuchando? Quieres dejar de hacer tanto ruido con esa maldita batidora de huevos? Te dije que no me quej, porque todo andaba bien. Yo iba al trabajo y molestaba poco, y sonrea cuando notaba que era cada vez menos propietario y cada vez ms husped. As es la vida, me deca y me digo. Pero el desastre empez cuando hicieron el acto aquel. Me entregaron un reloj de oro y un pergamino y con palmaditas de afecto me dijeron que era una pena que me fuera, que iban a sentir mucho mi (4) ausencia, pero que mereca un descanso. Yo haba peleado. Le dije al patrn que una cosa es merecer el descanso y otra es no querer el descanso. Porque a mis 65 aos el descanso era una condena. A enmohecerme y envejecer de veras, a tener realmente la edad que se tiene, y que se oculta mientras uno tiene una razn para vivir. Pero me jubilaron noms, con aquel sueldo que entonces era potable, y ahora apenas da para una camisa nueva, de costurera, no de marca. Quieres que te ralle el queso? Est bien, tal vez no sirva ya ni para eso. Pero sgueme en lo que te estoy diciendo, hija, porque es importante. Te deca del asunto aquel de la jubilacin. Muerte laboral, pero ms dura que la muerte-muerte, porque uno vive pero no sabe para qu. Los esquimales son ms inteligentes. Cuando los viejos ya no pueden salir a cazar y las viejas ya no pueden parir, les arrancan los dientes y los sientan a mascar pieles de oso, para ablandarlas. Yo me jubil, nadie me dio una piel de oso para mascar. Y el tiempo, querida hija. El tiempo del viejo que no tiene nada que hacer, un Sahara entre el amanecer y el crepsculo, una nada que camina arrastrando los pies a travs de las horas. Las horas todas iguales, porque lo mismo da que sean las nueve de la maana o las cinco de la tarde, porque nadie espera nada de uno, ni siquiera uno espera nada de s mismo, slo mirar el reloj y ver que pasan las horas y preguntarse para qu pasan y decirse una mentira, como qu me importa, mentira, porque importa. Los objetos materiales no tienen peso en el vaco. Yo tampoco tengo peso en el vaco, y el que no tiene peso no tiene substancia. Me ests escuchando, hija? 
Conoc al violinista con manos de comadreja. Sujeto raro. Me invit a vivir en una gran mansin. No la suya. De una seora que no sabe por qu hace lo que hace. Pero si entend bien, vive rodeada de fantasmas y quiere cambiar un poco y vivir rodeada de candidatos a fantasmas, como yo, como l, y no s cuntos ms. Acept el convite, hija. Y cmo duele ese alivio que brilla en tus ojos. No. No. No. No lo niegues. Hay amores que terminan en un tolerable sosiego. Hay amores que terminan en la irritacin. Como el tuyo. Pero el mo no, hijita. Te amo tanto que voy a privarte de mi presencia. Y saldremos ganando los dos. Porque estando aqu molesto y causo enojo. Si me voy ser un recuerdo y pensars en m con cario, como se recuerda a los muertos. Me has odo? Y esas lgrimas, hija? Llora, si quieres. Es el recuerdo que nos queda para protestar contra la vida que nos hace como nos hace.



Mateo Ramrez
Cont a Esther que el viejo Vitalino aceptaba vivir en su casa. No me pregunt cmo era, pero lo dije. Por lo menos debes preguntarme cmo es el Vitalino ese, le dije y me respondi que le bastaba que hubiera hecho buenas migas conmigo. Insultante, en el fondo, porque daba por sentado que la derrota atrae y la derrota y los vencidos tienden a amigarse. Y a ella le bastaba eso. Que el que fuera a su casa ya no tuviera dnde ir, y punto. He decidido mudarme el sbado. Seremos muchos al parecer, una tal Rosanna, belleza decrpita y alma rebelada segn Esther, y un joven demasiado brillante o demasiado loco, Esther no lo sabe, pero le basta saber que su brillo lo exilia o que su locura le cierra puertas. Y yo. 
Vaya equipo que vamos a formar. Y Esther tendr su satisfaccin de abeja reina, si tal fuera su intencin. Una colmena humana, pero no de abejas laboriosas, sino de seres humanos a los que la vida convierte en znganos. 
A m, en el fondo, me duele formar parte de este equipo. Si no hubieran destruido mis manos, hubiera sido otro, estara tocando en una sinfnica, o en una orquesta de cmara, o sera un solista de renombre. Como soaban pap y mam. Suerte que murieron antes que mataran mis manos, porque entonces s que se hubieran muerto de pena. Hijo nico, yo. Pap tocaba el platillo en la Banda del Instituto. Pobrecito pap. Amaba la msica y toda la msica que haca era batir los platillos, y estoy seguro que era mucho ms feliz cuando tocaban una marcha, porque en las marchas el protagonista es el platillo, y pona cara triste cuando tocaban alguna meloda que slo requera del platillo en el crescendo final. Quiso ser violinista. No pudo, y termin tocando el platillo. Entonces so que yo fuera violinista, y aquello fue toda armona, porque yo tambin quera ser violinista, y l me miraba practicar y deca que de mis manos saldran las ms bellas melodas que sus torpes manos jams pudieron arrancar. Mam nos dejaba hacer. Mi buena mam, era del tipo de mujer que es feliz cuando otros son felices, aunque le estuvieran araando los odos con los berridos de un violn infante. Mam, al tomar estos apuntes, te recuerdo y te amo, y te pido perdn por este cuchitril donde he venido a parar, y por la botella y el salame, y hasta por la rata peluda que se come mi cena y me mira con descaro como dicindome no te temo mutilado de porquera. Y te pido perdn porque he llegado al punto de pedirte perdn, porque s que ests esperando an, all en tu lecho de madera y piedras, a que tu hijo triunfador te lleve en un da de Difuntos una serenata mgica florecida en las cuerdas y el arco del Maestro Mateo Ramrez, tu hijo, tu orgullo, la gloria viva surgida de tus entraas y el hombre de xito empujado a la cumbre por la pasin de pap, y por el manso cario de mam. 
No pudo ser. Si existe un cielo donde reposan las almas felices, pap sera la excepcin, un alma en pena en los paisajes dorados del paraso, porque las manos de su hijo ni siquiera dan para batir el platillo. Por qu, por qu, por qu me hicieron esto? Pap me ense a amar al mundo y a la vida, y por amor quise ponerle a la vida una corona de sonidos y consolar el miedo, la angustia y el sufrimiento del mundo con el blsamo de mi msica. Con cuntas Tanias tropiezan los pobres de espritu en el mundo? Me dijo que se llamaba Alicia. Y nos encontramos, as como as. Yo con mi violn en el estuche y ella con la bomba en la valija. Yo slo soaba con ser pjaro y brisa de una maana de setiembre y agua que corre sobre piedra y reunir toda la sinfona de las cosas hermosas en una sola nota mayscula que llevara la rbrica de Mateo Ramrez, artista. Ella llevaba la muerte en su valija. Cuesta creer que Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Qu semejanza tiene Tania con Dios? Y qu semejanza tengo ahora yo con l? Me quiso igualar con Tania dejando que ella sembrara estruendo y muerte y condenndome a m a sembrar silencio y amargura? Por qu Dios da autoridad a los orangutanes que pisotean las manos de los violinistas? Dnde diablos est la semejanza del hombre con su Creador? 
No s. Qu tortura, madre ma. Quisiera tener una charla mano a mano con el orangutn que pis mis manos. Le enseara a torturar. Le enseara el sufrimiento ms refinado que se puede infligir a un hombre. Obligarlo a descreer de lo que crey. Vaciarlo de su fe. Convertirlo en una duda viviente, en una llaga viviente que sangra soledad, desamparo y furia. En fin, ahora voy a tener compaa. Esther se est saliendo con la suya. No s de qu se trata, si de una araa maligna que ha tejido su trampa para atrapar bichos que extraviaron su vuelo, o simplemente una loca mansa que quiere dar sentido a su vida dndoselo a la vida de los dems. 
Pero... qu sentido puede tener cambiar la libre miseria de las calles por la sombra seguridad de una casona vieja? Comida, techo? Qu ms?



Esther Landaburu
-Pap... Ya tengo una familia!
-S, ya tienes una familia, hija.
-La casa volver a vivir, pap.
-S, volver a vivir.
-Rosanna ser Rosala, Vctor ser Ricardo, Mateo el to Jacinto y Vitalino sers t. Yo ser mam.
-S, hija, vos sers mam.
-Pap, hablas como un eco.
-Los muertos somos un eco.
-Lo apruebas?
-Lo apruebo. Adis, hija.
-Qu es eso de adis? Pap... Pap...! PAPAA! Mam? 
Mamamamamamamam!
Desde afuera, la casa tena el mismo aspecto de siempre. Nada mostraba que vivieran all cinco personas.
Vivan?




